lunes, 9 de agosto de 2010

CUENTO INSTRUCTIVO



Aunque no es un Cuento, es necesario ponerlo en práctica, porque:

Hubo un tiempo de dragones y princesas que salvar.
Hubo un mundo de fantasía que debemos recordar.
¡Vamos a soñar!
La imaginación nos llevará de la mano de la magia de los Cuentos Empitucados… vamos a disfrutar!

TRECE INSTRUCCIONES PARA AYUDAR A LEER A UN NIÑO. Germán Machado. Uruguay

1. No lea al niño que usted dejó atrás: lea con el niño que está junto a usted. Tampoco se adelante al niño en su lectura: conózcale su tranco, acompáñelo y déjelo leer en soledad cuando él así lo quiera.

2. Lea como si usted nunca fuera a dejar de ser un niño, pero sabiendo que ya no lo es. Lea en la actualidad, pero sabiendo que en el futuro estará el pasado y en el pasado también estuvo el porvenir.

3. Lea lo que el niño le pide, pero también lo que el niño le da. Disfrute de ambas cosas, y que ambos disfruten. Y si el niño quiere leerle algo a usted, déjelo hacer, incluso cuando el niño todavía no sabe leer.

4. Lea en el espacio y en el tiempo adecuado. No se desubique. En el caso en que lea con el niño por las noches: nunca se duerma usted antes que él.

5. Al seleccionar la lectura, piense en el niño con el que va a leer, pero no haga caso a las categorías, ni a las clases, ni a las edades, ni a los tamaños. El único que puede ser caprichoso en cuanto a elegir la lectura es el niño, no usted.

6. Lea todo lo que venga, pero también todo lo que se va. Piense que toda lectura es una encrucijada.

7. Lea con el niño sólo cuando está seguro de dos cosas: que no tiene ninguna otra tarea más importante para hacer y que leer con él no representa una tarea para usted. Si no está seguro de eso, igual es mejor que lea con el niño a que no lo haga.

8. Lea con el niño como si fuera la última vez que va a hacerlo, y también como si fuera la primera.

9. Lea con el niño como si usted fuese uno de esos bambúes —conocidos como Cañas de la India— que florece y produce semillas una vez cada 120 años para luego morir. Piense que esos bambúes florecen todos juntos y a la vez, y que alguna de las semillas que lanzan logrará evitar a los depredadores para poder reproducir la especie. Si esto no lo convence, piense que esos bambúes igual se propagan de forma constante, produciendo nuevos brotes a partir de rizomas subterráneos.

10. Lea con el niño como si estuviese ayudando a un ciego a cruzar la calle. La fraternidad, o el amor filial, tienen algo que ver en eso, aunque luego de cruzar la calle, usted seguirá su camino personal y el niño (como el ciego) avanzará por el enigma de sus recónditas distancias.

11. Si cuando está leyendo con el niño éste lo interrumpe, detenga la lectura y preste atención a lo que surge. Piense que no todo lo que van leyendo está escrito en el libro. Las digresiones son propias de una lectura imaginativa. Atrévase a ir más allá de la letra o a volver desde lo escrito a la realidad: piense que la imaginación antecede a la escritura y también la desborda.

12. Piense que el acto de lectura es un modo de comunicación que trasciende lo que un texto dice o ilustra. Si la lectura hace ruido en la comunicación, déjela de lado. Sepa cuándo es el momento adecuado para dejar de leer al niño.

13. Si realmente está dispuesto a leer con un niño, hágalo como le dé la gana: no siga ninguna instrucción al respecto. Manténgase en sus trece.

Y Colorín Colorado estas instrucciones han llegado gracias a: La amiga Betty de San Andrés Colombia, de Liliana, autora maravillosa del increible y magistral BLOG DE RINCONES DEL JARDÍN: http://elblogderinconesdeljardin.blogspot.com/

La lectura es una actividad mental muy importante para el niño porque lo ayuda a desarrollar la imaginación, la comprensión, la reflexión y la interpretación.

domingo, 8 de agosto de 2010

CUENTO PINTOR


EL HADA BLANCA. Cuentos Mágicos

Hace mucho tiempo, el mundo no era como lo conocemos ahora, no tenía color. Todo se veía gris. Un día, el Hada Blanca hizo venir desde muy lejos al Arco Iris, y le dijo: Señor Arco Iris, fíjese qué país tan triste, aquí no hay color, solo hay tristeza y melancolía. ¿Le importaría que le hiciese un hechizo mágico para dar color a todo?.

El Arco Iris respondió: Yo, que tengo tantos colores, no me gusta verlo todo tan grisáceo, ¡por supuesto que dejaré que me hechices!. El Hada Blanca recitó un conjuro y por arte de magia comenzaron a caer gotas de color. Gotas de color rojo, amarillo, verde, azul, violeta y naranja. Todos los colores querían ayudar. Verde miró a su alrededor y dijo: ¡Yo pintaré los campos y los árboles, la hierba tendrá mi color y como me gustan las verduras, muchas de ellas serán verdes como yo! Y dicho y hecho, impregnó todas las cosas que había dicho con su color.

Amarillo era revoltoso y le gustaba jugar, por lo que decidió quedarse para siempre en el Sol, en los limones, en los plátanos ¡que tanto le gustaban! Rojo era osado, el más atrevido de todos los colores, por lo que pensó que lo mejor le venía era el fuego, los tomates y las manzanas que se comía a menudo.

Naranja no quería trabajar mucho por lo que pensó que lo mejor era dar color a las naranjas con las que preparar un zumo a diario. Azul suspiró, era el más romántico de todos. ¡Yo estaré en el mar y en el cielo!, así siempre me admirarán, y enamoraré con mis distintos tonos de azules.
Violeta protestó, pues casi no le quedaban cosas que colorear. Dijo: Yo, yo... puedo estar en algunas flores... no sé ya qué encontraré para pintar con mi color.

Les llevó mucho tiempo pintar el mundo, pero cuando terminaron hicieron una fiesta para celebrarlo. Todos estaban muy cansados, pero contentos ya que todo había quedado precioso, ¡tan lleno de color! Además, se dieron cuenta de que uniendo los colores se creaban otros nuevos. Verde y Azul se estaban peleando por colorear un tronco de un árbol, cuando se dieron cuenta que mezclándose formaban otro color. Ellos llamaron a este nuevo color Marrón. Los colores estaban doblemente felices.

La fiesta estaba repleta: los colores, el Arco Iris, el Sol, el Hada Blanca, pero..., ¡Un momento! A alguien se le había olvidado invitar a la fiesta a la Bruja Negra que vivía por allí cerca. De pronto, apareció en un trueno negro. Todos se asombraron y asustaron de su llegada. ¡Hola!, le dijeron. Pero, ¿qué es esto?, ¡una fiesta sin mi permiso!, y además: ¡Qué ven mis ojos!, todo este color me horroriza. ¡Terminaré con esto cuanto antes! Alzó su varita mágica y dijo: - ¡Abra-Cadabra,
que el color desaparezca con mi magia! Y dicho y hecho, todo volvió a ser gris. La Bruja Negra se fue de allí riéndose.

Todos se quedaron muy apenados y sin colores. Pero el Sol y el Arco Iris se habían escondido (el Sol detrás de una Montaña y el Arco Iris detrás de una nube) en el momento en que la bruja había pronunciado su conjuro, por lo que había encantado a todos menos a ellos dos, que seguían teniendo sus colores. ¿Qué podemos hacer?, ¡Mira cómo ha dejado la Bruja Negra todo nuestro mundo!

El Hada Blanca les dijo: Solo hay una solución: ¡Sol!, ponte al lado del Arco Iris y da mucho, pero mucho calor!, tanto que le hagas sudar color. Así lo hizo. El Sol calentó con todas sus fuerzas al Arco Iris, rompiendo este a sudar y a sudar, llenando todo nuevamente de color. ¡Bien, bien, viva, viva! Todo volvía a ser bonito, el prado era verde, el mar azul... ¡Era fantástico! Pero ¿y si aparece otra vez la Bruja Negra?, dijo Rojo. Ya no podrá hacer nada, respondió el Hada Blanca,
porque tan solo puede utilizar su magia una vez y ya la ha usado. Nunca más podrá quitar el color.

Y así vivieron todos felices y conocemos el mundo lleno de colores gracias a ellos.

Y Colorín Colorado

El blanco es la fuente original del color que llega desde el sol.

sábado, 7 de agosto de 2010

CUENTO NAVIDEÑO


HADA MUÉRDAGO. Cuentos de hadas

El hada Muérdago es pequeña, muy pequeña. Viste de verde y rojo y, cuando se siente especialmente entusiasmada o nerviosa, agita sin parar sus hermosas y centelleantes alas de color dorado. El hada Muérdago es graciosa, muy graciosa y también divertida, alegre y bulliciosa pero, sobre todo, es una de las hadas más responsables y sensatas de todo el bosque mágico lo cual motivó -hace ya muchos, muchos años- que el Consejo Supremo de las Hadas decidiera nombrarla Guardiana de la Magia de la Navidad. Una gran elección, sin duda. Ni un sólo año, desde que ella se hizo cargo del asunto, ha faltado la Navidad en nuestro mundo. Bueno, hubo cierta vez en que casi, casi nos quedamos sin ella. Pero sólo casi.

Cada año, la pequeña Muérdago, días antes de emprender el vuelo para esparcir la magia por todo el mundo, inspeccionaba el cofre donde la guardaba -bajo siete llaves y siete candados- para asegurarse de que todo estuviera en perfectas condiciones, le quitaba un poco el polvo, le daba brillo y la dejaba lista para el gran día. Pero ese triste año, Muérdago se llevó una gran -y desagradable- sorpresa: la preciosa cajita había desaparecido. Puf. No estaba en su sitio. Puf. Se había esfumado. Puf. Se había evaporado. Muérdago primero se sorprendió. Después se enfadó. Luego se asustó. Por último se inquietó, agitó sus alas con nerviosismo y se mordió las uñas mientras pensaba en dónde podía estar el arca. Recorrió su casa-abeto de arriba abajo, de abajo arriba, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Nada. Miró bajo la cama, las sillas, las mesas, la cocina, las alfombras y hasta bajo los jarrones. Nada.

Miró en las macetas, las ollas, los armarios, entre las sábanas e, incluso, en la bañera. Nada. Buscó en las copas más altas de los árboles más altos. Nada. Buscó entre las hojas al pie de cada árbol. Nada. Husmeó en guaridas, madrigueras y cubiles. Nada. Recorrió el bosque mágico de norte a sur y de este a oeste. Escudriñó cada rincón y bajo cada planta y animal. Nada.

La pobre Muérdago se sentía cada vez más triste y desesperada. Si no encontraba pronto la caja no habría magia, no habría luces de colores, no habría canciones, no habría brillantes adornos, no habría árboles decorados, no habría reuniones familiares, ni regalos, ni niños sonrientes… El hada lloraba con enorme desconsuelo. Era la primera vez que fallaba en su importante misión. ¿Cómo iba a explicarlo ante el Consejo Supremo? ¿Y qué iba a ser de los niños? ¿Cómo iba a mirar a la cara a los habitantes del bosque? ¿Qué sería de los niños? ¿Quién se habría llevado la cajita? ¿Y qué iba a ser de los niños? (Como se puede comprobar a Muérdago le preocupaban mucho los niños…).

No había tiempo de ponerse a investigar. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina, tenía que encontrar una solución pronto. Y, mientras le daba vueltas al asunto y pensaba en las caras llenas de ilusión de los niños, a Muérdago se le ocurrió una idea. En un instante tuvo claro lo que debía hacer.

¿Cómo no se le había ocurrido antes? La respuesta estaba en los niños. Por supuesto. Daba igual que no encontrara la cajita. La magia que guardaba en ella no era la importante, la verdadera magia, la que contaba, era la que guardaban los niños durante todo el año en sus corazones. Ellos eran los auténticos cofres mágicos. Muérdago saltó, bailó y cantó llena de alegría. Agitó sus doradas alas y, alzando el vuelo, puso rumbo a nuestro mundo, para recoger la magia infantil y luego repartirla por todos los corazones adultos del mundo.

De sus sonrisas tomó la luz, de sus voces la música, de sus ojos el brillo mágico, de sus abrazos el calor, de sus sueños la ilusión, de su corazón el amor. Fue de aquí para allá, recolectando un poco de cada niño y, cuando hubo reunido una considerable cantidad de magia volvió a sobrevolar el mundo dejándola caer sobre pueblos y ciudades, sobre cada casa y cada edificio. Y, a su paso, todo cobraba color y calor. A partir de entonces, Muérdago, dejó de guardar la magia navideña en una cajita escondida en su casa-abeto en lo profundo del bosque mágico. No lo necesitaba. Tenía una fuente inagotable de magia en los cálidos corazones de los niños.

Ah, nadie supo jamás quién o qué hizo desaparecer la caja mágica aunque cuentan de cierto viejo y gruñón dragón al que, aquel año, se le vio sonreír más de lo habitual y llevar unos curiosos y brillantes adornos en sus alas pero, bueno, eso es otra historia bien diferente.

Y Colorín Colorado

La Navidad es un sentimiento general, una vibración unida en el mundo que nos hace percibir lo que en otras épocas del año no sentimos. Por eso se manifiesta el amor y los sentimientos en mayor profundidad, por eso es tiempo de reflexión también.

viernes, 6 de agosto de 2010

CUENTO FLECHADO


EL HADA Y EL ÁNGEL. Black Angel

Era una vez un reino llamado Mar Azul, estaba en una gran isla rodeada de un mar casi inexplicable, su belleza era inigualable, los delfines danzaban por la mañana y por la tarde los bancos de peces saltaban formando pequeños arco iris. En sus bosques las hadas iluminaban sus senderos llenando de magia todo lo que a su paso estuviera. Mar Azul estaba gobernado por un rey cuya bondad, sabiduría, dedicación y amor era infinito.

La gente de su reino vivía muy feliz, excepto una sola persona, el hijo del rey, aunque el rey y su pueblo le daban todo para que sea feliz, el príncipe no lo era. Se decía que se lo veía caminar todas las mañanas por las playas y se sentaba en la costa a admirar aquellos delfines y su hermoso mar, nunca se desprendía una sonrisa en su rostro, en sus ojos se veía su tristeza, en sus gestos se notaba su dolor. Una mañana en medio del mar el príncipe vio una embarcación que se acercaba, lentamente se divisaba como crecía en el horizonte. Pronto corrió a avisar a su padre de lo que pasaba. EL pueblo, el rey y el príncipe se dirigieron hacia la costa para recibir a esta embarcación. Pronto ancló en su costa y un bote que a la lejanía era abordado, se dirigió velozmente hacia la costa. Todos estaban ansiosos de curiosidad, en es momento los ojos del príncipe cambiaron brutalmente, tomaron un brillo hermoso.

Había visto a una dama en medio de los demás tripulantes en ese bote, era una mujer verdaderamente hermosa, sus ojos eran como dos esmeraldas, sus cabellos suaves al viento le hicieron sentir al príncipe una sensación casi inexplicable, una sensación que jamás había sentido. Pronto recibieron a los extranjeros, estaban de paso en busca de provisiones, ya que tenían un muy largo viaje a un continente, cuyo nombre jamás recordaría. Los extranjeros se hospedaron en el castillo, la alegría del príncipe pronto se reconoció entre los sirvientes y el rey.

El rey pronto organizó una fiesta especial y se lo comunicó a su hijo. Quizás esa fiesta sería la más grande que se organizara en su reino. Esa noche todos los habitantes de Mar Azul se acercaron, estaban todos invitados, las hadas salieron de sus bosques para ver la gran ocasión, las estrellas brillaban como nunca, la luna daba su hermoso esplendor sobre las colinas de aquel castillo, en sus jardines las luciérnagas no dejaban de resplandecer. Llegó el momento del gran banquete, ahí estaba el príncipe con su traje real cuyos bordados estaban hechos de oro y plata. La dama vestía con un hermoso vestido bordado con perlas. Dicen que el príncipe y la dama no quisieron comer nada, solo estaban observándose y llegó la hora del baile real.

El príncipe se acercó suavemente y galantemente invito a la dama a bailar, ella aceptó ya que estaba más impaciente que aquel príncipe. Bailaron toda la noche, en momentos parecían que ellos estaban solos y sus corazones latían juntos, solo la dama y el príncipe unidos en aquel baile. Salieron al patio real y en medio de aquella noche inolvidable sus miradas se cruzaron y existió solo ese momento, los corazones se pararon, en su mirada sus almas se unieron, y de los labios de aquella dama salieron las palabras más dulces que nunca el príncipe había escuchado, las hadas que presenciaron el momento supieron que aquellas palabras eran un poema, el príncipe sintió un calor gigante como una llama en su corazón y la abrazó fuertemente y la besó, sus almas brillaban más que nunca.

Había nacido el amor. Al amanecer seguían juntos no podían separarse, el príncipe le mostraba la belleza de su reino, pero a pesar de todo, él sabía que ella debía partir junto con aquellos extranjeros. Surgió el momento de la partida, él no quería dejar a su amada, aunque le dejo libre su camino, pocas fueron sus palabras, solo dijo que la amaba y cuando el príncipe cerró sus ojos, se escuchó una voz dulce que le decía: Me quedaré por siempre, quisiera vivir a tu lado toda mi vida!!!. El príncipe sintió el amor, el rey sabía que la vida de su hijo había cambiado y su pueblo era muy feliz, que todo cambiaría en Mar Azul, ahora todos eran felices. Ellos vivían todos los momentos juntos, le daba todo lo que tenía y ella no lo dejaba de sorprender con sus poemas, paseaban por los bosques todos lo días, las hadas los observaban y sentían su amor, tanto que la magia de aquel bosque era grandiosa.

Pero un día el rey enfermó y el príncipe tubo que ocuparse de las tareas reales, aunque el sabía hacerlas bien, no tenía el tiempo que tenía antes para estar con su amada. Su amada caminaba sola por los bosques y playas, esperando ver a su príncipe que la pasaba metido en el castillo. A pesar de las bellezas de ese reino la felicidad se estaba apagando en el corazón en ella, pero el la amaba y sufría el tiempo que no estaba con su amada. Esa noche el príncipe organizó un banquete en honor a aquel rey, y notó en la mirada de su amada que no le prestaba atención, la mirada de ella pertenecía ahora a aquel visitante, pronto esa noche escucho de su amada unas palabras que al igual de dulces como aquellas que siempre recibía, anunciaban el final y su despedida.

La sonrisa se borró en aquel príncipe, sus ojos se apagaban al igual que se inundaban de dolor, y en medio de una tormenta la vio partir. Su amada no estaba, su reino ya no le importó, la tristeza lo invadió su corazón y un trueno se escuchó de dolor, y aunque su padre seguía enfermo, no pareció importarle, y el sentía que lo poco que estaban juntos, no existía esa pasión que un día comenzó. Un día en la playa, la dama divisó en el horizonte un barco, que se acercaba a la costa y como ya había pasado el pueblo y el príncipe se acercaron a recibirlo.

Este barco a diferencia del otro estaba con ornamentas de oro puro, era el barco de un rey, quizás unos de los más ricos en el mundo, la mirada que había surgido una vez en un príncipe había surgido ahora en aquella dama, pronto los recibieron y ella sabía que el amor hacia su príncipe se había apagado hacía mucho tiempo. Caminaba todas las noches por los bosques con la mirada baja, jamás miraba el cielo, el mar, o todo lo que lo llenaba de ilusión en aquellos tiempos en que no conocía el amor, todo había desparecido.
Una noche un hada lo vio sufrir, se llenó de tristeza, solo se acercó lentamente volando a su alrededor, pero el no subía su mirada, esa hada quería darle felicidad, ayudarlo, que saliera de aquel dolor. Así siguieron las noches y aunque el hada se le acercaba no parecía nunca escucharla. Pero al poco tiempo su padre falleció, el rey había muerto, el pueblo ya no era feliz, un dolor invadió aquel reino, el príncipe lloró por meses, pensando en que había perdido todo, a su amada y a su padre, y hasta su reino feliz.

El hada siguió acompañando a aquel príncipe, horas, días, meses, pero el príncipe un día desapareció! nadie supo que pasó, muchos dijeron que fue en el acantilado, otros que desapareció en medio de aquel mar. La tristeza y el dolor que no eran poco habían crecido en aquel reino, el hada lloraba desconsoladamente al igual que su pueblo. Su alma como un rayo ascendió a los cielos, estaba ahí en las puertas del cielo indescriptibles de su belleza, miró hacia tras y pensaba en su reino y soñaba con su amada. De pronto un frío invadió esa alma y paralizado no quiso cruzar aquel portal, se arrodillo en aquellas nubes llorando por todo lo que le había pasado. Dicen que pronto las puertas se cerraron y ahí estaba su alma llorando y llorando, penándose por el pasado. En su reino se sintió el dolor del príncipe, sabían que él estaba ahí pensando en ellos.

El hada miró hacia el cielo y dejó caer una lágrima, sentía también el dolor de aquel príncipe, que aunque jamás la escuchó, siempre tuvo un afecto especial hacia él. Al poco tiempo, el alma de aquel príncipe se inundaba de dolor y tornaba en un color oscuro, tanto que parecía estar hecha de un negro azabache, y el dolor así como crecía en su alma, crecía en su reino. El hada pensaba solo en aquel príncipe, la magia del bosque se apagaba, y los delfines y peces ya no danzaban, Mar Azul desaparecía poco a poco.

Después de mucho tiempo, el alma del príncipe recordaba esas dulces palabras que formaban aquellos poemas y descubrió que sus poemas llegaban a sentirse en su reino, la gente los sentía igual que su dolor, el hada los escuchaba y llenaba de amor su corazón. El príncipe se dio cuenta que su alma tornaba vida, solo tenía que decir lo que sentía, lo que salía de su alma. Un día el hada inspirada por esa fuerte atracción a esos poemas que rondaban en aquel reino, se dirigió al punto más alto de Mar Azul. Ahí miró hacia el cielo y sentía a su príncipe que estaba ahí y que casi podía tocarlo. El príncipe miró a aquella hada que lo miraba. Del hada se desprendieron lágrimas, y en aquella alma azabache, comenzó a transformarse, solo deseaba estar al lado del hada, y unas alas hermosas surgían del alma, se estaba transformando en un ángel.

Dicen que Dios estaba presenciando su atracción, y le dio aquellas alas. De pronto el hada quedo inmutada, viendo a aquel ángel descender de los cielos, al verse una explosión de luz ocurrió, unas palabras dulces que no eran tristes surgieron del ángel, al ver que aquel ángel le daba su amor puro, el hada se conmovió y sintió que aquel ángel era lo que siempre soñó, la magia del amor del hada lo cubrió. Él se acercó al hada y la cubrió entre sus alas, todo cambió, se vieron los delfines danzar, los peces saltar, el bosque renació y el reino empezó a vivir de vuelta la felicidad, aunque nadie sabía porqué, solo sentían que el dolor de aquel príncipe había terminado, él era libre!!.

Aunque el ángel y el hada sabían que su amor era imposible ya que pertenecía a distintos mundos, ellos solo vivieron aquel momento. El ángel dicen que volvió al cielo, el hada está en aquellos bosques recordando a su ángel. Solo Dios sabe lo que pasó con aquel ángel, algunos dicen que Dios le dio un cuerpo y que está en aquel bosque amando a su hada. Y eso quizás sea verdad porque en aquel bosque se siguen escuchando los poemas del ángel por su verdadera amada, la que jamás lo abandonó, la que lo amó por siempre, la que le dio el verdadero amor, aquel amor que en principio no vio, pero ahí estaba a su lado.....

Y Colorín Colorado

El Verdadero Amor es...

miércoles, 4 de agosto de 2010

CUENTO ENAMORADO


EL AMOR DE UN HADA. Fernanda Ahumada M.

No hace mucho tiempo un hada llamada Anfimia fue destinada por Titania (la Reina de las Hadas) a cuidar el Jardín de un viejo hombrecillo que tenia de sobrino a un muchacho guapo, de negros cabellos y muy nostálgico. Su nombre era Damián, y salía todas las tardes con su libro bajo el brazo, hasta avanzadas horas en las noches.

En unos de esos momentos el joven alzó la vista para observar los colores que le entregaba el ocaso y al mirar hacia el rosal vio a una bella joven que resplandecía extrañamente por una luz alrededor de su cuerpo, esta trataba de ocultarse entre las ramas para no ser vista.

¿Quién eres? –Preguntó el joven… Ella sorprendida de que la pudiera ver le contestó: Mi nombre es Anfimia … Y dime Anfimia ¿Qué estabas haciendo escondida en el jardín de mi tío? Anfimia no sabía que decir, no podía creer que un simple mortal como aquel pudiera tener tan singular belleza. - Soy un hada y eh sido destinada a proteger el jardín de tu tío…

Damián sonrió incrédulo, le parecía extraño que ella se escondiese entre los rosales, y con lo que ella le decía mas le costaba creer. De pronto en un giro que hizo la joven, vio unas luces que nacían de sus espaldas. Ella sonriente le dijo: Ahora ves que no te miento. ¿Me puedes leer la mente?-dijo el joven sorprendido, tan solo percibirlo, le dijo sonriendo.

Así pasaban todas las tardes riendo y conversando, caminando y jugando. Hasta que de pronto Anfimia fue llamada por Titania (la reina de las hadas), tenía algo muy serio que hablarle…

“Elfos, Gnomos y Duendes te han visto compartiendo con un humano, sobrino del dueño del Jardín del cual te destiné a cuidar, pero hay otra cosa que me preocupa: ¿estas enamorada de este mortal?”

Anfimia, conciente que no podía mentir, le dijo: Sí madre mía, es cierto, más cuando me di cuenta de mis sentimientos fue demasiado tarde, y ahora ya no los puedo cambiar. “Hija mía por más que yo te quiera, esto no lo puedo permitir, tu sabes que nosotras no nos podemos enamorar de algún mortal y si esto llegase a suceder el castigo ya está escrito…”

Así Anfimia fue destinada a ser un rayo de luna que tan solo podía acariciar a su amor cuando éste salía llamándola: - Mi hermosa Anfimia, que te ha pasado, solo me has dejado. Algo extraño me sucede, que durante el día todo está desolado, pero al llegar la noche con la luz de la luna te siento a mi lado. Y así buscándola entre los rosales de su tío y clavándose en el pecho cada una de las espinas de las rosas repetía su llamado. Titania viendo el sufrimiento de su hija Anfimia y el gran amor que este joven le tenía, solo pudo permitirles una cosa: Los enamorados solo se podrían ver con el primer rayo de luna que alumbrase aquel mismo lugar donde por vez primera se inició el amor de estos dos jóvenes enamorados.

Y así cada noche se le ve a este amante en el mismo lugar del jardín, junto al rosal esperando el primer rayo de luna. Para poder llenar su corazón de amor con la primera mirada que ella a lo lejos le entrega. Nosotros nada podemos más que velar por este amor a través de los años, hasta la eternidad…

Y Colorín Colorado

La mejor forma de atraer a las Hadas es, por ello vivir en felicidad y armonía.

martes, 3 de agosto de 2010

CUENTO RESPONSABABLE Y RESPETUOSO


UN REINO SIN ERRES. Escritora argentina.

Este es el caso de un reino que por un tiempo perdió sus erres y con ellas, cosas muy importantes. Como todo reino que se preciara de tal, lo habitaban reinas y reyes, príncipes y princesas. Como también era un reino encantado, había hadas, duendes, elfos, sapos encantados y sapos comunes también.

Un lugar donde convivían en armonía flores, árboles, animales, personas, duendes y muchos etcéteras más. Sin duda supondrás que por este lugar circulaban bonitas carrozas donde viajaban hermosas princesas y esbeltos caballos que cabalgaban esbeltos príncipes. No es que este reino fuese feo, por el contrario, sino que estaba tan desorganizado y sucio que realmente no parecía un lugar de encanto. Aunque no siempre había sido así. Muchos años atrás, había sido realmente un lugar de ensueño, donde todos vivían felices y respetándose unos a otros.

Dicen que todo comenzó cuando Dorotea, la reina del reino vecino, molesta por la belleza de este lugar y la armonía en la que vivían los seres que lo habitaban, pidió a una bruja de otro reino vecino que prepara un hechizo para todos sus habitantes. Debe ser algo efectivo, no soporto que se porten todos tan bien – Dijo la reina del reino vecino a Matilda, la bruja del otro reino vecino. La brujita no tenía mucha experiencia en hechizos. Mezcló cuánta pócima encontró en su casa, le agregó ramitas, hojas, caldo, agua estancada y lo dejó hervir por horas. Cuando la pócima estuvo lista, la brujita regó cada rincón del reino con ella y mientras lo hacía pensaba justamente en eso, que estaba “regando” todos los “rincones” del “reino”.

¡Cuántas erres! Demasiadas, no me gustan tantas – Dijo para sí y siguió regando. Algunas erres se sintieron ofendidas y decidieron irse. Ciertas palabras que comenzaban con erre desaparecieron, tal fue el caso de “respeto” y “responsabilidad” y fue así que comenzaron los problemas. No existiendo respeto y responsabilidad, la vida en el reino se hizo por demás difícil. Los niños, por ejemplo, jugaban en forma brusca y sin el menor cuidado, lo que ocasionaba muchos inconvenientes.

Cierto día, un grupo de niños jugaba en la plaza del pueblo, lanzaban piedras para ver quién las arrojaba más lejos. Una de las piedras rompió los cristales del ventanal más grande del palacio. Los pequeños corrieron a esconderse. El Rey salió furioso y preguntó –a los gritos- quién había sido. Nadie respondió. – ¿Quién rompió el ventanal he preguntado? ¡Quiero saberlo ahora mismo! – continuaba gritando el rey, sin obtener respuesta alguna. Un duende que pasaba por ahí escuchó los gritos y se acercó. ¿Se puede saber qué le pasa rey gritón? – preguntó el pequeño duende. Han roto mi ventanal, alguien deberá hacerse cargo de esto. Seguramente han sido esos niños maleducados que siempre juegan en la plaza. Son niños, no lo hacen con maldad, deje ya de gritar hombre. Y usted, ¿cómo se atreve a hablarme así? Soy el rey ¿no se ha dado cuenta? El ser rey no le da derecho a dejarnos sordos a todos ¿no le parece? El rey estuvo a punto de pedirle al duende que “repitiera” lo que acababa de decir, pero no pudo, pues la palabra “repetir” también había desaparecido.

La discusión duró horas. Ninguno de los dos deponía actitudes y ningún niño tampoco se hizo cargo del hecho. Si, al menos uno de ellos se hubiese acercado al rey y hubiese reconocido su error, sin duda las cosas se hubiesen arreglado, pero la palabra “reconocer” tampoco se había quedado en el reino. El tiempo pasaba y las cosas se complicaban cada vez más. La gente discutía por todo y nadie respetaba la opinión ajena.

Una tarde un grupo de haditas practicaba con sus varitas mágicas. Las hadas, tenían el poder de mejorar las cosas. Sabían que sólo podían usar sus varitas para hacer el bien y nada más. Yo puedo convertir este sapo en príncipe – Dijo la más grande de las hadas. Y lo hizo. El pequeño sapo verde se convirtió en un apuesto príncipe. Y yo puedo convertir a este príncipe en rey – Contestó otra. Y también lo hizo. El joven príncipe se convirtió en un rey de más edad, también apuesto y con una corona inmensa. Yo puedo más que ustedes dos – dijo la tercera con un poco de envidia – Puedo convertir cualquier cosa en lo que se me ocurra.

Celosías, así se llama el hadita celosa, puso manos a la obra. Puso mucho empeño en agitar su varita para convertir al rey en algo más grande aún y así superar a sus amigas. Sabido es que la envidia no es buena consejera y así fue que el pobre rey terminó convertido en un pesado elefante. Sin dudas, un elefante es más grande en tamaño que un rey, pero –entre otras cosas- no le sienta una corona. Las pequeñas hadas quedaron petrificadas, no podían crecer lo que sus ojitos veían.

El elefante, asustado, movió sus grandes orejas y lanzó la corona de modo tal que fue a dar contra el carruaje real. Los caballos asustados comenzaron una loca carrera, dejando un tendal a su paso. Destruyeron flores, tiendas, cosechas y todo lo que encontraron en su camino. El elefante, aún más asustado y sin entender qué hacía en un reino y por qué le habían puesto una corona, comenzó a pisar todo lo que encontró a su paso.

El reino quedó prácticamente destruido. La reina se tomaba la cabeza, el rey la barba, el bufón el gorro. – ¿Quién ha sido? ¿Quién ha sido? – preguntaba una y otra vez el rey mientras caminaba entre los destrozos. Celosías no se hizo cargo. Las haditas que la acompañaban tampoco contaron cómo y por qué habían sucedido las cosas. – ¿Cómo empezó todo esto? – preguntaba la reina que seguía tomándose la cabeza en señal de preocupación. Es extraño – dijo el bufón – jamás nos había sucedido algo así. La gente se comporta diferente, hemos perdido el…., el…… ¡caramba no me sale la palabra! – Y era lógico, pues la palabra “respeto” ya no estaba. No entiendo, antes vivíamos en perfecta armonía y orden. Los reinos vecinos nos admiraban, nos envidiaban, no lo sé – agregó la reina. ¡Eso es! ¡Eso es! Gritó el bufón haciendo sonar los cascabeles de su gorro.

Todos lo miraron como si el pobre bufón hubiese perdido la razón (lo cual no hubiese sido extraño porque razón también empieza con erre, pero no era el caso). Uds. saben que la reina Dorotea siempre nos ha tenido envidia, no me extrañaría que todo este descalabro fuese obra suya – explicó. ¿Y cómo saberlo? – preguntaron a coro los reyes. Pues iré a averiguarlo y vendré con la solución de este problema – Dijo decidido el bufón y partió al reino vecino. Llegó al palacio de Dorotea y pidió hablar con ella.

La reina está muy ocupada envidiando personas, reinos y cuanta cosa se le cruza en el camino – dijeron sus súbditos. Pues no me iré sin verla – dijo muy serio el bufón – Sácame de una duda ¿la reina lo envidia a Ud.? Pues no creo, soy un simple bufón – contestó confundido. Entonces no tendrá problema en recibirlo – dijeron los súbditos y la fueron a buscar. Dorotea se presentó ante el bufón intrigada por saber qué necesitaba de ella. Al explicarle lo que sucedía en su reino y sus sospechas, la reina, quien además de envidiosa, era cobarde le dijo al bufón que ella no tenía nada que ver en el asunto – Yo sería incapaz de hacer una cosa así – Dijo Dorotea sin que se le moviera un rulo debajo de su corona – Si fuese usted, le preguntaría a la bruja Matilda, del reino de al lado, no es de fiar esa brujita. No muy convencido, el bufón fue a ver a Matilda. La encontró, esta vez, preparando un caldo de verdad porque le dolía la pancita.

Una vez más, el bufón explicó lo que sucedía en su reino y agregó: Dice Dorotea que tu tienes que ver en esto, quiero que reino donde vivo vuelva a ser como era, que la gente sea respetuosa y responsable ¿Necesitas que te repita el relato o reconoces de una vez tu responsabilidad? ¡Cuántas erres nuevamente! – dijo sin querer Matilda y se puso roja como un tomate. – ¡Te has puesto roja! ¿Tienes algo o mucho que ver en todo es este asunto? ¡Necesito una respuesta rápido!– Pues mira si vas a seguir con las erres, me doy por vencida, es una letra que no me gusta verdaderamente. Aún dándose por vencida, Matilda deslindó culpas en Dorotea y no pudo reconocer que ella era tan responsable como la reina, pues había preparado el hechizo. – Verás, Dorotea me encargó un hechizo, yo en realidad no quería, pero bueno tu sabes como es ella, me obligó y no me quedó más otra opción. Preparé una pócima con la que rocié todo el reino. En realidad, la pócima no creo haya sido efectiva pues no soy muy buena para esas cosas. Lo que sí tal vez, las erres tengan que ver en todo esto. Ellas y Dorotea son las culpables de todo – se excusó la brujita.

No entiendo ¿qué puede tener que ver una letra con lo que sucede en mi reino? Pues mira, me acuerdo que mientras rociaba el reino pensaba en voz alta cuántas erres estaba pronunciando y en qué poco me gusta esa letra, será que en realidad me llamo Rigoberta, nombre horrible por cierto. Ha de ser eso seguro, las erres han desaparecido ¡Ya decía yo que no tenía nada que ver en este asunto! Pues si las erres se han ido como tu dices, las harás regresar con otra pócima – La increpó el bufón. Salió al campo y recogió remolacha, rabanitos, repollo, ramas de apio y cuánto alimento comenzara con erre.

Matilda, sin mucha voluntad preparó la pócima y roció nuevamente con ella todo el reino. Sin rencores, las erres volvieron, recorrieron todos los rincones, regresaron todas las palabras y con ellas rápidamente retornó la calma y la armonía. Los niños reconocieron que habían roto el vidrio del palacio y juntaron todos sus ahorros para comprar uno nuevo y reponerlo. El duende ya no discutió con el rey y ambos pudieron aceptar que pensaran diferente. El hadita Celosías volvió a convertir al elefante en rey y junto con las otras haditas plantaron nuevas flores y con sus varitas mágicas repararon todo lo que el pobre animal había roto. Tal fue el bienestar que sintieron todos asumiendo sus errores, reconociendo sus fallas y haciéndose cargo de sus actos que hasta Dorotea y Matilda asumieron responsabilidades y se sumaron a la reconstrucción del reino.

Dicen que con la vuelta de las palabras respeto y responsabilidad, llegaron otras como risas y reencuentros. Dicen también que todos volvieron a vivir muy felices o, mejor dicho, radiantes de felicidad.

Y Colorín Colorado

Si los niños viven con reproches, aprenden a condenar.


lunes, 2 de agosto de 2010

CUENTO SOÑADOR


EL PAÍS DE LOS SUEÑOS. Escritora de Buenos Aires, Argentina.

Dicen por ahí que existe un país de los sueños habitado por seres mágicos de todo tipo. Hadas, duendes, elfos, magos, brujitas buenas, muchos niños y algún que otro adulto que se atreve a soñar.

Es un país hermoso, donde todo tiene la forma de lo que cada uno de sus habitantes espera y sueña. Las árboles no siempre tienen su copa verde, a veces es violeta o a pintitas rojas y amarillas. Los manzanos a veces dan chupetines como fruto y los ciruelos, cebollas. Crecen caramelos en los campos y muchas veces llueve jugo de naranjas. Las paredes de las casas pueden ser de oblea y las ventanas de gelatina.

Es alegre y colorido, pues cada cosa que allí existe es parte de los sueños de quienes lo habitan.
Cuentan también que son muy pocos los habitantes de ese lugar que caminan, la mayoría dan saltos, más grandes o más pequeños. Muchos dan saltos tan altos que sobrepasan las copas de los árboles, y ellos son, en la mayoría de los casos, los que más se atreven a soñar, aquellos que no temen imaginar y desear. Otros en cambio, dan saltos más pequeños, pero no siempre porque sus sueños sean más chiquitos o de menor importancia que los que más alto saltan. Lo mismo ocurre con los que parece que no saltaran pues apenas si se elevan del suelo.

Las diferencias de alturas en los saltos ocasionan alguna que otra discusión. Ocurre a veces que los grandes “saltadores” o soñadores creen que aquellos que menos saltan, menos sueñan y no siempre es así. Se puede soñar con algo que esté casi al alcance de tu mano- Decía siempre un elfo quien por tener piernas cortitas, no podía saltar demasiado. El tamaño de mis piernas, no limita mi capacidad de soñar – Agregaba otro elfo igual de peticito.

¡Hay que soñar en grande! – Decía un mago cuyas piernas eran largas y finitas como tallarines. Y para eso, hay que saltar bien alto. Yo salto sin esfuerzo alguno - decía un hada un poco haragana – pues le pido a mi varita que me transporte a donde quiero y ella lo hace, aunque no con éxito realmente. Debo reconocer que mis sueños casi nunca se hacen realidad. La gran diferencia, en cambio, se producía entre los niños y los adultos que habitaban el país. Si bien todos los que allí vivían, lo hacían porque soñaban, cierto era que los adultos tenían mucha más dificultad en saltar, soñar, imaginar y disfrutar también.

Podía verse cómo los niños se elevaban como subidos por una cuerda mágica e invisible. Las personas más inocentes también podían elevarse con mayor facilidad y las más incrédulas apenas si podían hacerlo. Entre todos los seres que habitaban este hermoso país, existía uno sólo que jamás se había elevado, tan siquiera un centímetro del piso. Era un duende ancianito, con una expresión tan serena en su arrugada carita que transmitía una paz muy especial. Sabius, así se llamaba el duende, estaba siempre alegre. Su sonrisa jamás se alejaba de su rostro y parecía estar más allá de las cosas cotidianas. Sin embargo era un duende por demás comprometido con todos los habitantes del país.

Para todos era un misterio ese duende arrugadito y sonriente que parecía tan feliz y que jamás –a los ojos todos los demás- había soñado. Creían que, como jamás había dado ni siquiera un saltito cortito cortito, el duende no tenía ningún sueño, pero a la vez, les parecía extraño. Siempre estaba contento y en paz, como quien logra el mayor de los sueños que se pueda alcanzar. Tal vez no salta porque tiene las piernitas muy cortas – Decía un hadita mientras hacía rulos en sus cabellos con su varita mágica. Yo creo que le pesan las arrugas – dijo un elfo. Tal vez no tenga sueños y por eso no se eleva – Dijo un adulto al que le costaba bastante saltar, soñar y reír. Es difícil que no los tenga, tiene una expresión feliz en el rostro y los sueños son imprescindibles para ser felices – dijo un pequeño, quien de sueños sabía mucho más que el adulto. Debe ser porque es anciano y no creo que los ancianos sueñen mucho – dijo muy equivocado otro adulto que tampoco terminaba de entender de qué se tratan los sueños.

El duende que no se elevaba era siempre un tema de conversación entre los habitantes de este país tan peculiar.

Como de sueños se trataba, todo podía ocurrir. La teoría de quien más saltaba, más soñaba se había instalado entre todos y si bien algo de cierto había, no era una regla que se aplicara para todos.

Sin embargo, muchos lo creían así y se esforzaban por saltar cada vez más alto, cada vez mejor. Algunos lograban hacer realidad sus sueños, otros no, simplemente porque los mismos no estaban a esa altura, sino más abajo. Muchos chocaban con las copas de los árboles o con las chimeneas. Se llevaban por delante pájaros y nubes también. Unos soñaban con llegar a la luna, otros con volar arriba de una estrella y otros con tostar pan a los rayos del sol. Terminaban con moretones y chichones en sus cabecitas y sin haber logrado nada.

Otros en cambio, quienes más claros tenían sus sueños, se desplazaban exactamente al lugar donde creían que lo harían realidad. Los sueños son tan distintos y tantos, como seres hay en la tierra. No todos soñamos con las mismas cosas y no todos tampoco, las alcanzamos de la misma manera. Sabius no modificaba su comportamiento, caminaba lento, ni siquiera elevaba su cabecita y sonreía continuamente. Cierto día, ya cansados de no saber qué pasaba con el anciano duende, un niño –con mucho criterio- decidió preguntarle directamente cuál era su secreto.

Hadas, elfos, otros niños y todos los adultos se convocaron frente a Sabius a escuchar el por qué de su sonrisa, si supuestamente no había alcanzado ningún sueño o lo que era peor aún, no tenía sueño alguno. Sin dejar de sonreír un segundo, Sabius les contó cuál era su sueño y el por qué de su expresión simple, franca y de profunda paz.

Yo sueño con estar aquí, en este país donde nací, junto a Uds. No quiero ir a la luna, ni viajar en cohete. Soy feliz aquí en mi tierra, donde crecí y envejecí. Siempre soñé con tener un lugar en el mundo y lo he logrado, seres a quien amar y lo logré también. No me ha hecho falta volar, saltar, ni chocarme con nada ni nadie.

La cara de sorpresa de todos era sorprendente verdaderamente, la mayoría de la gente y de los habitantes de ese país también, tiende a creer que todos los sueños tienen que ser grandes, locos, altos, difíciles y no siempre es así. Hay sueños sencillos y al alcance de las manos y los pies de todos y no por eso menos maravillosos. Sueños que están ahí, esperándonos a la vuelta de la esquina, a todos por igual y que merecen ser cumplidos.

Y Colorín Colorado

LOS NIÑOS NO NACIDOS TAMBIÉN SUEÑAN