domingo, 28 de abril de 2013

CUENTO CONEJO


MAMÁ CONEJO EN EL HOSPITAL. CARLOS MANUEL DA COSTA CARBALLO


Érase una vez un muñeco con forma de conejo al que todos llamaban Mamá Conejo. Seguro que os estaréis preguntando, gente menuda, que ¿quién es esa Mamá Conejo ?, ¿verdad ?.
Pues bien. Mamá Conejo es un muñeco, mejor dicho es uno de esos mordedores de los que utilizáis cuando os están saliendo los dientes para aliviar el dolor de las encías. Su cabecita es de plástico, mientras que sus orejas y su cuerpecito es de tela. Pero ¿por qué es Mamá Conejo, y no Papá Conejo ?. Muy fácil. Sus patitas son rosas, y el interior de sus grandes orejotas también. Tiene además un corazoncito pintado en su pijama azul, rosa. Por lo tanto, es Mamá Conejo. ¡Alguna duda !. Bien, prosigamos.

Mamá Conejo pertenecía a una hermosa niña de cabellos amarillos y profunda mirada azul, y era su muñeco preferido. Pero un día, la niña se puso malita, muy malita y sus padres, preocupados durante todo el día, la tuvieron que llevar al hospital, pues no mejoraba. Varias horas de espera en urgencias, y al final:  ¿Son ustedes los padres ?, preguntó el doctor a los papás de María, que así se llamaba la preciosa niña. - Sí, ¿qué tiene doctor nuestra bebita?, preguntaron éstos angustiados, debe quedarse ingresada. Una semana. Tal vez... dos. ¿Pero qué tiene doctor?, insistieron los padres. - Neumonía, les comunicó fría y escuetamente el doctor. ¡Neumonía !. Parecía el fin del mundo para los desdichados padres de María. Neumonía, ¿cómo puede una bebita de seis meses tener neumonía?, se preguntaban sin dar crédito al diagnóstico que les acababan de anunciar.

De urgencias subieron a la primera planta, donde se encontraba el servicio de pediatría. Dos enfermeras muy solícitas acudieron a coger a la niña en cuanto entraron por la puerta. Dos enfermeras muy amables y simpáticas. La tomaron en sus brazos, le aplicaron una mascarilla de oxígeno y la pincharon en una de sus minúsculas venitas para ponerle el tratamiento, mientras que los padres, en un rincón, se consolaban mutuamente. Finalmente uno de ellos tuvo que marcharse. Pasaron dos días. De noche, Mamá Conejo preguntaba a los otros muñecos: - ¿No os parece extraño que María no juegue con nosotros ?. ¿Alguno de vosotros la ha visto desde hace dos o tres días ?

- Igual se ha cansado ya de nosotros, o tiene muñecos nuevos, respondió ZipiRipi, un muñeco de goma que en sus ratos libres ejercía de jardinero con su regadera amarilla. - A lo mejor se ha ido a otra casa, comentaron Payasete, un mordedor que sólo tenía cabeza con pelo amarillo y narizota y boca rojas, y el Elefantito de la pajarita. - Es posible que ya no nos quiera, decía muy triste uno de los gemelos Papá Conejo. El otro, no hacía más que llorar.

- Es extraño, volvía a insistir Mamá Conejo. Sí, muy extraño. Si se hubiera ido a otra casa, nos hubiera llevado. Si tuviese otros amiguitos como nosotros, los veríamos. ¡Debe de ser otra la razón! Hay que averiguar ¿qué pasa? - ¿Cómo?, preguntaron todos a la vez no sin cierta sorpresa. - ¡Hummm, hummm !. Dejadme pensar, dijo Mamá Conejo, mientras movía sus grandes orejotas, pues así pensaba mejor, decía. ¡Ya lo tengo!, dijo casi gritando, tanto que asustó a los demás.

- Si recordáis, últimamente solo viene uno de sus padres a dormir todas las noches. No paran de dar vueltas y tardan muchísimo en dormirse, y si lo consiguen, no paran de hablar en sueños. - Y que, si no nos podemos enterar de que hablan, dijo Payasete mientras sacaba brillo a su narizota roja. - Solamente debemos ir hasta la cabecera de la cama y escuchar, comentó escuetamente Mamá Conejo.

- Así de fácil. ¿Cómo?, si somos muñecos, ¿o es que te has vuelto loca?, le contestó preguntando ZipiRipi. - Tú los has dicho, empezó hablar de nuevo Mamá Conejo. Como somos muñecos y estamos en un cuento, podemos hacer lo que queramos. - ¡Anda !, pues es verdad, se admiró al decirlo uno de los Papás Conejo, el llorón para ser más exactos. ¡Que tontos hemos sido !, se decía ZipiRipi esgrimiendo una gran sonrisa. En esa misma noche, cuando el papá de María se acostó, sin cenar, muy preocupado, angustiado por la salud de su hijita, cuando estaba medio adormecido, creyó escuchar una vocecita que le preguntaba: - ¿Qué le pasa a María ?. ¿Dónde está? ¿Por qué ya no juega con nosotros? El papá de María se dio media vuelta y no prestó atención, mientras seguía gimiendo por una de sus chicas preferidas, como les decía a María y a mamá. Pero las vocecillas no desistieron : ¿Qué le pasa a María ?. ¿Dónde está ?. ¿Por qué ya no juega con nosotros? - Está en el hospital muy enferma, balbuceó casi imperceptiblemente el papá de María.

Todos los muñecos se arremolinaron alrededor de Mamá Conejo, angustiados, preocupados: - Habéis oído, comentó uno de ellos.- Sí, sí, le contestaron los demás. ¡Pobrecilla!. - Hay que ir al hospital, dijo en ese preciso momento Mamá Conejo, con decisión. Vamos, que era incuestionable. - Si, ¿pero cómo vamos a ir?, le preguntaron los demás con sus caritas muy tristes por la noticia, aunque conociendo, como conocían, a Mamá Conejo, sabían que ya habría pensado algo. - Igual que nos hemos enterado, contestó, y volviéndose hacia la oreja del papá de María, empezó a decir: - Mañana tienes que llevar a Mamá Conejo al hospital, pues ya había decidido que iría sola. Mañana tienes que llevar a Mamá..., siguió diciendo lo que restaba de noche. A la mañana siguiente, el papá de María se levantó muy cansado. Había tenido otra mala noche. Pensaba:- Que cansado estoy. He dormido fatal. Voy a llamar ahora mismo al hospital para ver cómo sigue mi pequeña. Tengo la sensación de haber estado hablando con alguien toda la noche, tengo la boca seca.

Al hacer el neceser con las cosas que llevaba todos los días al hospital, metió en el mismo, de forma inconsciente, mecánicamente, a Mamá Conejo, y así es como, Mamá Conejo, llegó al hospital. Al llegar, el papá de María besó a su mujer y se acercó a ver a su hijita que seguía con la mascarilla de oxígeno, con el tratamiento intravenoso, y con un evolutivo parecido: nada de mejoría. Estaba dormidita. El padre abrió el neceser para dar algo a su mujer y al ver a Mamá Conejo, de la que ya no se acordaba, la cogió para ponerla, a continuación, sobre el pechito de la niña. En ese instante, el corazoncito rosa de Mamá Conejo se iluminó, y Mamá Conejo le dijo a la bebita en voz muy baja: - María, María, despierta. He venido de parte de todos tus muñecos, ZipiRipi, los dos Papás Conejo, Payasete y Elefantito con pajarita, para decirte que te cures pronto para que vuelvas a jugar con todos nosotros. Que te queremos mucho y estamos deseando que regreses a casa. Venga María, ¡cúrate !.


La niñita abrió los ojos y dijo: - Ma...ma, ma...ma, pa...pa, pa...pa, y cogió a Mamá Conejo con el bracito en el que tenía introducida la aguja del tratamiento y la mordió las orejotas, como solía hacer cuando estaba buena. Mamá Conejo se puso muy contenta. Los padres, que habían estado hablando entre ellos en el pasillo para no molestar a la bebita, al volver a la habitación vieron como la pequeña María estaba pataleando de contenta, como estaba casi engullendo a Mamá Conejo por las orejotas, como todos los aparatos que tenía enchufados se habían vuelto locos de alegría y empezaron a pitar. ¡Menudo escandalera que se formó !.

Todos estaban felices, María, su papá, su mamá, los médicos, las enfermeras y, por supuesto, Mamá Conejo. En una semana, estaba totalmente restablecida y se marchó para casa, a jugar de nuevo con todos sus muñecos. El padre siguió pensando por una temporada que aquella noche había sido muy extraña.

¡Amiguitos, amiguitos !. No creo que Mamá Conejo curase a María, pero no cabe duda de que el cariño de ella y de sus compañeros debió servir para que la dulce pequeña mejorase más rápido. Además, los muñecos, muñecos son. - ¡Eh !, Don Kiko, deja ya de contar historias y ven a jugar con nosotros y con María, le dijo ZipiRipi al gallo de trapo amarillo que respondía al nombre de Don Kiko. Y Don Kiko fue volando hasta ellos, porque los muñecos, ilusiones son.

Y, colorín colorado

miércoles, 17 de abril de 2013

CUENTO BRISADO


TURBEL, EL VIENTO QUE SE DISFRAZÓ DE BRISA. Pilar Lozano - Colombia

Erase una vez un viento cansado. Tan cansado que no era capaz de levantar los pies para dar un paso. A duras penas podía arrastrarlos. Y tenía un montón de razones para estar así. Había perdido la cuenta de los otoños que pasó, de aquí para allá, arrancando hojas de los árboles. Venía de participar en cientos de huracanes y tornados. En su larga lista de quehaceres cumplidos, figuraban también millones de tornillos desatornillados, mástiles de buques desamarrados, campos de trigo y de flores arrasados.

A estas alturas de su vida resultaban ya incontables los marineros que por Turbel –así se llamaba este viento– tuvieron que rifar las velas de sus embarcaciones. Mejor dicho, rasgarlas con un cuchillo, antes de que Turbel las destrozara. Vivió siempre tan atareado que ni siquiera tuvo un rato para sentirse agotado. Y era un viento viejo. Tenía un pocotón de años encima. Andaba ya por los 2 millones 527 mil 320. Sí, Turbel era un viento viejo que jamás había tenido tiempo para sentir fatiga. Iba arrastrando los pies, con la cabeza agachada. Así nadie notaba que estaba ojeroso, sudoroso y maltrecho. Su estado era lamentable, la verdad.

En un momento, y sin saber por qué, levantó la cara –lo hizo con dificultad– y vio una nube que atrapó su mirada y lo dejó boquiabierto. Era tan blanca, tan cálida, tan tierna... que no resistió las ganas de sentarse en ella. Y por primera vez en su larga vida, pensó que no importaba el afán, que lo único que quería era descansar. Estirarse, abrir los brazos, dar enormes bostezos; y así lo hizo. Se desplomó panza arriba y despatarrado, como si fuera un viento comodón. Se enrollaba para un lado, se enrollaba para el otro formando un ovillo. En verdad estaba tan, pero tan a gusto sobre esa nube que no le importó que los días volaran sin querer hacer nada.

Ni siquiera le hizo caso al pí-pí-pí de su reloj que le anunciaba el comienzo del otoño en Chile y Argentina. Ni se inmutó cuando escuchó la señal enviada por los vientos del norte que necesitaban su ayuda para formar un huracán. Resultaba tan placentero estar así, acunado en la nube, que terminó desconectando la alarma del reloj para que nada interrumpiera aquel deleite. No recordó tampoco el SOS de Trombondó. Así se llama un viento que vive en el lejano Chocó, un rincón del mundo donde el mar abraza a la selva y no para de llover.

Trombondó necesitaba auxilio en su tarea interminable de estrellar nubes contra la montaña y convertirlas en lluvias. Estaba un tris desalentado y no quería que por su debilidad Chocó perdiera su fama como uno de los lugares más lluviosos de la tierra. Pero Turbel prefirió seguir disfrutando de la quietud. Cuando no estaba dormido miraba en el cielo las estrellas que jugaban y las nubes pequeñas y blancas que se acercaban y alejaban al ritmo de la brisa.

Un día un aroma desconocido lo hizo incorporarse. Se asomó a una especie de balcón que tenía su nube y miró hacia abajo, hacia la tierra, pues desde allá subía la peculiar fragancia. ¡Quedó maravillado! No podía creer lo que estaba viendo. Se enderezó, se restregó los ojos y cuando recobró la calma se dedicó a observar. La tierra era una alfombra con mil verdes distintos, salpicada de rojos, lilas, morados, amarillos, blancos y rosas. – Debe de ser eso que llaman primavera. ¿Será? –alcanzó a dudar Turbel mientras se rascaba con uno de sus largos dedos la cabeza. Se arrodilló y acercó su morral de cachivaches, una verdadera caja de herramientas que siempre cargaba.

Allí llevaba muchas cosas: un par de pesas para hacer ejercicios. Con ellos templaba los músculos del pecho y ganaba fuerza para soplar; pastillas para la garganta, pues a veces se le secaba de tanto aullar; hojas de eucaliptos y menta para preparar infusiones y hacer gárgaras; una brújula para no equivocarse jamás en su manera de girar, y miles de secretos más que Turbel guardaba con celo.
Pues bien, del fondo del morral de cachivaches, sacó unos pequeños binóculos y se dedicó a fisgonear la tierra. Vio los árboles cargados con flores de todos los colores. Algunos tenían tantas y tan grandes que sus ramas encorvadas tocaban el suelo. ¡Vio también tal cantidad de pájaros revoloteando...! Parecía que llegaban de un largo viaje.

Todos cargaban al hombro un pequeño atadito, con las pertenencias más queridas. Turbel los espió unos minutos. En los árboles, descargaban su equipaje y se dedicaban a fabricar sus nidos. Ya no le cabía la menor duda: lo que estaba viendo era eso que llamaban primavera. Nunca le había sobrado un rato, para conocerla. ¡Cómo siempre viajó sin parar de aquí para allá, de norte a sur, de oriente a occidente para cumplir con puntualidad su apretada agenda!

Siguió examinando la tierra. Estaba realmente embobado. De repente vio algo que no le resultó del todo extraño: un árbol adornado de mil pinceladas lilas. Y se iluminó un recuerdo que tenía refundido en el fondo de su mollera gris: el de su abuela Brisilda. Cuando Turbel era un viento bebé ella le soplaba cuentos e historias fantásticas. La abuela fue una gran contadora de cuentos. De los lugares más remotos recibía invitaciones para arrullar con sus relatos a los vientos recién nacidos. Ella atendía con cariño cada llamado. Preparaba su equipaje: un costal pintado con lunas y estrellas, donde acomodaba los cuentos y las velas.

"Los cuentos sólo se dejan contar a la luz de una vela", decía Brisilda. Y ella tenía una vela especial para cada uno. "Vela y cuento deben ser de igual tamaño, decía, para que se apaguen al mismo tiempo y se refundan juntas en el sueño". Brisilda cargaba entonces velas cortas para los cuentos cortos, velas más largas para las historias más largas.

Cuando estaba lista se amarraba un pañuelo a la cabeza. Le gustaba que durante el viaje, las brisas jugaran con su cabello y le despejaran la cara. Una cara tan dulce que parecía hecha de algodón de azúcar. Pues bien, la abuela Brisilda le habló con frecuencia a su nieto de los cerezos en flor: "Un árbol que en primavera se llena de pinceladas lilas y moradas: están suspendidas en el aire, como sostenidas de la nada". Así los describía. Estas pinceladas lograban embrujar a Brisilda.

"Sí, claro", pensó Turbel –mientras buscaba un acomodo que le permitiera curiosear mejor–: "Esos son los cerezos en flor". Los miró y los miró largo rato. ¡Eran tan frágiles, tan hermosos! Le pasó igual que a la abuela: quedó embelesado. Tuvo que enredarse en la baranda del balcón para no caer al vacío. ¡Estaba tan conmovido! Y por primera vez en sus 2 millones 527 mil 320 años le dieron ganas de no ser un viento rápido destrozón.

Abrió de nuevo los ojos –los había cerrado de la emoción– y volvió a mirar hacia la tierra. Este viento en verdad estaba hipnotizado. Y descubrió a una niña de trenzas negras y vestido de flores lilas, rojas y verdes. Se entretenía tratando de adivinar su cara reflejada en un charco de agua de lluvia. Hasta los oídos de Turbel llegó el rumor de una canción que entonaba la niña. Formó una especie de caracol con las manos para escuchar mejor. Esto cantaba ella: "Llora el viento en el canto de una nube sentado y sus lágrimas llueven sobre mi mejilla rodando."

Turbel sintió deseos de ser brisa para hacerle cosquillas en el cuello. Pero claro, como era un viento veloz no podía hacerlo. Y tuvo una idea. Disfrazarse de brisa. – ¿Pero cómo? –se preguntó. Y quedó pensativo. Tropezó con un problema: no estaba acostumbrado a fabricar pensamientos nuevos. Al fin y al cabo no los había necesitado en una vida en la que jamás se planteó un cambio de rumbo, un desliz. Fue tanto el esfuerzo que la cabeza le empezó a dar vueltas; le dolía. Al fin se le ocurrió una idea: taponarse la boca con una mota de nube blanca; así no soplaría tan fuerte. Le pidió a la nube que le regalara una mota para realizar su plan.

La nube le dijo inmediatamente que sí. Ella misma se encargó de elegir la más adecuada. Turbel la acomodó, con cuidado, en el bolsillo de su chaqueta: Una chaqueta especial que usan los vientos para aguantar el frío que sienten cuando corretean por el cielo. Así la tendría a mano en el momento de actuar. Organizó su equipaje, el morral de cachivaches y cuando estuvo listo le zampó un besote a la nube y partió en dirección a la tierra. Pensó que sería mejor hacer una prueba: "No vaya a resultar todo un desastre" –se dijo–. Frenó en seco. Provocó un verdadero alboroto, pues el cielo estaba anubarrado.


Sopló. Pero sopló igual a como lo había hecho durante su ya larga vida. La mota de nube blanca salió despedida, muy lejos, hecha pedazos. "No soy brisa", se dijo Turbel desconsolado. Pero no se dio por vencido. Regresó a la nube –la quería ya como a una cómplice de travesuras–, y se sentó. Y de nuevo le llegó el rumor de la canción que repetía y repetía la niña de las trenzas negras: "Llora el viento en el canto de una nube sentado y sus lágrimas llueven sobre mi mejilla rodando."

Dos inmensos lagrimones rodaron por las mejillas de este viento que tampoco había tenido nunca tiempo para llorar. Las secó con sus manazas. Frunció el ceño y así, cejijunto, se puso a pensar. Tenía que encontrar la manera de convertirse en brisa. La nube decidió ayudar a su amigo a encontrar una solución. "¡Ya sé! –gritó cuando se le ocurrió una idea–. Te amarras las piernas; así "¡no podrás correr!". Las piernas de los vientos son como dos largos velos. Amarrarlas resultó una tarea un poco complicada. Turbel se elevó; se quedó quieto suspendido en el aire con las piernas flotando.

La nube se colgó de la punta de una de ellas, se columpió hasta alcanzar la otra pierna y las amarró. Cuando Turbel intentó caminar no pudo, se enredó, tropezó y ¡plof!, se fue de narices. La nube lo mimó un rato, pues quedó un tanto magullado. Luego, de nuevo, los dos amigos, cejijuntos, se pusieron a pensar. Fue entonces cuando Turbel recordó que un día, casi un millón de años atrás, su abuela Brisilda le había regalado "El libro de las sorpresas: enciclopedia de palabras fantásticas". Era justo el momento de usarla.

Rebuscó en su morral de cachivaches. Estaba seguro de haberlo dejado en algún rincón. Sí, aún existía. Aunque era realmente añoso –sus páginas estaban amarillentas y sus letras borrosas– todavía se podía leer. Buscó la palabra clave: brisa, y encontró: airecillo. Se tomó la cabeza con las dos manos y repitió en voz alta: "Airecillo: aire lento...".

Resultó ser más sencillo de lo que imaginaba. Si quería ser brisa simplemente debía cambiar de velocidad al andar. Olvidarse de su velocidad de ráfaga, y aventurarse en el mundo con un nuevo paso. Se enderezó, echó a la espalda su morral de cachivaches, con un sonoro beso dio gracias a la nube y partió. Pronto descubrió el secreto: saborear cada paso. Uno, dos; uno dos... fue avanzando lentamente... Y fue tanto lo que alcanzó a sentir con los pies, que lo invadió el placer de liberarse del afán que lo acompañó durante casi 2 millones 527 mil 320 años...

¡Con la pisada recién estrenada Turbel sentía, una a una, las nubes que navegaban, a su lado, por el cielo!. Las pudo hasta contar con los largos dedos de sus manos: una, dos, tres, cuatro...Incluso se permitió fantasear: imaginó que una nube tenía forma de pájaro, que aquella de más allá era igualita a una cometa. Y cerró los ojos del susto, pues vio a una que parecía un fantasma. Llegó a la tierra. Justo al sitio donde estaba el cerezo en flor y la niña que se había arrimado a su sombra. Sopló suave, como lo hacen las brisas. Apenas dos o tres pinceladas lilas suspendidas en el aire, se desprendieron de la nada y cayeron sobre la mejilla de la niña.

Ella sintió una delicada cosquilla sobre su piel: abrió por un instante sus ojos y sonrió. – ¡Caray! –dijo Turbel sorprendido. Se sentía mareado de tanta felicidad. Y no pudo resistir las ganas de ponerse a dar volteretas hasta que se convirtió en una brisa bailarina. Levantaba hojas aquí, flores allá, formando pequeños remolinos. La niña se levantó y en medio de sonoras carcajadas, empezó a corretear tras ellos tratando de atraparlos. Pasaron horas y horas y Turbel y la niña no paraban de jugar y de bailar. A ninguno de los dos les importaba que el tiempo pasara... ¡Eran tan, pero tan felices!

Y Colorín Colorado 

lunes, 1 de abril de 2013

CUENTO AVENTURERO


BILL  EL LAGARTO. Lewis Carroll.


Ahora a contar las aventuras de Alicia en la casa del Conejo Blanco.

Recuerdas que al Conejo Blanco se le cayeron los guantes y el abanico del susto que se llevó al oír la voz de Alicia que parecía venir del cielo. Bueno, comprenderás que no podía presentarse a visitar a la Duquesa sin guantes y sin abanico; de manera que al cabo de un rato volvió para buscarlos.

Para entonces ya se habían marchado el Dodo y las demás criaturas extrañas, y Alicia estaba deambulando solita por allí.

¿Y qué crees que hizo el Conejo? ¡En realidad creyó que Alicia era su doncella, y empezó a darle órdenes! «¡Mary Ann!» le dijo. «¡Vete a casa y tráeme un par de guantes y un abanico!» «¡Ahora, deprisa!»

Tal vez con esos ojos de color de rosa no veía muy bien. Porque sin duda Alicia no tiene aspecto de doncella ¿verdad? Pero ella era una niña muy amable, y no se sintió nada ofendida, sino que salió a todo correr tan rápido como pudo hacia la casa del Conejo.

Por fin encontró la puerta abierta; porque si hubiera tenido que llamar al timbre, supongo que habría salido a abrir la verdadera Mary Ann: y esa no habría dejado entrar a Alicia por nada del mundo. Y menos mal que tampoco apareció Mary Ann mientras Alicia corría escaleras arriba: ¡porque me temo que hubiera tomado a Alicia por una ladrona!

Por fin descubrió la habitación del Conejo: y había un par de guantes sobre la mesa, y ya los iba a coger y marcharse, cuando vio un frasquito en la mesa. ¡Y naturalmente en la etiqueta ponía «BEBEME»! ¡Y naturalmente Alicia bebió un poco!

Bien, pues yo creo que también eso fue una suerte ¿no crees tú? Porque si no hubiera bebido nada, no habría ocurrido toda esta aventura maravillosa que te voy a contar. Y eso hubiera sido una pena, ¿no?.

Ya vas conociendo tan bien las aventuras de Alicia, que me apuesto a que te imaginas lo que ocurrió a continuación. Y si no te lo imaginas te lo contaré.

Creció, y creció, y creció. Y en muy poco tiempo la habitación estaba llena de Alicia: ¡Exactamente igual que un tarro está lleno de mermelada! ¡Había Alicia hasta en el techo; y Alicia estaba en todos los rincones de la habitación!


La puerta abría hacia el interior, y naturalmente no había sitio para abrirla: y cuando el Conejo se cansó de esperar y vino él mismo a buscar sus guantes, naturalmente no pudo entrar.

¿Y qué crees que hizo entonces? Envió al Lagarto Bill al tejado, y le mandó bajar por la chimenea. Pero resulta que Alicia tenía un pie en el hogar: y cuando oyó que Bill bajaba por la chimenea, nada más dio una patada muy flojita ¡y Bill salió volando por los aires!

¡Pobrecito Bill! ¿No te da mucha pena? ¡Qué susto debió haber pasado!


Y Colorín Colorado

domingo, 24 de marzo de 2013

CUENTO COQUETO


LA PALMERA COQUETA. El Tesoro del Arcoíris, Escrito por Sofía Reina. 


Delante de la casa y de éste lado del mar, a los pies de la arena, había una palmera, tenía sus penachos muy arregladitos con una raya al medio, todos estaban en prolijo orden, unos a éste lado y otros al otro.

La palmera estaba muy contenta, hasta que llegó el viento y se entretuvo con ella revolviéndole todos – todos sus penachos-pelos. La pobre se quedó desilusionada cuando por la noche se encendió la luna y pudo verse en el espejo del mar…

¡Qué pinta tenía! ¡Qué desarreglada estaba! – pensó la palmera. Miró a las estrellas y les pidió un poquito de su titilar a ver si con eso podría estar mejor. Algunas de las estrellas la rociaron con su titilar, pero cuando llegó el sol ya no se veía más.

Pensaba y pensaba la palmera qué podía hacer para quedarse todo el tiempo bien arreglada. Se puso agua de mar y se peinó para atrás, esto le gustaba, le daba un aire moderno, estaba contentísima así. Pero con lo que la palmera no había contado era que al medio día el sol calienta mucho y el agua de mar se seca y sus penachos-pelos quedan como de cartón. Una brisa le devolvió el movimiento y la gracia normales, quedándose gran parte de sus penachos-pelos delante de su cara.
Mientras volvía a pensar, al otro lado del mar había un palmero que no dejaba de mirarla, que le parecía la palmera más bonita que había visto ¡Y qué penachos-pelos tenía! El palmero estaba buscando la forma de poder ir hasta ella, una cosa que no saben hacer las palmeras y es nadar.

La palmera había encontrado los adornos perfectos; las medusas, se puso montones de medusas y estaba brillante, pero brillante en todos los colores y a medida que sus penachos-pelos se movían cambiaban de colores.

El palmero estaba chupando y chupando y chupando el mar a medida que disimuladamente se iba acercando a la palmera coqueta. Cuando llegó hasta ella se quedó maravillada del colorido de sus penachos-pelos. Era mucho más linda desde aquí que desde su orilla.

La palmera vio al palmero y no entendía por qué estaba tan gordo. El pobre palmero tuvo un estornudo fatal, tan fatal que toooooodo el mar cayó encima de la palmera y ésta se quedó llena de arena, penachos revueltos, algunos estaban quebrados, llena de algas y caracolas y de tantas cosas que la palmerita se puso a llorar de desconsuelo. 

El palmero terminó curvado en su otra orilla lleno de vergüenza por lo que había pasado. Y su hechizo de palmera de un estornudo acabó.


Y Colorín Colorado…

lunes, 18 de marzo de 2013


LAS VACACIONES DE LA LUNA. Escrito por Sofiareina


Una noche el cielo estaba muy oscuro, de ese negro que solo está cuando la luna brilla por su ausencia. De las chimeneas salían nubes de humo que llegaban muy alto, se sorprendieron de no ver ninguna luz por allí arriba, pero poco a poco y sin que nadie se diera cuenta se fue disolviendo en el aire.

¿Dónde está la luna? Las estrellitas se preguntaban unas a otras dónde estaría la dama de la noche, los barcos en el mar intentaban encontrarla en sus latitudes, pero por ningún lado había un rayito de ella.

Desde el otro lado del mundo se oía una voz cantando: Tiii-tiraaa-tiruriii-titaaaaaaa…. Y entre dos palmeras muy divertidas que bailaban con el viento se encontraba la luna, chapoteando en el mar, como una niñita pequeña, eso sí, tenía unos enooormes anteojos de sol, estaba muy divertida porque no tenía que brillar por todos lados, trajo consigo una valijita con algunas cosas, sus distintas caras, la menguante, la creciente, la nueva y la llena, también trajo algunas estrellitas vecinas que se negaban a salir de la oscuridad de la maleta, algunos polvos del cielo que usaba para resaltar más su linda blancura.

Después de un buen rato la luna empezó a enrojecerse, su piel que siempre fue tan blanca le ardía bastante, no se había puesto ningún protector solar, porque no existía ninguno para una luna tan grandota. El sol, los delfines que pasaban y todos los habitantes marinos se tapaban la risita, pero sin poderse contener al final.

¡AAAYYYY….. como me pica! ¡Cómo me piiiicaaaa!, estoy toda roja, ¡qué raro es!, se quejaba la luna.

El sol estaba riéndose bastante y empezó hablarle a la luna: Jo-Jo-Jo-Jo…. qué risa, una luna roja, ¿¡y ahora cómo vas a dar luz!? Vas a dar una luz bien roja, y en realidad nadie va a encontrar más sus caminos, ni se formaran más caminos de luz de luna en el mar… terminó de decir el SOL un poco triste. Y ahora ¿qué puedo hacer?, ¿Cómo haré para volver a ser blanca y hermosa?, decía afligida la luna.

¿Cómo podemos ayudar a la luna? Los animalitos le dieron toda clase de consejos de qué podía hacer para quitarse el ardor, ella muy paciente los seguía al pie de la letra, pero además de quedar como una luna loca mucho efecto no le hacía.

Un delfín le dijo en secreto lo que le devolvería su blancura, tenía que beber mucha, pero mucha, de verdad, leche de vaca, la  luna le tiró un besito al aire, sin siquiera tocarse los labios porque también le ardían, y se fue corriendo para todos los países que tuvieran vacas y las dejó casi sin una gota para nadie más… 

Poco a poco fue aliviándose su penar, al acercarse al mar por la noche se dio cuenta que ya no estaba más roja, pero sí estaba enormemente grande después de haber tomado tanta leche, muchísimo más que el sol y como después de haber estado lejos tanto tiempo, ahora tenía que ponerse la cara de Luna creciente, y no le entraba por ningún lado se le salían pedazos de luna por todos los costados, así que se puso a hacer algo de ejercicio.

¡Hop!¡Hop!¡Hop! Vueltas para arriba…¡Hop!¡Hop!¡Hop! Vueltas para abajo…¡Hop! ¡Hop!¡Hop! Muchas vueltas más hasta volver a estar como antes… ¡Hop!¡Hop!¡Hop!…

Al terminar de dar tantas vueltas había vuelto a ser la bella luna de siempre, con su bonita cara Creciente… Así fue cambiando tranquilamente sus caras hasta cuando por fin se pudo poner Llena, por suerte no quedaba ningún rastro de sus locas vacaciones.

Todos los peces, pulpos, delfines y demás habitantes marinos se reunieron a cuchichear muy bajito algunas cosas, lo hacían tan en secreto que la luna por más que disimuladamente bajara para oír mejor, no se enteraba de nada.

Los delfines saltaron dando piruetas en el aire, los pulpos saltaron también muy graciosos tocándose sus tentáculos encima de su cabeza, todas las almejas, mejillones y ostras hicieron música castañeteando, los peces llenaron de maravillosos colores el baile acuático porque todos querían cantarle a la bella de la noche lo resplandeciente que estaba y cómo adoraban a esta estupenda anfitriona de la gran fiesta en el camino de luz de la Luna Llena.


Y Colorín Colorado 

lunes, 11 de marzo de 2013

CUENTO PERLADO


LA PERLA DEL DRAGÓN. Alberto Melis

Hace muchísimos años, vivía un dragón en la isla de Borneo; tenía su cueva en lo alto del monte Kinabalu.  Aquél era un dragón pacífico y no molestaba a los habitantes de la isla, tenía una perla de enorme tamaño y todos los días jugaba con ella: lanzaba la perla al aire y luego la recogía con la boca.

Aquella perla era tan hermosa, que muchos habían intentado robarla, pero el dragón la guardaba con mucho cuidado; por eso, nadie había podido conseguirlo. El Emperador de la China decidió enviar a su hijo a la isla de Borneo; llamó al joven Príncipe y le dijo: -Hijo mío, la perla del dragón debe formar parte del tesoro imperial. Estoy seguro de que encontrarás la forma de traérmela.

Después de varias semanas de travesía, el Príncipe llegó a las costas de Borneo, a lo lejos se recortaba el monte Kinabalu, y en lo alto del monte el dragón jugaba con la perla, de pronto, el Príncipe comenzó a sonreír porque había trazado un plan, llamó a sus hombres y les dijo:-Necesito una linterna redonda de papel y una cometa que pueda sostenerme en el aire.

Los hombres comenzaron a trabajar y pronto hicieron una linterna de papel, después de siete días de trabajo, hicieron una cometa muy hermosa, que podía resistir el peso de un hombre, al anochecer, comenzó a soplar el viento, el Príncipe montó en la cometa y se elevó por los aires; la noche era muy oscura cuando el Príncipe bajó de la cometa en lo alto del monte y se deslizó dentro de la cueva.

El dragón dormía profundamente, con todo cuidado, el Príncipe se apoderó de la perla, puso en su lugar la linterna de papel y escapó de la cueva, entonces, montó en la cometa y encendió una luz, cuando sus hombres vieron la señal, comenzaron a recoger la cuerda de la cometa, al cabo de algún tiempo, el Príncipe pisaba la cubierta de su barco, ¡Levad anclas! –gritó,  el barco, aprovechando un viento suave, se hizo a la mar.

En cuanto salió el sol, el dragón fue a recoger la perla para jugar, como hacía todas las mañanas, entonces, descubrió que le habían robado su perla, comenzó a echar humo y fuego por la boca y se lanzó, monte abajo, en persecución de los ladrones; recorrió todo el monte, buscó la perla por todas partes, pero no pudo hallarla, entonces, divisó un junco chino que navegaba rumbo a alta mar. El dragón saltó al agua y nadó velozmente hacia el barco.

-¡Ladrones! ¡Devolvedme mi perla! -gritaba el dragón, los marineros estaban muy asustados y lanzaban gritos de miedo, la voz del Príncipe se elevó por encima de todos los gritos:-¡Cargad el cañón grande! Poco después hicieron fuego. -¡Bruum! El dragón oyó el estampido del disparo; vio una nube de humo y una bala de cañón que iba hacia él, la bala redonda brillaba con las primeras luces de la mañana y el dragón pensó que le devolvían su perla, por eso, abrió la boca y se tragó la bala.

Entonces, el dragón se hundió en el mar y nunca más volvió a aparecer, desde aquel día, la perla del dragón fue la joya más preciada del tesoro imperial de la China.

Y Colorín Colorado

sábado, 2 de marzo de 2013

CUENTO FOGOSO


LA PRINCESA DE FUEGO. Pedro Pablo Sacristán.



Hubo una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la vez. 

El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad, mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo: - Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi corazón. Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.

El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada. Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra en sus manos. Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.

Durante los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la princesa salían encantados por su carácter y cercanía, y su sola presencia transmitía tal calor humano y pasión por cuanto hacía, que comenzaron a llamarla cariñosamente "La princesa de fuego".

Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la princesa hasta el fin de sus días

Y Colorín Colorado