lunes, 26 de octubre de 2015

CUENTO ROEDOR

LOS  RATONCITOS  HAMBRIENTOS. Cuentos  Infantiles

Una vez la mamá de Pifucio estaba preparando una rica torta, y le parecía raro que siempre le faltara algo: un pedazo de chocolate, una galletita, una nuez. - ¿Vos te comiste mis ingredientes de la torta, Pifucio? - le preguntó. - No, yo no fui. - le contestó Pifucio. - ¿No habrá ratoncitos en esta casa? - pensó la mamá. 

Y se fue a comprar trampas para cazar ratones. A Pifucio le gustó la idea de tener un ratoncito y darle de comer y cuidarlo, pero la mamá no quiso saber de nada, porque dijo que los ratones son muy ham­brientos y sinvergüenzas. En los días siguientes siguió faltando comida de la cocina, y la mamá empezó a sospechar algo raro. Un día, mientras le ponía azúcar al té, vio un montón de puntitos negros que se movían en la azucarera: - ¡Hormigas!. - dijo - ¿Habrán sido ellas las que se comieron mi comida? La mamá miró adonde iban las hormigas, y vio una fila larga que recorría la cocina, el líving, la pieza de Pifucio... y que se metía abajo de su cama. Y abajo de la cama, encontró... ¡toda la comida que le faltaba!. 

Allí estaban el chocolate, las galletitas y las nueces. Más unas cuantas cosas más. - ¡Pifucio! - dijo la mamá. - ¿Qué mamá? - ¿Vos sabes que hace esta comida abajo de tu cama? - ¿Qué comida? ¿Qué cama? - No te hagas el tonto, Pifucio. - ¿Qué Pifucio? - ¡Vos! - Ah sí. Bueno, este, te voy a explicar. Resulta, que,... - ¿Qué qué? - ¿Qué qué, qué? - Qué, qué, qué, ¡que me voy a enojar si no me contestás! Pifucio le contó que había puesto esa comida porque le daban pena los ratoncitos, y no quería que pasasen hambre. 

Entonces la mamá le explicó que no se puede dejar comida tirada, por­que se llena de olor y bichos, y que los ratoncitos pueden conseguir su comida en otro lado. Limpiaron bien abajo de la cama, y pusieron veneno para las hormigas. - Y ahora, este té con hormigas lo tengo que tirar. - No mamá, no lo tires - le pidió Pifucio. ¿No lo podemos poner abajo de la cama? Después de tanta comida, los ratoncitos van a querer tomarse un té. 



Y colorin colorado...

sábado, 17 de octubre de 2015

CUENTO ANGELICAL

LA MISIÓN DE LOS ANGELITOS

Ese día en el cielo, un grupo de ángeles estaba pintando el arco iris. Uno de ellos, Valentín, colgado de una estrella, se balanceaba con el pincel en la mano. Otro, Juanito, para hacer más rápido, se tomó de la cola de un cometa y en un santiamén aplicó el color amarillo. Sobre una nube, otro angelito, llamado justamente, Justo, un poco regordete, repasaba los bordes para que el trabajo quedara perfecto, De repente oyeron el tañir de una campana. Era un llamado urgente de Dios, Los tres se deslizaron a través del arco iris para llegar rápido ante la presencia del Señor, Dios, se puso de pié frente a su trono celestial y les dijo:-Voy a necesitarlos. Los angelitos estaban locos de contentos, Por fin tendrían una misión importante.

El Señor, que podía leer sus pensamientos les dijo: Una tarea trascendente, de vital importancia, pues se ha perdido un gato llamado Loló, Los angelitos se miraron asombrados, ¿un gato? ¿tarea trascendente? Dios insistió: Hay un niño, llamado Joaquín que está muy triste porque ha perdido su gato y ustedes van a ayudarme a devolverle la alegría a ese pequeño, Joaquín es un niño muy solitario, le cuesta hacerse de amigos y su gato lo espera cuando llega de la escuela y lo acompaña mientras estudia, él lo alimenta y lo cuida, le arma pelotitas para jugar y así se entretiene cuando está solo.


Pero un día, cuando el gato estaba solo, salió a pasear y se alejó tanto de su casa que ya no puedo encontrar el camino de regreso. Joaquín llora porque lo extraña mucho y el gatito tampoco la está pasando muy bien.-explicó Dios a sus ángeles y, como en secreto, les sopló palabras a los oídos de cada uno, cuando terminaron de escuchar las indicaciones corrieron alegres, agitando sus alas a cumplir su importante misión. Valentín encontró a Loló temblando de frío, asustado y con hambre, en el umbral de una vieja casa abandonada y lo acurrucó con sus alas para darle calor, a pocas cuadras de allí, Lily, caminaba apresuradamente de la mano de su madre, Juanito vio que Lily era una niña buena y cariñosa y le susurró palabras al oído, Lily entonces se dirigió a su madre y le pidió: ¿Mami, podemos pasar a ver la vieja calesita? Pero Lily, si hace años que está cerrada, tenemos que desviarnos dos cuadras y sabes que estoy apurada, la niña, obediente, comprendió que su madre tenía razón, pero Juanito volvió a inspirarle palabras al oído con insistencia, Lily, entonces dijo: por favor mami, es un minuto nada más, tengo tantas ganas de volver a verla.

La madre, que no podía negarle nada a su hija si se lo pedía con tanta ternura, accedió finalmente darle el gusto, está bien, pero rápido porque tengo que preparar la comida y tu padre debe estar por llegar a casa, y así madre e hija desviaron su recorrido hasta llegara la vieja calesita. Qué tristeza le produjo a Lily verla en ese estado de abandono, los vibrantes colores que ella recordaba ya no existían y tampoco los animales de madera donde ella se ubicaba para girar y girar mientras sonaba una música de organito, Lily se quedó pensativa y triste, ya que esa imagen era tan distinta a la de sus recuerdos felices.


De pronto escuchó un largo Miauuu, viniendo de una casa vecina y corrió a ver de qué se trataba, mira mami que hermoso gatito, si es un gato muy hermoso, debe tener dueño, fíjate que tiene un collarcito con una medalla que dice Loló, y si está perdido…¿puedo llevarlo a casa? Lily- respondió la madre, ¿cómo se te ocurre llevar un animal a casa?. Camilo, viendo que la situación se ponía difícil, abandonó a Loló que inmediatamente comenzó a temblar de frío sin el abrigo de sus alas y Juanito intentó a inspirarle deseos de ternura y protección a la madre de Lily, pobrecito, está temblando, dijo Lily, debe tener frío y hambre, está bien, lo llevamos a casa, pero tienes que prometerme que vas a tratar de encontrar a su dueño; la cara de Lily se transformó en una sonrisa y tomando a Loló en sus brazos lo abrigó con el calor de su cuerpo y el gatito, aunque no la conocía le devolvió un largo Miauu agradecido, llevaron a Loló a su casa, lo alimentaron y le armaron una camita para que estuviera cómodo.

La mamá le tomó fotos al gato, armaron muchas fotocopias con la cara del gatito y el único dato de que disponían: el nombre, luego recorrieron el barrio pegando las fotocopias en la calle y en los comercios con la esperanza de hallar a su legítimo dueño, Valentín y Juanito, habían cumplido su cometido pero el dueño no aparecía porque el gatito se había alejado mucho de su casa, Justo, el ángel regordete, sabía que la abuela de Joaquín, a quién él llamaba cariñosamente Bobó, acostumbraba ir a una peluquería muy cerca de la casa de Lily pero no iba muy seguido porque no disponía de muchos ingresos y la peluquería era para ella un gasto superfluo.


Esa semana, Bobó, había invitado a Joaquín a almorzar, porque sabía que estaba triste y quería distraerlo preparándole su comida favorita, Justo llevó a Bobó frente al espejo y la hizo verse fea y desgreñada, pensó que su nieto no se sentiría feliz al verla con ese aspecto y decidió hacer una visita a la peluquería, Bobó pidió que le cortaran el cabello, le hicieran el color y le arreglaran las uñas de las manos, se sentía mucho mejor, cuando se disponía a pagar, vio la fotocopia sobre la vidriera con la foto de Loló, no podía creerlo, ahora su alegría era completa, ni bien llegó a su casa, llamó a Lily para concertar el encuentro, cuando Joaquín y sus padres llegaron a la casa de Bobó, la mesa estaba preparada para almorzar; tengo una sorpresa, te hice empanaditas de atún, pastel de papas y postre de chocolate, tu comida preferida, dijo Bobó con una sonrisa más grande que su propia boca, Joaquín sonrió y la abrazó agradecido, estaba contento con su abuela pero su compañero de juegos no estaba a su lado y lo extrañaba mucho.

Cuando estaban a punto de disfrutar el postre, sonó el timbre, ¿Quién será a esta hora? Preguntó Joaquín, ¡tengo otra sorpresa para vos! -respondió Bobó, acompáñame a la puerta, espero que no haya comprado juguetes, pensó Joaquín. Valentín, Juanito y Justo ya se habían acomodado junto a la puerta, no se querían perder por nada del cielo la cara de sorpresa y alegría de Joaquín, cuando abrieron la puerta, allí estaban: Lily con Loló en brazos y sus padres acompañándola, Joaquín estalló en un grito de alegría, Loló lo reconoció al instante, y de un salto se acomodó en sus brazos lamiéndole la cara, las dos familias festejaron el encuentro saboreando el postre de la abuela. Joaquín y Lily se hicieron amigos y de allí en más, cuando Joaquín visitaba a su abuela, Lily estaba invitada a jugar.

Los ángeles regresaron al cielo con la satisfacción de haber cumplido su misión, y felices se dispusieron a pintar unas nubes de color caramelo para celebrar el reencuentro.

Y  Colorín  Colorado 

lunes, 5 de octubre de 2015

CUENTO ENCANTADO

EL BOSQUE DE LOS CUENTOS. Anónimo suizo

Erase una vez una pequeña chiquilla que importunaba a toda la gente para que le contaran un cuento. Importunaba a su madre, a su abuela, a su tía. Quien quiera que encontrara en su camino, tenía que contarle un cuento. Pero no todos se sentían dispuestos a ello. Todos se deshacían del pequeño espíritu importunador.

Entonces se encaminó la niña tristemente hacia el bosque. Por fortuna, se extendía éste muy cerca, junto a la casa. En el bosque se encontró con el cuclillo, que estaba sentado sobre una rama y gritaba: -¡Cu-cú! ¡cu-cú! -¿Por qué cantas siempre la misma canción? -dijo la muchacha-. ¡Explícame más bien un cuento! Entonces le contó el cuclillo la historia de cómo pone el huevo. El cuco lo lleva en el pico por el aire y lo coloca en un nido extraño. De este huevo sale luego un pequeño pájaro, que crece y crece, y se hace por último mayor que los pajaritos que le alimentan. Pronto se hace el nido demasiado pequeño para el cuclillo. Entonces arroja éste fuera del nido a todos los pequeños pajaritos, crecidos con él en el mismo nido. Pero el buen espíritu del bosque, que lo había visto todo, dijo: "Como castigo, no habrás de vivir tú nunca en un nido propio. Tus huevos habrás de llevarlos siempre en el pico por el aire, y tus hijos deberán clamar durante todo su vida por su madre perdida: ¡Cu-cú! ¡cu-cú!"

El pájaro chilló. -¿Es esto un cuento o una historia verdadera? -preguntó la niña. -¡Cu-cú! ¡Cu-cú! -se oyó a lo lejos. Entonces no supo la niña qué pensar, y penetró más profundamente en el bosque. Así caminando, llegó hasta los sombríos abetos. Bajo sus pies crujía una alfombra de millones de pardas agujas. En lo alto rumoreaba el viento, entre las verdes copas de los altivos abetos gigantes. Pero junto a ellos se alzaban tres pequeños abetos en la oscuridad, los cuales no tenían una sola ramita verde. -¿Por qué llevan un vestido tan pardo de luto? ¡Oh, explíquenme la historia de ustedes! -rogó la pequeña. Entonces tomó la palabra el mayor de los tres jóvenes abetos y dijo: -Nosotros somos los más jóvenes abetos de este bosque, y queríamos levantarnos juntos los tres hacia el sol; pues habíamos oído decir que era hermoso y bueno, y que era un rey. Así, pues, nos pusimos nuestros vestidos de fiesta y extendimos los brazos; pero nuestros hermanos mayores nos cerraron el camino. "-¡A nosotros nos pertenece el Sol! -dijeron ellos-. Nosotros somos más grandes y hermosos que ustedes. Deberían avergonzarse. ¡Ocúltense! "Orgullosos, se elevaron ellos cada vez más altos, más altos, hasta que llegaron al Sol. Entonces celebraron una fiesta e invitaron a todos los pájaros cantores del bosque. "-¡Hágannos también un poco de sitio! -rogábamos nosotros cada día. "No pretendíamos más que ver solamente el manto del rey Sol; pero nuestros hermanos mayores extendían rumoreando sus vestidos y nos ocultaban, para que el Sol no pudiera encontrarnos. Entonces dejamos caer nosotros el vestido verde de fiesta y nos vestimos de pardo luto. Este luto lo conservaremos nosotros hasta nuestra muerte, que bien pronto habrá de venir."

Entonces preguntó la niña: -¿Es esto un cuento o una historia verdadera? Los tres pequeños abetos guardaron silencio, pero dejaron caer sus agujas, y con esto pareció como si lloraran. La pequeña muchacha fue a buscar una azada y arrancó con ella, uno después de otro, a los pequeños abetos y los plantó de nuevo en el borde del bosque. Buscó luego agua del manantial y les dio de beber. El Sol se asustó cuando vio a las tres criaturas del bosque con su vestidito de luto. Las acarició con sus rayos y las consoló: Pronto tendrán mejor aspecto. Mis rayos tejerán para ustedes el más hermoso vestido de fiesta, y yo estaré al lado de ustedes desde la mañana hasta el anochecer.

Siguió entonces la pequeña muchacha su camino. El sendero del bosque corría recto, y no parecía tener fin. De repente, sintió la niña un escalofrío en las espaldas; en medio del camino yacía una pequeña ardilla que agonizaba a causa de una herida en el cuello. -¿Por qué has muerto tú? -preguntó la niña-. Te hubiera rogado tan a gusto que me contaras un cuento... Entonces empezó a hablar la roja sangre.

-Allí arriba, entre el verde reino de las hojas, hay una casita redonda. En ella vive una madre con sus cinco hijos. "No salgan hasta que esté yo de nuevo en casa", dijo la madre cuando salió en busca de alimento para sus pequeños. Cuatro de ellos supieron obedecer. El quinto, sin embargo, miraba continuamente por la puerta redonda. Cien mil hojas lo saludaban y le susurraban: "¡Sal! Te contaremos un cuento". Entonces salió afuera la pequeña ardilla. Escuchó y escuchó, tan pronto en éste como en aquel árbol, y finalmente quiso marcharse al bosque vecino. Pero en medio del camino fue víctima del pérfido ladrón. "¡Madre!", gritó todavía; pero la madre estaba muy lejos y no podía oírla. Entonces cerró la pequeña ardilla los ojos. -¿Es esto un cuento o una verdadera historia? -preguntó la niña. La sangre calló, y la muchacha contempló tristemente al pequeño animalito muerto.

-¡Madre! -gritó de repente la niña, y rompió a llorar. Luego dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Corrió hasta perder el aliento, hasta que se encontró de nuevo en casa, abrazada a su madre. A la mañana siguiente salió, sin embargo, de nuevo al bosque y así cada día; pues allí le explicaban cuentos todas las cosas. ¿O eran tal vez historias verdaderas? La pequeña muchacha no lo sabía, pero las escuchaba a gusto por su vida. 

Y Colorín colorado…

martes, 29 de septiembre de 2015

CUENTOS CONTADOS POR TITA

La aventura de oír Cuentos Empitucados


Oír cuentos es fundamenteal para la divulgación y transmisión de la tradición oral. Motiva la memoria oral y escritura, tradición y recreación, vivencias con contadores de cuentos, propuestas para la expresión oral del niño. A continuación 2 cuentos cortos con mucha moraleja.

Deliciosa "escucha" que nos introduce en el mundo de los cuentacuentos, las canciones y los juegos, nos enseña la importancia de lo oral en la formación del niño lector, y en definitiva, nos enseña a descubrir ese saber aprendido en la infancia y adormecido en la memoria del adulto, que nos pone en contacto con un patrimonio cultural cuya importancia no siempre es reconocida.

Inspiración:

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Buen Humor:

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jueves, 17 de septiembre de 2015

CUENTO TOMATERO

PIFUCIO  Y  EL  TOMATE. Sergio Samoilovich (Escritor Argentino)

Resulta que Pifucio era un nene un poco raro.No le gustaban las golosinas, pero le encantaba la sopa. Le ponía dulce de leche a las milanesas, y sal a la leche chocolatada. Le gustaban las verduras y no la carne.No le gustaba tirarse a la pileta de lona, pero sí bañarse y lavarse las orejas. Cuando dormía ponía los pies en la almohada y la cabeza en el colchón. Un día se equivocó y se puso la campera del papá como pantalón, y no se dio cuenta en un rato largo.

Un día, Pifucio se hizo amigo de un... tomate. Estaba sentado en el piso jugando con el tomate, haciéndolo rodar y girar, mirándolo y pasándolo de una mano a otra.

La mamá le preguntó que hacía, y él le dijo:- Juego con mi amigo Tomate, mamá.- ¿Y cómo podés ser amigo de un tomate? ¿No ves que no habla y no se mueve? - dijo la mamá.- ¿Y que importa? ¿No puedo quererlo igual? - protestó Pifucio.

- Es que los niños no son amigos de las cosas - respondió la mamá. Son amigos de otros niños, de algunas personas grandes, de un perrito o un gatito. Pero de un tomate... es  lo más raro. Pifucio se quedó pensando un rato. Un amigo suyo decía que era amigo del Superman de la tele, otro era amigo de un oso de peluche, y otro de una nena de tercer grado. ¿Entonces, qué tenía de raro un tomate?

Esa noche Pifucio se llevó el tomate a la cama, y durmió con él. Ocupaba mucho menos lugar que el oso, y ya tenía bastante olorcito a tomate. Durante el día la mamá insistió en guardarlo en la heladera, y Pifucio lo envolvió en una servilleta para que no tuviera frío. Pero el tomate estaba bastante blandito, se puso negro en un costado y le salió una pelusita blanca en la panza. Pifucio se preocupó y le pidió a la mamá que llamara al doctor.- No hay doctor de tomates - le respondió la mamá.- Entonces llamá al veterinario - pidió Pifucio.- No hay veterinario de tomates - dijo la mamá.- Entonces al verdulero - insistió Pifucio.- Los verduleros no hacen visitas a la casa de la gente como los doctores. - explicó la mamá.

Entonces la mamá lo sentó en la mesa y le contó que su tomate se estaba pudriendo, y que eso es lo que le pasa a todos los tomates, y que había que tirarlo a la basura, y que si seguía diciendo que el tomate era su amigo estaba loquito.

Pifucio lloró un poco, y aceptó que su mamá tenía razón.

Al día siguiente fue a abrir la heladera para ver de que otra verdura se podía hacer amigo. Pero la mamá se adelantó, y antes de que Pifucio se hiciera amigo de nada, lo llevó a la plaza.

Allí jugó un rato largo en el arenero, y al final se hizo amigo de... un baldecito de plástico. Y también de una... palita. Y de un... rastrillo. Pero también de la dueña de las tres cosas, que era una nena muy simpática.

Y colorin colorado....

miércoles, 9 de septiembre de 2015

CUENTO ENORME

EL GIGANTE TRANSPARENTE. Juan Chaves.
Hoy en el recreo me miró como cuatro veces. Aunque Luis estaba detrás de mí… ¿Lo miraba a él o a mí? Si lo miraba a él es una tramposa. Pero no importa, ahora ya no importa. Hoy… tiene que ser hoy… ¿Pero cómo hago? En el recreo no, hay muchos chicos, mejor la acompaño a tomar el micro y cuando doblamos la esquina… listo. No, no, en la esquina no… en la parada del micro siempre hay poca gente, mejor ahí. —Mabel, ¿te acompaño a tomar el micro? —Bueno, dale. ¡Uuy, qué bueno! Tengo que aprovechar cuando estemos esperando el micro. Ya me comí como cinco pastillas de menta para tener el aliento fresco. ¿Mabel tendrá mal aliento? Bueno, igual es un momentito, unos segundos nomás… ¿Cuánto tiempo tendrá que durar? —¿Querés una pastilla de menta? –No gracias. No sé de qué hablar, del amor no, si no sabemos nada, somos muy chicos. Le digo cualquier cosa de la escuela y chau… Pero justo ahora me siento raro. Me parece que el calor se me subió a los cachetes, tengo que respirar hondo. Tiene que ser hoy… ¿Tiene que ser hoy? Porque lo puedo dejar para mañana, cuando esté más tranquilo… No, no, tiene que ser hoy, ahora. Si no, va a pensar que soy un tarado. 

—¡Qué calor! ¿No? —Y… más o menos… Espero que el gordo Freire no nos haya seguido, porque después empieza a cargarme. Si mañana me dice algo o me burla, lo reviento a trompadas. A ver… no, no nos siguió… Bueno, lo que tengo que hacer, ahora que llegamos a la parada, es ponerme en posición como lo estuve ensayando. Me pasé más de media hora frente al espejo poniendo la cabeza un poco torcida como en las películas. Debe haber alguna razón para que los que se van a besar inclinen la cabeza… Debe ser para que no choquen las narices, claro, si le aplasto la nariz con la mía no vamos a poder respirar. Después se entrecierran los ojos y se abre un poco la boca pero sin llevar los labios hacia adelante. Los tipos de las películas, cuando besan no ponen los labios con trompita como mi tía Gladys, que cada vez que me saluda me babosea las mejillas. En el momento del beso siempre veo que cierran por completo los ojos, no sé por qué… a mí me gustaría mirar un poquito. Cuando lo ensayé frente al espejo abrí los ojos y me pareció algo cómico. Ahora que me acuerdo… ¿Habré limpiado bien? Si mi mamá llega a ver la marca de mis labios en el espejo me va a matar… No, no hay forma de que sepa qué es, la marca no es como una huella digital. 

Bueno, ya llegamos a la parada… ¿Y ahora? Bueno, ahí va… Si me recuesto sobre el caño que sostiene el cartel del micro y estiro un poco el cuello así… No, no queda muy natural. Mejor me inclino cerca de ella como mirando si viene el micro y trato de pronunciar frases que terminen en una “o” alargada para preparar los labios y entonces ahí sí. Podría ser: “me parece que ahí viene el microo… oo… ” No, no, qué tarado… Si le digo eso va a girar la cabeza y no lo voy a poder hacer. Tengo que estirarme un poco más, en puntas de pie. Ya me están doliendo las piernas y los cachetes siguen rojos… ¡Qué incómodo! —Juan, ¿qué hacés así todo torcido? —Nada… me parece que ahí viene el microo… ooo… —Bueno, entonces… mmmhh… mmhhhhh… ¿Qué pasa? Mmmhhh… Lo hizo ella, me ganó de mano… ¿Qué hago? Tiene los labios húmedos. ¿Hay que tener los labios húmedos? …no sabía que duraba tanto tiempo… —Chau, sonso… —Chau… ¿Así era? Estuvo lindo…Y mañana qué le digo? No, mañana me hago el enfermo y no voy a la escuela, así tengo tiempo para pensar… 

De pronto siento la sensación de que el pecho se me ensancha y se me infla como una pelota… Estoy más alto que antes de besarla, empiezo a crecer pero las cosas a mi alrededor no cambian de tamaño. Estoy más alto que el cartel de la parada del micro. Si, ahora estoy más grande que el árbol… ¡Qué raro, no tengo nada de miedo! Aumento de tamaño hasta llegar a la altura del segundo piso de un edificio… Tengo que cuidar mis movimientos porque cada vez estoy más alto y no quiero romper nada. Los árboles, los autos y los edificios parece que se achicaran. Me convierto en un gigante alto como un edificio de diez pisos, pero la gente no se asusta. Porque no me ve… ¿Por qué no me ven?… Ah, claro, soy un gigante transparente. 

¡Un gigante transparente! Si quiero puedo jugar con las nubes, saltar un edificio alto, sentarme en el techo de una vieja casona, cruzar de un solo paso el lago del bosque, o destruir la ciudad. Pero no lo hago porque los gigantes transparentes somos buenos, somos felices y no necesitamos molestar a la gente chiquitita. Aspiro fuerte el aire de la tarde y provoco una brisa que mueve las copas de los árboles. 

Estoy contento, tengo una alegría gigante y transparente… Quiero conocer más gigantes… Busco a otros gigantes transparentes que sean como yo, pero no encuentro a ninguno. ¿Será que la gente ya no se besa? 

Y Colorín colorado…. 

sábado, 29 de agosto de 2015

CUENTO REGALADO

EL REGALO MÁGICO DEL CONEJITO POBRE. Pedro Pablo Sacristán


Hubo una vez en un lugar una época de muchísima sequía y hambre para los animales. Un conejito muy pobre caminaba triste por el campo cuando se le apareció un mago que le entregó un saco con varias ramitas."Son mágicas, y serán aún más mágicas si sabes usarlas" El conejito se moría de hambre, pero decidió no morder las ramitas pensando en darles buen uso.

Al volver a casa, encontró una ovejita muy viejita y pobre que casi no podía caminar."Dame algo, por favor", le dijo. El conejito no tenía nada salvo las ramitas, pero como eran mágicas se resistía a dárselas. Sin embargó, recordó como sus padres le enseñaron desde pequeño a compartirlo todo, así que sacó una ramita del saco y se la dio a la oveja. Al instante, la rama brilló con mil colores, mostrando su magia. El conejito siguió contrariado y contento a la vez, pensando que había dejado escapar una ramita mágica, pero que la ovejita la necesitaba más que él. Lo mismo le ocurrió con un pato ciego y un gallo cojo, de forma que al llegar a su casa sólo le quedaba una de las ramitas.

Al llegar a casa, contó la historia y su encuentro con el mago a sus papás, que se mostraron muy orgullosos por su comportamiento. Y cuando iba a sacar la ramita, llegó su hermanito pequeño, llorando por el hambre, y también se la dio a él.

En ese momento apareció el mago con gran estruendo, y preguntó al conejito ¿Dónde están las ramitas mágicas que te entregué? ¿Qué es lo que has hecho con ellas? El conejito se asustó y comenzó a excusarse, pero el mago le cortó diciendo ¿No te dije que si las usabas bien serían más mágicas?. ¡Pues sal fuera y mira lo que has hecho! Y el conejito salió temblando de su casa para descubrir que a partir de sus ramitas, ¡¡todos los campos de alrededor se habían convertido en una maravillosa granja llena de agua y comida para todos los animales!!

Y el conejito se sintió muy contento por haber obrado bien, y porque la magia de su generosidad hubiera devuelto la alegría a todos.

Y Colorín Colorado