martes, 4 de enero de 2011

CUENTO ANUAL


LOS DOCE MESES. CUENTO RUSO

Hubo una vez una viuda que tenía dos hijas: Helena, la única hija que tuvo con su marido, y Marouckla, que la había tenido con su primera esposa, antes de que esta muriera. Ella amaba a Helena, pero odiaba a la pobre huérfana porque era mucho más linda que su propia hija. Marouckla no pensaba en lo bonita que era, y no podía entender por qué su madrastra se enojaba apenas la veía. A ella le tocaba hacer los trabajos más pesados. Limpiaba los cuartos, cocinaba, lavaba, cocía, tejía, traía el heno, lechaba a la vaca, cortaba la leña, y todo sin ninguna ayuda. Helena, mientras tanto, no hacía más que vestirse con las mejores ropas e ir de una diversión a otra.

Pero Marouckla nunca se quejaba. Soportaba el mal temperamento de su madre y hermana con una sonrisa en sus labios, y la paciencia de un cordero. Pero este comportamiento angélico no las suavizaba. Se fueron volviendo más tiránicas y gruñonas, y a medida que Marouckla crecía en belleza, aumentaba la fealdad de Helena.

Entonces la madrastra decidió librarse de Marouckla, porque sabía que mientras ella permaneciera allí, su propia hija no conseguiría pretendientes. Provocó entonces hambre, todo tipo de privaciones, abusos y cualquier cosa que sirviera para hacer que la vida de la muchacha fuese miserable. Pero a cambio de ello, Marouckla se volvía cada vez más dulce y encantadora. Un día en medio del invierno Helena quiso algunas violetas - Escucha - lloriqueó a Marouckla - debes ir a la montaña y encontrarme violetas. Quiero ponerlas en mi vestido. Deben ser frescas y de dulce aroma, ¿me has escuchado? - Pero, mi querida hermana, ¿cuándo has visto violetas creciendo en la nieve? - dijo la pobre huérfana. - ¡Criatura desgraciada! ¿Te atreves a desobedecerme? - dijo Helena. ¡Ni una palabra más! Si no me traes algunas violetas del bosque de la montaña, te mataré. La madrastra también agregó sus amenazas a las de Helena, y con vigorosos empujones hicieron salir a Marouckla afuera y cerraron la puerta tras ella. La pobre chica hizo su camino hacia la montaña sollozando. La nieve era profunda, y no había trazas de ningún ser humano. Largo tiempo caminó sin dirección, hasta perderse en el bosque. Tenía hambre, temblaba de frío, y rezó pidiendo la muerte.

De pronto vio una luz en la distancia, y trepando hacia ella alcanzó la punta la montaña. Sobre el pico más alto ardía un gran fuego, rodeado por doce bloques de piedra sobre los cuales se sentaban doce seres extraños. De ellos los tres primeros tenían el cabello blanco, tres no eran tan ancianos, tres eran jóvenes y hermosos y el resto era aún más joven. Todos estaban sentados en silencio mirando el fuego. Eran los Doce Meses del Año.

El gran Enero estaba sentado más alto que el resto. Su cabello y bigotes eran blancos como nieve, y en su mano sostenía una varita. Al comienzo Marouckla tuvo miedo, pero después regresó su valor, y acercándose dijo: - Hombre de Dios, ¿puedo calentarme con su fuego? Estoy congelada por el frío invernal. El gran Enero levantó su cabeza y respondió: - ¿Qué te trae aquí, hija mía? ¿Qué estás buscando? - Busco violetas - respondió la doncella. - Esta no es la temporada de violetas. ¿No ves que hay nieve por todas partes? - dijo Enero. - Lo sé bien, pero mi hermana Helena y mi madrastra me han ordenado llevarles violetas de su montaña. Si regreso sin ellas me matarán. Les ruego, buenos pastores, que me digan dónde puedo encontrarlas.

El gran Enero se levantó y fue hacia los Meses más jóvenes y, poniendo su varita en sus manos, dijo: - Hermano Marzo, toma el lugar más alto... Marzo obedeció, moviendo su varita al mismo tiempo sobre el fuego. Inmediatamente las llamas se elevaron hacia el cielo, la nieve comenzó a derretirse y los árboles y arbustos empezaron a florecer. El pasto se volvió verde, y entre sus hojas aparecieron algunas flores. Era primavera, y los prados estaban azules con violetas. - Reúnelas rápidamente, Marouckla - dijo Marzo.

Alegremente se apresuró en juntar las flores, y teniendo pronto un gran manojo en sus manos, les agradeció y corrió a su casa. Helena y la madrastra estaban impresionadas al ver las flores, y el aroma con que éstas llenaron las habitaciones. ¿Dónde las encontraste? - preguntó Helena. Bajo los árboles en la ladera de la montaña - dijo Marouckla. Helena guardó las flores para ella y su madre. Ni siquiera agradeció a su hermanastra por las dificultades que tuvo que tomar.

Al día siguiente, quiso que Marouckla le trajera frutillas. - Corre, le dijo - y tráeme frutillas de la montaña. Deben estar muy dulces y maduras. - ¿Pero cuándo has oído que las frutillas maduren en la nieve? - exclamó Marouckla. - Cuida tu lengua, gusano. No me respondas. Si no traes mis frutillas, te mataré - dijo Helena. Entonces la madrastra empujó a Marouckla hacia afuera y cerró la puerta. La desdichada joven hizo su camino a la montaña y hacia el gran fuego alrededor del cual se sentaban los Doce Meses.

El gran Enero ocupaba nuevamente el lugar más alto. - Hombre de Dios, ¿puedo calentarme con su fuego? El frío invernal me congela - dijo ella, acercándose. El gran Enero levantó su cabeza y preguntó: - ¿Por qué has venido? ¿Qué buscas? - Busco frutillas - dijo ella. - Estamos en medio del invierno - replicó Enero - y las frutillas no crecen en la nieve. - Lo sé - dijo tristemente la muchacha - pero mi hermana y madrastra me ordenaron llevarles frutillas. Si no lo hago me matarán. Les ruego, buenos pastores, que me digan dónde encontrarlas. El gran Enero se levantó, cruzó hacia el Mes que se encontraba en la posición opuesta, y poniendo la varita en su mano, dijo: - Hermano Junio, toma tú el lugar más alto.

Junio obedeció, y movió la varita hacia el fuego. Las llamas se elevaron hacia el cielo. Instantáneamente la nieve se derritió, la tierra se cubrió de verde, los árboles estaban vestidos con hojas, los pájaros comenzaron a cantar y muchas flores adornaron el bosque. Era verano. Bajo los arbustos había ramilletes de flores estrelladas se convirtieron en frutillas maduras, e instantáneamente cubrieron el suelo, haciéndolo parecer como un mar de sangre. - Reúnelas rápidamente, Marouckla - dijo Junio.

Alegremente ella agradeció a los Meses, y habiendo llenado su delantal corrió feliz a su hogar. Helena y su madre se maravillaron al ver las frutillas, que llenaban la casa con su deliciosa fragancia. - ¿Dónde las encontraste? - preguntó Helena. - Justo en medio de las montañas. Las que se encuentran bajo las hayas no están mal - respondió Marouckla.

Helena le dio algunas pocas a su madre y se comió el resto. Ni una le ofreció a su hermanastra. Y ya cansada de las frutillas, al tercer día decidió que ahora quería unas frescas manzanas rojas. - Corre, Marouckla - dijo - y tráeme manzanas rojas y frescas de la montaña. - ¿Manzanas en invierno, hermana? ¡Los árboles no tienen ni hojas ni frutas! Ve inmediatamente - dijo Helena - y a menos que traigas las manzanas, te mataré. Como antes, la madrastra la arrojó rudamente afuera de la casa. La pobre chica fue llorando a la montaña, cruzó la profunda nieve, y alrededor del fuego encontró a los Doce Meses, donde como siempre estaban sentados y, sobre la roca más alta, se hallaba el gran Enero. - Hombre de Dios, ¿puedo calentarme en su fuego? El frío invernal me congela - dijo ella acercándose. El gran Enero levantó su cabeza: - ¿Por qué estás aquí? ¿Qué buscas? - le preguntó. - Busco manzanas rojas - respondió Marouckla.

Pero es invierno, y no es estación de manzanas rojas - observó el gran Enero. Lo sé - respondió la joven - pero mi hermana y madrastra me han enviado a recoger manzanas rojas de la montaña. Si regreso sin ellas, me matarán. Como antes, el gran Enero se levantó y fue hacia uno de los Meses mayores, a quien entregó la varita, diciendo: Hermano Septiembre, toma tú el lugar más alto. Septiembre se trasladó a la roca más alta, y movió la varita sobre el fuego. Hubo un resplandor de llamas rojas, la nieve desapareció, pero las descoloridas hojas que temblaban en los árboles fueron enviadas por un viento frío en grupos amarillos hasta el suelo. Sólo unas pocas flores de otoño eran visibles. Al comienzo Marouckla buscó en vano por manzanas rojas. Entonces espió un árbol que crecía a gran altura, y de sus ramas colgaba la brillante fruta roja. Septiembre le ordenó que las juntara rápido. La chica fue pronto a sacudir el árbol. Primero cayó una manzana, luego otra. Eso es suficiente - dijo Septiembre - apresúrate en regresar a casa.

Agradeciendo a los Meses, volvió a casa alegremente. Helena y su madrastra se impresionaron de ver las frutas. ¿Dónde las recogiste? - preguntó la hermanastra. Hay más en la punta de la montaña - respondió Marouckla. - Entonces, ¿por qué no trajiste más? - dijo Helena enojada. - Debiste comértelas en el camino, niña malvada. - No, querida hermana, ni siquiera las he probado - dijo Marouckla. - Sacudí el árbol dos veces. Una manzana cayó cada vez. Unos pastores que allí había no me permitieron sacudirlo otra vez, sino que me dijeron que regresara a casa. Escucha, madre - dijo Helena. - Dame mi abrigo. Iré a buscar algunas manzanas yo misma. Podré encontrar la montaña y el árbol. Los pastores podrán gritarme que pare, pero no me iré hasta haber sacado todas las manzanas.

Contra el consejo de su madre, ella se puso la capa y el sombrero e inició el camino a la montaña. La nieve cubría todo. Helena se perdió mientras vagaba sin dirección. Después de un tiempo vio una luz sobre ella y siguiendo esa dirección, alcanzó la punta de la montaña. Había un fuego llameando, los doce bloques de piedra, y los Doce Meses. Al principio tuvo miedo y dudó, pero luego se acercó y calentó sus manos. No pidió permiso, ni siquiera dijo una palabra. - ¿Qué te ha traído por aquí? ¿Qué buscas? - dijo el gran Enero severamente. No estoy obligada a decírtelo, viejo barbagrís. ¿Cuál es tu negocio? - replicó desdeñosamente, dando la espalda al fuego y yendo hacia el bosque.

El gran Enero frunció el seño, y agitó su varita sobre su cabeza. Instantáneamente el cielo se cubrió de nubes, el fuego bajó, la nieve cayó en grandes copos y un viento helado azotó a la montaña. En medio de la furia de la tormenta, Helena tropezó. La capa no le abrigaba, y tenía entumecidos los miembros. La madre se quedó esperándola. Miraba por la ventana, y también desde la puerta, pero su hija no regresaba. Las horas pasaron lentamente, y Helena no regresó.

- ¿Puede ser que las manzanas la hayan encantado fuera de su hogar? - pensó la madre. Entonces se abrigó y decidió ir a buscar a su hija. La nieve caía en gran cantidad, cubriendo todas las cosas. Por largo tiempo vagó sin dirección. El viento helado golpeaba a la montaña, pero ninguna voz respondió a sus gritos. Día tras día Marouckla trabajó, y rezó, y esperó, pero ni la madrastra ni la hermana regresaron. Se habían congelado en la montaña.

La herencia de una pequeña casa, un campo y una vaca fue para Marouckla. Con el tiempo un honesto granjero se casó con ella y vivieron sus vidas feliz y pacíficamente.

Y Colorín Colorado



domingo, 2 de enero de 2011

CUENTO DE REYES


LOS REYES MAGOS. Del libro: "Cuentos para Niños de 8 a 108 II" - Pancho Aquino.

No olvidaré jamás aquella mañana del seis de enero; hacía pocos días había cumplido mis primeros sesenta y un años. Durante la noche anterior un sueño extraño llenó mi corazón de dudas. Por eso me levanté muy temprano, no podía seguir durmiendo, algunas lágrimas mostraban mi tristeza.

Me senté en el borde de la cama y seguí llorando, mientras recordaba al duende que en mis sueños me había dicho algo que yo no podía creer... por eso mi llanto y mi tristeza esa mañana del seis de enero.

Con su chillona voz de duende había dicho: "Me extraña que a tu edad no lo sepas: los Reyes Magos no existen, son los adultos, generalmente los padres, los que compran los regalos". Siguió hablando, sin importarle mi dolor y aunque ya no quería escucharlo y hacía lo posible para alejarme de él, su voz aguda y su risita burlona resonaban en mis oídos, hasta que al fin pude despertar.
Inicié las tareas del día sintiéndome muy mal, sin deseos de hacer nada. Para distraerme un poco y aliviar mi pena salí a caminar y me encontré con muchos chicos jugando en las calles y comentando entre ellos los regalos recibidos, que por cierto eran muy hermosos. Claro!, pensé, los padres de estos niños tienen el dinero suficiente para comprárselos.

Seguí andando, sin rumbo fijo, y así pasé por un barrio más pobre, por el hospital, por la iglesia y por último llegué a un barrio de emergencia y vi que todos los niños tenían algún juguete entre sus manos. Los sentimientos eran similares en todas partes. Padres e hijos del barrio rico, la iglesia o el hospital llevaban en sus rostros la misma expresión de felicidad, sin relación con el valor material de los regalos, se reflejaban en sus miradas la emoción, la alegría, la sorpresa, el amor, todo el amor. Fue entonces que mis labios volvieron a sonreír.

Esperé la noche para hablar con el duende de mis sueños y cuando él llegó le conté lo que había visto. Me escuchó con mucha atención y sonriente e inquieto como siempre, me dijo: "Mientras haya gente buena, corazones abiertos, personas que amen a los niños, a las que nos les importe el color de la piel o la posición social, los Reyes Magos seguirán llegando, ellos jamás dejarán de venir".

Su risita sonora se fue apagando, mientras se elevaba hacia el cielo. Yo me quedé mirando cómo se perdía en la noche y entonces me pareció ver entre las estrellas las siluetas de los tres Reyes, montados en sus camellos, que se alejaban con las bolsas repletas de cartas ilusionadas. Acaricié mi barba, como lo hago siempre que estoy feliz... una de aquellas cartas era mía.

Y Colorín Colorado




viernes, 31 de diciembre de 2010

CUENTO SOÑADOR 2011


LA ATRAPA SUEÑOS Y EL HACEDOR DE ESTRELLAS. Escritora de cuentos y poesías infantiles de México.

“En algún lugar más allá de las estrellas, en algún lugar entre los mundos, existe un lugar en el que nacen los sueños”.

Más allá del último horizonte, donde la luz se convierte en una interminable cascada que lo baña todo, existe un lugar llamado Mizar, que es el hogar de un hermoso ángel llamado Illumine, y ella pasa sus días y sus noches cuidando y manteniendo a salvo los sueños de todos los seres vivientes. Todo en Mizar está hecho de sueños, todo lo que has imaginado, cada color, o escenario, cada sonido y palabra se encuentra en este lugar. Todas las musas que los hombres conocen habitan ahí, y juegan con los sueños de los niños, y también sueñan con los sueños que los hombres convertirán en realidad.

En Mizar todos conocen y aman a Illumine, ángel de los sueños, pero la llaman “la atrapa sueños” porque cuando alguien tiene un mal sueño, uno de ésos lleno de miedo o tristeza, Illumine los atrapa en el aire y los lleva a un antiquísimo mar llamado Akilá, en cuyas aguas púrpulas, cristalinas y puras aquellos sueños se limpian y se convierten en la arena plateada que cubre la costa; pero ésta no es la única tarea que lleva a cabo la atrapa sueños; ella también vuela cada noche a través de los mundos para inspirar sueños placenteros y calmar nuestros corazones y mentes, así que cada noche en nuestros sueños todos viajamos a Mizar y hacemos que ese lugar sea más grande, alto y brillante ...

“En algún lugar más allá de las estrellas, en algún lugar entre los mundos, existe un lugar en el que nunca has estado, pero es el lugar en que tu corazón fue creado”.

Sobre la montaña más alta de Mizar se levanta un magnífico castillo, en cuya torre habita otro poderoso ángel llamado Vermalion, éste ángel también es un mago, un alquimista y todo un artista; todo lo que Vermalion toca se convierte en una gran obra de arte. Entre interminables filas de libros y cientos de frascos que contienen todo tipo de coloridas pociones, esencias, rocas y cosas que sólo podrías ver en tus más excéntricas fantasías, encontrarás al gran Vermalion trabajando en un nuevo proyecto; pero lo que más ama hacer éste ángel es hacer estrellas ... es un trabajo muy laborioso, pero cuando está terminado, los resultados son sorprendentes ... Aries, las Hiadas, Aldebarán, Tauro ... ¿alguno de estos nombres te suena familiar? Todas éstas constelaciones y más, muchas más fueron hechas por el gran Vermalion, mejor conocido como “el hacedor de estrellas” él es quien ha iluminado el cielo nocturno... bueno, no sólo el nuestro, sino todos los cielos en donde quiera que haya uno.

“En algún lugar más allá de las estrellas, en algún lugar entre los mundos hay un ángel que jamás permitiría que te perdieras”.

La vida transcurría pacífica y feliz en Mizar, con todo mundo haciendo su mejor esfuerzo para inspirar a la mente humana con cosas hermosas y todo aquello que es bueno, creativo y puro; pero un día un trueno ensordecedor sacudió el suelo de Mizar, nunca antes algo como eso había sucedido, y las musas, las hadas, los gnomos, elfos, ángeles y todas las criaturas que creemos imaginarias se reunieron en e castillo de Vermalion para descubrir que era lo que habían escuchado.

Y justo frente a sus ojos, parado en una esquina del lugar hallaron a un pequeño mirándolos con gran curiosidad. ¡Bienvenido a Mizar! –exclamaron todos - ¿Dónde estoy? Este es el lugar donde nacen los sueños –dijo la atrapa sueños, ¿Estoy durmiendo? Así es ... y al mismo tiempo no - No comprendo - Estás soñando mi pequeño –dijo el hacedor de estrellas– pero no todos pueden soñar el camino hasta aquí ... tienes un espíritu muy fuerte ... y una mente ávida. - ¿Eres un ángel? - Si, lo soy, mi nombre es Vermalion ... y el tuyo es Orión ¿no es así? - ¡¿Como lo sabes!? - Puedo verlo escrito en tus ojos, y has venido hasta aquí buscando respuestas ... ¿estoy en lo correcto pequeño Orión? - ... sí ...

Vermalion, Illumine y Orión comenzaron a caminar a lo largo de la costa, contemplando las doce bellísimas lunas llenas en el cielo de Mizar, mientras sentían las cálidas olas púrpuras bañando sus pies. - ¿Qué te ha traído hasta aquí mi pequeño? –preguntó Illumine– - soy demasiado curioso ... al menos eso dice mi mamá ... verán, hace un año traté de contar todas las estrellas ... porque creí que sería sencillo, pero luego noté que cada día hay más y más estrellas; así que leí muchos libros y supe que hay cientos de millones de ellas ... ¡y eso es sólo en nuestra galaxia! ¡Y sólo Dios sabe cuántas galaxias hay por ahí! Pero luego me di cuenta que no sabía de dónde vienen las estrellas... así que busqué y busqué, y leí e investigué, y pregunté... y todos dijeron que las estrellas son rocas hechas de minerales y hielo y otras cosas... pero... eso no tiene mucho sentido para mí... ¿de verdad las estrellas sólo son un montón de rocas encendidas flotando en el espacio exterior? - Puedo ver que eres muy curioso pequeño Orión ... y es una actitud que te llevará a lugares que nunca imaginaste, tu creatividad e imaginación te han traído hasta aquí, y te prometo que obtendrás la respuesta que buscas, pero primero, déjame mostrarte un secreto.
Entonces los dos ángeles comenzaron a mostrarle al niño el mundo de Mizar, y le revelaron las grandes refulgentes montañas rojas de Igne que estaban hechas con los pensamientos de amor de todos aquellos que han partido de nuestro mundo, porque el amor nunca muere, jamás se desvanece, es infinito; el amor continúa creciendo... justo como aquellas montañas que se hacen más altas cada vez que alguien piensa en aquellos a quienes ama. Entonces los nuevos amigos caminaron hasta el valle de Telesmi, donde habitan todas las criaturas que la mente humana ha imaginado; todas las hadas, unicornios, sirenas y los amigos imaginarios que hemos tenido viven toda clase de aventuras, porque es nuestro valor y nuestra fuerza lo que les ha dado la chispa de la vida.

“En algún lugar más allá de las estrellas, en algún lugar entre los mundos existe la prueba de que el amor y la vida continúan haciéndose fuertes”.

Después de observar bien la belleza de Mizar, Orión notó algo peculiar, parecía que mientras más caminaban más paisajes y caminos aparecían. - ¡Éste lugar es infinito! ¡como las estrellas! - Infinito ... así es –dijo la atrapa sueños– y toda esta belleza ha sido obra tuya muy pequeño. - ¿Cómo puede ser posible? - Querías saber de dónde vienen las estrellas –dijo Vermalion– ¡Y ésta es la respuesta! Cada vez que los humanos sueñan o piensan en algo hermoso, Illumine, la atrapa sueños, lleva ésos sueños brillantes, coloridos, placenteros y alegres conmigo y yo les doy forma y les doy un lugar en el espacio exterior para que cada humano pueda ver lo que quieren hacer, y cuando un sueño se hace realidad se convierte en una estrella fugaz... y cuando alguien la ve y pide un deseo, otra estrella nace. - ¡Vaya! ¡significa que las estrellas están hechas de sueños!
- Eso es correcto mi pequeño, y arden porque están hechas con toda la pasión de la vida, y todo el amor de aquellos que soñaron algo bueno; y nuestro amado hogar, Mizar, crece gracias a aquellos espíritus como el tuyo, llenos de vida, creatividad y fe, así que por ello las estrellas son infinitas. - ¿Pero es cierto lo que mucha gente dice de los sueños? - ¿Qué dicen mi pequeño? - Que los sueños son tontos e inútiles - Tu corazón ya sabe la respuesta ...

“En algún lugar más allá de las estrellas, en algún lugar entre los mundos, existe alguien iluminando el cielo para que puedas sonreír”.

De repente el pequeño Orión despertó, y supo que su viaje no había sido sólo un sueño, ahora tenía la certeza de saber que no hay tal cosa como un sueño tonto o imposible, y que no había razón alguna para sentirse solo o perdido, porque sólo tenemos que mirar al cielo para ver nuestras estrellas brillando, sonriéndonos, mostrándonos el camino correcto para hacer nuestros sueños realidad. Orión sabía que en algún lugar más allá de las estrellas, en algún lugar entre los mundos hay un lugar en el que habitan la atrapa sueños y el hacedor de estrellas, cuidando a todas aquellas almas que no tienen miedo de llamarse soñadores.

Y Colorín Colorado

Pd: Quiero dedicar este cuento a todos y todas, para que el 2011, sea un año de los verdaderos atrapa sueños y los hacedores de estrellas... Que todos sus sueños se hagan realidad.



miércoles, 29 de diciembre de 2010

CUENTO CÓMPLICE


UN AÑO NUEVO. Del libro: "Cuentos para Niños de 8 a 108 II" - Pancho Aquino.

Dicen que cuando se acerca fin de año los ángeles curiosos se sientan al borde de las nubes a escuchar los pedidos que llegan desde la tierra. ¿Qué hay de nuevo? -pregunta un ángel pelirrojo, recién llegado. Lo de siempre: amor, paz, salud, felicidad... contesta el ángel más viejo.

Y bueno, todas esas son cosas muy importantes. Lo que pasa es que hace siglos que estoy escuchando los mismos pedidos y aunque el tiempo pasa los hombres no parecen comprender que esas cosas nunca van a llegar desde el cielo, como un regalo.

¿Y qué podríamos hacer para ayudarlos? - Dice el más joven y entusiasta de los ángeles.
¿Te animarías a bajar con un mensaje y susurrarlo al oído de los que quieran escucharlo? - pregunta el anciano.

Tras una larga conversación se pusieron de acuerdo y el ángel pelirrojo se deslizó a la tierra convertido en susurro y trabajó duramente mañana, tarde y noche, hasta 10 últimos minutos del último día del año.

Ya casi se escuchaban las doce campanadas y el ángel viejo esperaba ansioso la llegada de una plegaria renovada. Entonces, luminosa y clara, pudo oír la palabra de un hombre que decía: "Un nuevo año comienza. Entonces, en este mismo instante, empecemos a recrear un mundo distinto, un mundo mejor: sin violencia, sin armas, sin fronteras, con amor, con dignidad; con menos policías y más maestros, con menos cárceles y más escuelas, con menos ricos y menos pobres.

Unamos nuestras manos y formemos una cadena humana de niños, jóvenes y viejos, hasta sentir que un calor va pasando de un cuerpo a otro, el calor del amor, el calor que tanta falta nos hace.

Si queremos, podemos conseguirlo, y si no lo hacemos estamos perdidos, porque nadie más que nosotros podrá construir nuestra propia felicidad".

Desde el borde de una nube, allá en el cielo, dos ángeles cómplices sonreían satisfechos.

Y Colorín Colorado

En los países celtas, la Nochevieja siempre se ha celebrado y se ha celebrado con mucho más entusiasmo que la Navidad.


martes, 28 de diciembre de 2010

CUENTO INOCENTE


LOS ANGELITOS SORDOS. María Inés Di Pietro

Había en el cielo un grupo de ángeles que no podían oír. Mientras los otros ángeles estaban en sus clases de arpa y laúd, sus instrumentos preferidos, ellos se habían sentado todos juntos en una nubecita rosada. "¿Qué podemos hacer?" -pensaban-. "Nuestros compañeros entonan bellísimas melodías para alabar al Creador, y tocan instrumentos que deleitan sus oídos. ¿Cómo podemos hacer nosotros para mostrarle nuestro amor?".

Debajo de la nubecita rosada sobre la que estaban sentados, había un jardín. Los angelitos sordos se sentían tristes, y las flores de aquel jardín comenzaron a marchitarse. Uno de ellos se dio cuenta de lo que estaba pasando, y señaló con su dedito hacia abajo. Los otros se miraron, y comenzaron a cambiar sus pensamientos. Se concentraron todos juntos en el Amor de Dios, y al cabo de un rato vieron que en el jardín habían brotado hermosas flores de brillantes colores. "¡Qué maravilla!" -pensaron-. "Juntemos algunas flores, y vayamos a visitar a Dios". Los angelitos, muy contentos, fueron hasta el trono del Señor.

El ángel Guardián del Trono los recibió, y les preguntó: "¿Qué desean?". Los angelitos sordos llevaban canastas repletas de flores. El ángel Guardián comprendió que eran ofrendas para el Creador, y los dejó pasar. Los angelitos se acercaron y depositaron sus canastas con flores a los pies del Señor. Dios los miró complacido, y les dijo: "Veo que han comprendido. ¿De qué servirían todas las melodías que entonan los coros celestiales, si no existieran las flores que embellecen el mundo?

Los pensamientos de Amor Elevado son capaces de crear las formas más bellas. Si ustedes seguían tan tristes, se iban a marchitar todas las flores de la Tierra. Continúen enviando sus pensamientos de Amor, y verán las maravillas de la creación". Peregrino: nunca desprecies a tu hermano por ser diferente a ti, pues todas las criaturas son hermosas y perfectas a los ojos del Creador, y pueden tener dones que ni siquiera te imaginas.

Y cuando te detengas a contemplar la belleza de una flor, recuerda que un angelito sordo está enviando a la Tierra sus pensamientos de Amor.

Y Colorín Colorado



domingo, 26 de diciembre de 2010

CUENTO EJEMPLAR


LA RANA LUCY Y EL GRILLO GUILLERMO.

Caía la noche y un gran manto de nieve, cubría el parque, un parque tranquilo, donde el ruido dormía y sólo los murmullos de los animalitos se escuchaban en la oscuridad. Tras la ventana de una casita hecha de hojas vivía la rana Lucy, era una ranita muy alegre, con grandes ojos y patitas cortas, miraba embobada como los copos bajaban lentamente como si estuvieran bailando una danza.

En el parque también vivían otros animalitos, pero eran muy orgullosos y presumidos, sólo el grillo Guillermo quería de verdad a la ranita. Era un grillo negro, muy negro, pero muy educado y elegante, tenía un bonito sombrero que sólo se ponía en las grandes ocasiones.

Llego el día que todos esperaban, la fiesta de Navidad, la rana y el grillo, tenían muchos deseos de ver todos los adornos de la gran ciudad y pensaban acercarse a ver un gran Belén viviente que iban a colocar en la Plaza Central. Les gustaba mucho cantar villancicos. A veces se ponían un poquito tristes de estar tan solitos, pero enseguida recordaban dónde jugaban los niños, y disfrutaban de verlos correr y reír. ¡Todas las penas se marchaban.

Lucy y Guillermo se prepararon para ir a la ciudad. Lucy se puso su chaleco y su bufanda a cuadros y Guillermo su sombrero de copa. Atravesaron el parque. Algunos animalitos se burlaron de ellos, diciendo: ¡Mirad que pintas llevan| ,¡ Se creen muy finos. Pero nuestros amigos no le dieron importancia y siguieron su camino. Al poco tiempo oyeron un gemido, se preguntaron: ¿Qué es eso? Cada vez lo oían más cerca. De pronto, descubrieron un pobre saltamontes que estaba aterido de frío. ¡Pobrecito, qué te pasa? Dijo Lucy.

Estaba saltando y se me echó la noche encima, me quedé tan helado que no podía moverme. Los animalitos me vieron pero ninguno me ayudó. ¡Ves Guillermo|. Dijo Lucy. Todos son muy orgullosos, pero no tienen corazón. La ranita y el grillo, le prestaron sus ropas y le abrigaron, mimándolo para que entrara en calor. El saltamontes agradecido, les dijo: Conozco un lugar donde podéis pasar las mejores navidades de vuestra vida, además hay un Belén tan bonito que no se os olvidará nunca. Allí, fueron los tres. Era cierto lo que les contó el saltamontes.

En una cunita de paja, había un niño tan bonito, y tenía una mirada tan dulce que a la ranita se le escapó una lágrima. Un buey y una mula le guardaban y San José y la Virgen María le velaban. Se acercó a él, despacito, dando dos saltitos y le susurró al oído: Yo sé, que eres el Niño Dios, que amas mucho a los niños, yo también. Tal vez juntos podamos luchar para que siempre sean felices y no lloren. ¡No quiero que se odien| ¡creemos entre todos un mundo mejor. Sé que eres sólo un muñeco, y que los que me miran pensaran que soy una rana loquita, pero yo sé que me escuchas.

La ranita se dio la vuelta y de repente el grillo chilló: ¡Ranita, ranita , el niño te ha sonreído. Era verdad, una gran sonrisa iluminaba la cara del niño Jesús. Tal vez el niño no sonrió, pero lo importante es que en nuestro corazón tengamos tanto deseo de amor como la ranita que nos haga creer hasta en lo que no es real.

Los amigos volvieron a casa, y esa fue la Navidad más feliz de su vida.

Y Colorín Colorado


viernes, 24 de diciembre de 2010

CUENTO CONFIADO


EL DESEO DE NAVIDAD. Irene Temporal Espada 6ºB

Todos los años esperamos con ansia la navidad, es una fiesta que nos encanta a todos, a los mayores, a los ancianos y sobre todo a los niños, porque nos traen regalos.

Este año era distinto, en nuestro pueblo todos los años solía nevar pero este año, no. Todos nos quedamos sorprendidos con tal cosa pero no le dimos importancia porque tarde o temprano nevaría. Era ya 24 de diciembre y todos celebramos la noche buena como todos los años, y esa noche era especial porque viene papa Noel, y todos los niños recibieron sus regalos, menos uno, que se llamaba Juan y por desgracia era pobre, y su único deseo fue que nevara esa navidad para que fuera especial. Pero el niño no recibió su preciado regalo, y se puso tan triste que no paraba de llorar, y él se repetía una y otra vez: -La culpa es mía porque yo pedí el deseo y ahora no nieva en este pueblo. Y se volvía a repetir: -Toda, toda la culpa es mía y solo mía.

Ya era 31 de enero y aun no había nevado, el tiempo de Navidad se acababa y todo el mundo perdía la esperanza, menos Juan que estaba completamente seguro de que esa noche iba a nevar, y así pasó. Esa noche pasada ya la medianoche empezó a caer copos y copos de nieve. A la mañana siguiente todo estaba blanco y la gente se alegró tanto que felicitaron a ese niño que tenía confianza en la navidad y nunca la perdería. Todo el mundo desde ese día vio que la felicidad no está solo en el dinero, sino en la familia y en la confianza hacia los demás, también descubrieron que ese niño aunque fuera el más pobre del pueblo era el feliz de todo el mundo.

Y Colorín Colorado