miércoles, 8 de julio de 2009

Cuento de sal y azúcar


EN LA VARIEDAD ESTÁ EL GUSTO. Cuento Persa

Un rey tenía dos hijas muy bellas, pero quiso saber cuánto le querían. Primero le preguntó a la mayor. La chica, astutamente, respondió que le quería «como al azúcar», ya que era el sabor preferido de su padre.

El rey se puso contento y le hizo la misma pregunta a la otra hermana. Pero ésta dijo que le quería «como a la sal». El rey, furioso porque detestaba este sabor, la echó del palacio. La princesa se refugió en una cueva.

Un día se encontró con un príncipe. Los dos se enamoraron instantáneamente y se fueron al palacio del príncipe. Pasados los meses, un huésped llegó al palacio. El príncipe le acogió encantado, pero la princesa, al ver que el invitado era su padre, no quiso saludarle y se escondió en la cocina, donde comenzó a preparar platos y platos, a cual más dulce.

El rey estaba feliz, pero llegado el quinto día estaba tan empachado de dulce que pasó tres días sin probar bocado. Cuando se repuso, la princesa cocinó una comida normal y el rey quiso conocer a quien tan ricos manjares había preparado. Cuando la princesa se presentó, el rey reconoció su error. Se perdonaron y fueron felices comiendo comidas dulces y saladas. Y colorin colorado .....

martes, 7 de julio de 2009

Cuento Inteligente


CUENTO PERSA
Sabes una cosa que nos distingue de los animales? Pues que su instinto sabe conservar la Naturaleza, y el nuestro, no.
Un viejo tigre llamó a su joven hijo a su lecho de muerte y le dijo: «Nosotros poseemos las garras más fuertes y el rugido más potente, pero hay unos seres más poderosos que nosotros. Son las personas, así es que ándate con ojo». El viejo tigre no tardó en morir y su hijo salió en busca de esas misteriosas «personas». Preguntó a toros, erizos, hormigas, caballos y lagartos si ellos eran humanos. Todos se rieron de su ignorancia y le indicaron dónde había un humano. El joven tigre se acercó a un viejo campesino y le preguntó: «¿Eres una persona?».

El viejo le respondió que sí, y el tigre le dijo: «Pues no te veo tan poderoso. Yo incluso podría matarte de un zarpazo». «Me queda poco tiempo de vida y prefiero morir del zarpazo de un tigre a ser presa de una enfermedad», contestó el labrador.

Se dirigieron a la choza del campesino. «Es un lugar muy seguro y confortable y será tuya cuando yo no esté», dijo el labrador. «¿Pero sabes abrir y cerrar la puerta?».« No, así es que enséñame», repuso el tigre.

El campesino entró en la choza y el tigre empujó la puerta y ésta se abrió. Después el tigre se metió en la choza, pero el astuto campesino puso un candado para dejarle encerrado. Quizás no deberíamos confiar demasiado en quien puede atraparnos con las garras de la inteligencia. Y colorin colorado...

domingo, 5 de julio de 2009

Cuento para incredulos!!!!


Hermano Alegre.Hermanos Grimmm
Hubo una vez una gran guerra, terminada, fueron licenciados muchos soldados. Entre ellos estaba el Hermano Alegre, que, con su licencia, no recibió más ayuda de costas que un panecillo de munición y cuatro cruzados. Y con todo esto se marchó.
Pero San Pedro se había apostado en el camino, disfrazado de mendigo, y, al pasar Hermano Alegre le pidió limosna. Respondióle éste: - ¿Qué puedo darte, buen mendigo? Fui soldado, me licenciaron y no tengo sino un pan de munición y cuatro cruzados en dinero. Cuando lo haya terminado, tendré que mendigar como tú. Algo voy a darte, de todos modos. Partió el pan en cuatro pedazos y dio al mendigo uno y un cruzado. Agradecióselo San Pedro y volvió a situarse más lejos, tomando la figura de otro mendigo; cuando pasó el soldado, pidióle nuevamente limosna. Hermano Alegre repitió lo que la vez anterior, y le dio otra cuarta parte del pan y otro cruzado. San Pedro le dio las gracias y, adoptando de nuevo figura de mendigo, lo aguardó más adelante para solicitar otra vez su limosna . Hermano Alegre le dio la tercera porción del pan y el tercer cruzado. San Pedro le dio las gracias, y hermano alegre continuó su ruta sin más que la última cuarta parte del pan y el último cruzado. Entrando, con ello, en un mesón, se comió el pan y se gastó el cruzado en cerveza. Luego reemprendió la marcha y entonces San Pedro le salió al encuentro en forma de soldado licenciado, y le dijo: - buenos días, compañero, ¿no podrías darme un trocito de pan y un cruzado para echar un trago? - ¿De dónde quieres que lo saque?- le respondó Hermano Alegre, -me han licenciado sin darme otra cosa que un pan de munición y cuatro cruzado en dinero. Me topé en la carretera con tres pobres; a cada uno le di la cuarta parte del pan y un cruzado. La última cuarta parte me la he comido en el mesón, y con el último cruzado he comprado cerveza. Ahora soy pobre como una rata y, puesto que tú tampoco tienes nada, podríamos ir a mendigar juntos. - No -respondió San Pedro, -no será necesario. Yo entiendo algo de medicina y espero ganarme lo suficiente para vivir. - Sí- dijo Hermano Alegre, -pues yo no entiendo pizca en este arte, así, me tocará mendigar solo.- - Vente conmigo- le dijo San Pedro, -nos partiremos lo que yo gane. - Por mí, de perlas- exclamó Hermano Alegre; y emprendieron juntos el camino. No tardaron en llegar a una casa de campo, de cuyo interior salían agudos gritos y lamentaciones. Al entrar se encontraron con que el marido se hallaba a punto de morir, por lo que la mujer lloraba a voz en grito. - Basta de llorar y gritar -le dijo San Pedro-, yo curaré a vuestro marido -y sacándose una pomada del bolsillo, en un santiamén hubo curado al hombre, el cual se levantó completamente sano. El hombre y la mujer, fuera de sí de alegría, le dijeron - ¿cómo podremos pagaros? ¿Qué podríamos daros? Pero San Pedro se negó a aceptar nada, y cuanto más insistían los labriegos, tanto más se resistía él. Hermano Alegre, dando un codazo a San Pedro, le susurró - ¡acepta algo, hombre, bien lo necesitamos! Por fin, la campesina trajo un cordero y dijo a San Pedro que debía aceptarlo; pero él no lo quería. Hermano Alegre, dándole otro codazo, insistió a su vez - ¡tómalo, zoquete, bien sabes que lo necesitamos! Al cabo, respondió San Pedro - bueno, me quedaré con el cordero; pero no quiero llevarlo; si tú quieres, carga con él. - ¡Si sólo es eso! -exclamó el otro-. ¡Claro que lo llevaré! -. Y se lo cargó al hombro. Siguieron caminando hasta llegar a un bosque; el cordero le pesaba a Hermano Alegre, y además tenía hambre, por lo que dijo a San Pedro - mira, éste es un buen lugar; podríamos degollar el cordero, asarlo y comérnoslo. - No tengo inconveniente -respondió su compañero-; pero como yo no entiendo nada de cocina, lo habrás de hacer tú, ahí tienes un caldero; yo, mientras tanto, daré unas vueltas por aquí Pero no empieces a comer hasta que venga yo. Volveré a tiempo. - Márchate tranquilo -dijo hermano alegre-. Yo entiendo de cocina y sabré arreglarme. Marchóse San Pedro, y Hermano Alegre sacrificó el cordero, encendió fuego, echó la carne en el caldero y la puso a cocer. El guiso estaba ya a punto, y San Pedro no volvía; entonces Hermano Alegre lo sacó del caldero, lo cortó en pedazos y encontró el corazón: - Esto debe ser lo mejor, se dijo; probó un pedacito y, a continuación, se lo comió entero. Llegó, al fin, San Pedro y le dijo -puedes comerte todo el cordero; déjame sólo el corazón. Hermano Alegre cogió cuchillo y tenedor y se puso a hurgar entre la carne, como si buscara el corazón y no lo hallara, hasta que, al fin, dijo -pues no está. - ¡Cómo! -dijo el apóstol. -¿Pues dónde quieres que esté? - No sé -respondió Hermano Alegre-. Pero, ¡seremos tontos los dos! ¡Estamos buscando el corazón del cordero, y a ninguno se le ha ocurrido que los corderos no tienen corazón! - ¡Con qué me sales ahora! -dijo San Pedro. -Todos los animales tienen corazón, ¿por qué no habría de tenerlo el cordero? - No, hermano, puedes creerlo; los corderos no tienen corazón. Piénsalo un poco y comprenderás que no lo pueden tener. - En fin, dejémoslo -dijo San Pedro-. Puesto que no hay corazón, yo no quiero nada. Puedes comértelo todo. - Lo que me sobre lo guardaré en la mochila -dijo Hermano Alegre, y, después de comerse la mitad, metió el resto en su mochila. Siguieron andando, y San Pedro hizo que un gran río se atravesara en su camino, de modo que no tenían más remedio que cruzarlo. Dijo San Pedro: - Pasa tú delante. - No -respondió Hermano Alegre-, tú primero, -pensando: «Si el río es demasiado profundo, yo me quedo atrás». Pasó San Pedro, y el agua sólo le llegó hasta la rodilla. Entró entonces en él Hermano Alegre; pero se hundía cada vez más, hasta que el agua le llegó al cuello. Gritó entonces: - ¡Hermano, ayúdame! Y dijo San Pedro - ¿quieres confesar que te has comido el corazón del cordero? - ¡No -respondió, - no me lo he comido! El agua continuaba subiendo, y le llegaba ya hasta la boca. -¡Ayúdame, hermano!- exclamó el soldado. Volvió a preguntarle San Pedro - ¿quieres confesar que te comiste el corazón del cordero? - ¡No -repitió, - no me lo he comido! Pero el santo, no queriendo que se ahogase, hizo bajar el agua y lo ayudó a llegar a la orilla. Continuaron adelante y llegaron a un reino, donde les dijeron que la hija del rey se hallaba en trance de muerte. - Anda, hermano -dijo el soldado a San Pedro, -esto nos viene al pelo. Si la curamos, se nos habrán acabado las preocupaciones para siempre. Pero San Pedro no se daba gran prisa. - ¡Vamos, aligera las piernas, hermanito! -ledecía, ¡tenemos que llegar a tiempo! Pero San Pedro avanzaba cada vez con mayor lentitud, a pesar de la insistencia y las recriminaciones de Hermano Alegre; y, así, les llegó la noticia de que la princesa había muerto. - ¡Ahí tienes! -dijo el Hermano Alegre, ¡todo, por tu cachaza! - No te preocupes - le contestó San Pedro, -puedo hacer algo más que curar enfermos; puedo también resucitar muertos. - ¡Anda! -dijo Hermano Alegre, -si es así, ¡no te digo nada! Por lo menos has de pedir la mitad del reino.- Y se presentaron en palacio, donde todo era tristeza y aflicción. Pero San Pedro dijo al rey que resucitaría a su hija. Conducido a presencia de la difunta, dijo - que me traigan un caldero con agua. Luego hizo salir a todo el mundo; y se quedó sólo Hermano Alegre. Seguidamente cortó todos los miembros de la difunta, los echó en el agua y, después de encender fuego debajo del caldero, los puso a cocer. Cuando ya toda la carne se hubo separado de los huesos, sacó el blanco esqueleto y lo colocó sobre una mesa, disponiendo los huesos en su orden natural. Cuando lo tuvo hecho, avanzó y dijo por tres veces - ¡en el nombre de la Santísima Trinidad, muerta, levántate!; y, a la tercera, la princesa recobró la vida, quedando sana y hermosa. El rey se alegró sobremanera y dijo a San Pedro - señala tú mismo la recompensa que quieras; te la daré, aunque me pidas la mitad del reino. Pero San Pedro le contestó - ¡no pido nada! -¡Valiente tonto!-, pensó Hermano Alegre, y, dando un codazo a su compañero, le dijo: - ¡No seas bobo! Si tú no quieres nada, yo, por lo menos, necesito algo. Pero San Pedro se empeñó en no aceptar nada. Sin embargo, observando el rey que el otro quedaba descontento, mandó a su tesorero que le llenase de oro su mochila. Marcháronse los dos, y, al llegar a un bosque, dijo San Pedro a Hermano Alegre - Ahora nos repartiremos el oro. - Muy bien -asintió el otro-. Manos a la obra. Y San Pedro lo repartió en tres partes, mientras su compañero pensaba ¡a éste le falta algún tornillo! Hace tres partes, cuando sólo somos dos. Pero dijo San Pedro - he hecho tres partes exactamente iguales: una para mí, otra para ti, y la tercera para el que se comió el corazón del cordero. - ¡Oh, fui yo quien se lo comió! -exclamó Hermano Alegre, embolsando el oro. -Esto puedes creérmelo. - ¡Cómo puede ser esto!- dijo San Pedro, - si un cordero no tiene corazón. - ¡Vamos, hermano! ¡Tonterías! Un cordero tiene corazón como todos los animales. ¿Por qué no iban a tenerlo? - Está bien- dijo San Pedro, -guárdate el oro; pero no quiero seguir contigo; seguiré solo mi camino. - Como quieras, hermanito- respondióle el soldado-. ¡Adiós! San Perdro tomó otra carretera, mientras Hermano Alegre pensaba -mejor que se marche, pues, bien mirado, es un santo bien extraño. Tenía ahora bastante dinero; pero como era un manirroto y no sabía administrarlo, lo derrochó en poco tiempo, y pronto volvió a estar sin blanca. En esto llegó a un país donde le dijeron que la hija del Rey acababa de morir. - ¡Bien! -pensó.- Ésta es la mía. La resucitaré y me haré pagar bien. ¡Así da gusto! -. Y, presentándose al rey, le ofreció devolver la vida a la princesa. Es el caso que había llegado a oídos del rey que un soldado licenciado andaba por el mundo resucitando muertos, y pensó que bien podía tratarse de Hermano Alegre; sin embargo, no fiándose del todo, consultó primero a sus consejeros, los cuales opinaron que merecía la pena realizar la prueba, dado que la princesa, de todos modos, estaba muerta. Mandó entonces Hermano Alegre que le trajese un caldero con agua y, haciendo salir a todos, cortó los miembros del cadáver, los echó en el agua y encendió fuego, tal como lo hubiera visto hacer a San Pedro. Comenzó el agua a hervir, y la carne se desprendió; sacando entonces los huesos, los puso sobre la mesa; pero como no sabía en qué orden debía colocarlos, los juntó de cualquier modo. Luego se adelantó y exclamó - ¡en nombre de la Santísima Trinidad, muerta, levántate! - y lo dijo tres veces, pero los huesos no se movieron. Volvió a repetirlo tres veces, pero otra vez en vano. -¡Diablo de mujer! ¡Levántate!- gritó entonces, -o lo pasarás mal! Apenas había pronunciado estas palabras, San Pedro entró de pronto por la ventana, presentándose en su anterior figura de soldado licenciado y dijo - Hombre impío, ¿qué estás haciendo? ¿Cómo quieres que resucite a la muerta, si le has puesto los huesos de cualquier modo? - Hermanito, lo hice lo mejor que supe - le respondió Hermano Alegre. - Por esta vez te sacaré de apuros; pero, tenlo bien entendido: si otra vez te metes en estas cosas, te costará caro. Además, no pedirás nada al rey ni aceptarás la más mínima recompensa por lo de hoy.- Entonces San Pedro dispuso los huesos en el orden debido y pronunció por tres veces - ¡en nombre de la Santísima Trinidad, muerta, levántate! -, a lo cual la princesa se incorporó, sana y hermosa como antes, mientras el santo salía de la habitación por la ventana. Hermano Alegre, aunque satisfecho de haber salido tan bien parado de la aventura, estaba colérico por no poder cobrarse el servicio. - Me gustaría saber -pensaba - qué diablos tiene en la cabeza, que lo que me da con una mano me lo quita con la otra. ¡Esto no tiene sentido! El rey ofreció al Hermano Alegre lo que quisiera. Éste, aunque no podía aceptar nada, se las arregló con indirectas y astucias para que el monarca le llenase de oro la mochila, y con eso, se marchó. Al salir, lo aguardaba en la puerta San Pedro, y le dijo - mira, que clase de hombre eres. ¿No te prohibí que aceptases nada? Y ahora te llevas la mochila llena de oro.- - ¡Qué otra cosa podía hacer! -replicó Hermano Alegre-. ¡Si me lo han metido a la fuerza! - Pues atiende a lo que te digo, que no vuelvas a hacer estas cosas o lo vas a pasar mal. - ¡No te preocupes, hermano! Ahora tengo oro. ¿Por qué debería ocuparme en lavar huesos? - Sí- dijo San Pedro, ¡con lo que te va a durar este oro! Mas para que no vuelvas a meterte en lo que no debes, daré a tu mochila la virtud de que se llene con todo lo que desees. Adiós, pues ya no volverás a verme. - ¡Vaya con Dios! -le respondió Hermano Alegre, pensando -me alegro de perderte de vista, bicho raro; no hay peligro de que te siga. Y ni por un momento se acordó del don maravilloso adjudicado a su morral. Hermano Alegre anduvo con su oro de un lugar a otro, malgastándolo y gastándolo a manos llenas, como la primera vez. Al quedarle ya nada más que cuatro cruzados, pasó por delante de un mesón pensó -voy a gastar lo que me queda-, y pidió vino por tres cruzados y pan por un cruzado. Mientras comía y bebía, llegó a sus narices el olor de unos gansos asados. Hermano Alegre, mirando y mirando, vio que el mesonero tenía un par de gansos en el horno. Entonces se le ocurrió lo que le dijera su antiguo compañero respecto a la virtud de su mochila. -¡Vaya! Vamos a probarlo con los gansos. Salió a la puerta y dijo: - Deseo que los dos gansos asados pasen del horno a mi mochila.- Pronunciadas estas palabras, abrió la mochila para mirar su interior, y allí estaban los dos gansos. -¡Ay, así está bien!- pensó, ¡ahora soy un hombre de fortuna! se marchó, llegó a un prado y sacó los gansos para comérselos. En éstas pasaron dos menestrales y se quedaron mirando con ojos hambrientos uno de los gansos, todavía intacto. Hermano Alegre pensó - con uno tienes bastante-, y llamando a los dos mozos, les dijo - tomad este ganso y os lo coméis a mi salud.- Le dieron las gracias, cogieron el ganso, se fueron al mesón, pidieron media jarra de vino y un pan, desenvolvieron el ganso que les acababan de regalar y comenzaron a comer. Al verlos la posadera dijo a su marido - esos dos se están comiendo un ganso; ve a ver que no sea uno de los que están asándose en el horno. Fue el ventero, y el horno estaba vacío. - ¡Cómo, bribonzazos! ¡Pues sí que os saldría barato el asado! ¡Pagadme en el acto, si no queréis que os friegue las espaldas con jarabe de palo! Los dos dijeron - no somos ladrones; este ganso nos lo ha regalado un soldado licenciado que estaba ahí en aquel prado. - ¡A mí no me tomáis el pelo! El soldado estuvo aquí, y salió por la puerta, como una persona honrada; yo no lo perdí de vista. ¡Vosotros sois los ladrones y vais a pagarme! Pero como no tenían dinero, el dueño tomó un bastón los echó a la calle a garrotazos. Hermano Alegre siguió su camino y llegó a un lugar donde se levantaba un magnífico palacio, a poca distancia de una mísero mesón. Entró en el hostal y pidió cama para la noche; pero el hostelero lo rechazó, diciendo - No hay sitio, tengo la casa llena de viajeros distinguidos. - ¡Me extraña- dijo Hermano Alegre, -que se hospeden en vuestra casa! ¿Por qué no se alojan en aquel magnífico palacio? - Sí, contestó el hostelero, - cualquiera pasa allí la noche. Aún no lo ha probado nadie que haya salido con vida. - Si otros lo han probado-, dijo Hermano Alegre, también lo haré yo -. - No lo intentéis –le aconsejó el hostelero-; os jugáis la cabeza con ello. - Eso no me costará el pellejo- dijo Hermano alegre, -dadme la llave y algo bueno de comer y beber. El hostelero le dio las llaves y comida y bebida, y con todo ello, Hermano Alegre se dirigió al castillo. Se dio allí un buen banquete, y cuando, al fin, le entró sueño, se tumbó en el suelo, puesto que no había cama. No tardó en dormirse. Avanzada ya la noche, lo despertó un fuerte ruido, y, al despabilarse, vio que en la habitación había nueve demonios feos, bailando en círculo, a su alrededor. Hermano Alegre dijo - ¡bueno, bailad cuanto queráis, pero no os acerquéis a mí! Los diablos, sin embargo, se aproximaban cada vez más, hasta que casi le pisotearon la cara con sus repugnantes pezuñas. ¡Quietos, fantasmas endiablados!- dijo, pero iban demasiado lejos. Al fin, Hermano Alegre se enfureció y les gritó - ¡vaya, quiero meter paz en un momento! -y, agarrando una pata de silla, arremetió contra toda aquella caterva. Pero nueve diablos eran demasiado para un solo soldado, y, a pesar de que el hombre pegaba al que tenía delante, los otros le tiraban de los cabellos por detrás y lo dejaban hecho una lástima. - ¡Gentuza del diablo! -exclamó, esto pasa ya de la medida. ¡Ahora vais a ver! ¡Todos a mi mochila! ¡Cataplum! ¡Ya todos estaban dentro! Él ató la mochila y la echó en un rincón. Instantáneamente quedó todo en silencio, y Hermano Alegre, echándose de nuevo, pudo dormir tranquilo hasta bien entrada la mañana. Acudieron entonces el hostelero y el noble propietario del palacio y querían ver qué tal le había ido la prueba, y, al encontrarlo sano y satisfecho, le preguntaron admirados - ¿no os han hecho nada los espíritus? - ¡Cómo que no! -les respondió Hermano Alegre, ahí los tengo a los nueve en la mochila. Podéis instalaros sin temor en vuestro palacio; desde hoy, ninguno volverá a meterse en él. Entonces el noble le dio las gracias, recompensándolo ricamente y le propuso que se quedase a su servicio, asegurándole que nada le faltaría durante el resto de su vida. - No -respondió, -estoy acostumbrado a la vida de trotamundos y quiero seguirla. Y se marchó, entró en una herrería, y, poniendo la mochila que contenía los nueve diablos sobre el yunque, pidió al herrero y sus oficiales que empezasen a martillazos con ella. Esos se pusieron a golpear con grandes martillos y con todas sus fuerzas, así que los diablos armaban un estrepitoso griterío. Cuando, al fin, abrió la mochila, ocho estaban muertos, pero uno, que había logrado refugiarse en un pliegue de la tela y seguía vivo, saltó afuera y corrió a refugiarse al infierno. Hermano Alegre siguió vagando por el mundo durante mucho tiempo todavía, y quien supiera de sus aventuras podría contar de él y sin acabar. Pero, viejo al fin, comenzó a pensar en la muerte. Se fue a visitar a un ermitaño, que tenía fama de hombre piadoso, y le dijo - estoy cansado de mi vida errante y ahora quisiera tomar el camino que lleva al cielo. El ermitaño respondió - hay dos caminos, uno, ancho y agradable, conduce al infierno; otro, estrecho y duro, va al cielo. - ¡Tonto sería- pensó Hermano Alegre, - si eligiese el duro y estrecho! Y, así, se puso en camino y tomó el holgado y agradable, que lo condujo ante un gran portal negro, que era el del infierno. Hermano Alegre llamó, y el portero se asomó a ver quién llegaba. Pero al ver a Hermano Alegre se asustó, pues era nada menos que el noveno de aquellos diablos que habían quedado aprisionados en la mochila, el único que salió bien librado. Por eso echó rápidamente el cerrojo, acudió ante el jefe de los demonios y le dijo - ahí fuera está un tío con una mochila que quiere entrar. Pero no lo permitáis, pues se metería el infierno entero en la mochila. Una vez estuve yo dentro, y por poco me mata a martillazos. Pues le dijeron a Hermano Alegre que se volviese, pues allí no entraría. Puesto que aquí no me quieren- pensó, voy a probar si me admiten en el cielo. ¡En uno u otro sitio tengo que quedarme! Entonces dio la vuelta y siguió el camino hasta llegar a la puerta del paraíso y llamó a la puerta. San Pedro se encontraba exactamente en la portería. Hermano Alegre lo reconoció en seguida y pensó -éste es un viejo amigo; aquí tendrás más suerte. Pero San Pedro le dijo - pienso que quieres entrar en el cielo. - Déjame entrar, hermano; en un lugar u otro tengo que refugiarme. Si me hubiesen admitido en el infierno, no habría venido hasta aquí. - No -dijo San Pedro, -aquí no entras. - Está bien; pero si no quieres dejarme pasar, quédate también con la mochila; no quiero guardar nada que venga de ti- dijo Hermano Alegre. - Dámela- respondió San Pedro. Entonces le alargó la mochila a través de la reja al cielo, y San Pedro la tomó y la colgó al lado de su asiento. Dijo entonces Hermano Alegre - ¡ahora deseo estar dentro de la mochila! Y, ¡cataplum!, en un santiamén estuvo en ella, y, por tanto, en el cielo. Y San Pedro no tuvo más remedio que admitirlo. Y colorin colorado....


sábado, 4 de julio de 2009

Cuento para adivinos....


EL TONTO DE LAS ADIVINAZAS

Había una vez una viejita que tenía dos hijos: uno vivo y otro tonto. Al mayor lo creían vivo porque era trabajador, amigo de guardar su plata y de plantarse bien los domingos. El otro gastaba en tonteras cuanto cinco le caía en las manos, y no le importaba un pito andar hecho un candil de sucio; y le decían por mal nombre "El Grillo". Un día llegó un vecino y le dijo que en el pueblo andaba el cuento de que el rey ofrecía casar a su hija con aquel que pusiera a Su Majestad tres adivinanzas que no pudiera adivinar, y que le adivinaran otras tres que Su Majestad propondría.

Otro día se levantó el tonto muy de mañana y dijo a la viejita:--Mama, sabe que he ideado ir yo onde el rey a ver si me gano l'hija. Quien quita que pueda yo sacarlos a ustedes de jaranas. --Jesús, apiate y mirá estas cosas, --contestó la viejita al oir a su hijo. --Callate, tonto de mis culpas, y no me volvás a salir con tus tonteras. Y lo trapió y le dijo unas cosas que no me atrevo a repetir. Pero el muchacho metió cabeza, y cuando la viejita lo vio fue ensillando a Panda, su yegua. Entonces, como no había más remedio, se puso a prepararle un almuerzo para el camino. Fue al solar a cortar unas hojitas de orégano para echarle a una torta de arroz y huevo que le hacía, pero como estaba medio pipiriciega no se fijó que en vez de orégano, cogía unas hojas de una yerba que era un gran veneno.-Por fin el hijo montó a Panda y dijo adiós a su madre y a su hermano, que habían hecho todo lo posible por convencerlo de que desistiera de su viaje. La pobre viejita salió a la tranquera a verlo irse y le dijo: --Que Dios te acompañe, hijó... Aquí nos dejás sólo Dios sabe cómo. Vas a ver que con lo que vas a salir es con una pata de banco. El muchacho no hizo caso y cogió el camino. Al mucho andar sintió hambre, desmontó y sacó de sus alforjas el almuercito que le hiciera su madre. Era en un lugar en donde no crecía ni una mata de hierba. Sintió lástima al pensar que la pobre Panda iba a tener que ayunar. Entonces, aunque le tenía mucha gana a la torta, la cogió y se la dio a su yegua y él se comió un gallito de frijoles que bajó con bebida. Apenas la yegua se tragó la torta, cuando cayó pataleando y enseguida murió a consecuencia del veneno de las hojas con que la viejecita quiso dar gusto a la torta, creyendo que eran de orégano.

El muchacho se sentó al lado de su bestia a hacerle el duelo. En esto llegaron tres perros que se pusieron a lamer el hocico a la difunta. ¡Para qué lo hicieron! En seguidita cayeron también pataleando, y a poco murieron. El tonto hizo un hueco para enterrar a Panda y mientras la enterraba, llegaron siete zopilotes que hicieron una fiesta con los tres perros. A poco los siete zopilotes pararon la vista y cayeron tiesos. Entonces, el tonto que no era tan dejado como creían, secó sus lágrimas y se dijo: --No hay mal que por bien no venga... Ya tengo mi primera adivinanza.

Siguió y se encontró con una vaca que se había despeñado y que estaba en las últimas. La acabó de matar y halló entre su panza un ternerito que estaba para nacer. Lo sacó, asó parte de la carne del animalito y se la comió. Siguió su camino y allá en el peso del día, vio unas palmeras de coco cargaditas de frutas. Como tenía mucha sed, subió a una, cogió unos cocos y bebió su agua.

Por fin llegó al palacio del rey se hizo anunciar como un pretendiente a la mano de su hija. Los criados y los señores se pusieron a hacerle burla: ¡Lo que no han podido personas inteligentes lo va a poder este no-nos-dejes! --decían y se morían de risa.

El rey le hizo algunas reflexiones: Que si no ganaba, lo ahorcaría y que esto y lo de más allá, pero él no hizo caso. La princesa se horrorizó al imaginar que tuviera que casarse con aquel tonto, y por un si acaso, le propuso que si se salía con la suya, se comprometiera a calzarse (porque era descalzo) y vestirse como los señores y, que si no, no habría nada de lo dicho. Y el tonto dijo que bueno. Se reunió un gran gentío en el salón del palacio: el rey con su hija en su trono, los ministros, los duques, los marqueses y cuanta persona que era gran pelota en el país. Y va entrando mi tonto muy en ello y con mucha tranquilidad, como si estuviera en la cocina de su casa, dijo: Allá te va la primera, señor rey:

"Torta mató a Panda, Panda mató a tres; Tres muertos mataron a siete vivos".

El rey se puso a reflexionar y fue de reflexionar como una hora, y no pudo dar en el chiste. Por fin se dio por vencido. El tonto explicó: --Panda, mi yegua, murió a consecuencia de haberse comido una torta envenenada; llegaron tres perros, le lamieron el hocico y enseguida murieron; bajaron siete zopilotes, se comieron los perros y también murieron.

Luego el tonto dijo: --Allá te va la segunda: "Comí carne de un animal que no corría sobre la tierra, ni volaba por los aires, ni andaba en las aguas".

Vuelta el rey a cavilar y al cabo de una hora se dio por vencido. El muchacho explicó: --Encontré una vaca que se había despeñado y que estaba boqueando, la acabé de matar y le saqué de la panza un ternerito que estaba para nacer. Lo asé y comí de su carne.

Luego el muchacho dijo: --Allá te va la tercera: "Bebí agua dulce que no salía de la tierra, ni caía del cielo".

Tampoco pudo esta vez adivinar el rey, y el tonto explicó: --Me bebí el agua de unos cocos y ya ves, señor rey, como al mejor mono se le cae el zapote.

Le llegó el turno al rey de proponer sus adivinanzas.

Mandó cortar a una chanchita el rabo y lo puso entre una caja de oro que presentó al tonto y le preguntó: -¿Adivinás lo que tengo aquí? --El se rascó la cabeza y al verse en este apuro, se dijo en voz alta: --"Aquí fue donde la puerca torció el rabo..."

El rey casi se va de bruces. ¡Muchacho! ¿Cómo has hecho para adivinar? El tonto comprendió que de pura chiripa había acertado, y como no era tan tonto, dijo haciéndose el misterioso: --Eso no se puede decir... Eso es muy sencillo para mí...Entonces el rey fue a su cuarto, cogió un grillo que cantaba en un rincón, lo encerró entre su mano y se lo presentó. -¿Qué tengo aquí? El muchacho se puso a ver para arriba, y viendo que nada se le ocurría, se dijo en voz alta: ¡Ah caray! ¡Y en qué apuros tienen a este pobre grillo! (como a él lo llamaban "El grillo"...) El rey se hizo de cruces, la princesa estaba en un hilo y la gente se volvía a ver, admirada.--¡Muchacho de Dios! ¿Cómo has hecho para adivinar?

Otra vez los aires misteriosos para contestar:--Muy fácil, pero no se puede decir...

Mandó a hacer el rey en un salón un altar con cortinas de oro y plata, candelabros de oro, candelas de cera rosada, floreros y muchos adornos, y sin que nadie lo viera, llenó un vaso de estiércol, lo envolvió bien en un paño de oro bordado con rubíes y brillantes y lo colocó en medio del altar. Hizo llamar al tonto y le preguntó: ¿A que no me adivinás qué tengo en este altar? --¿Qué puede ser? ¿~Qué puede ser? --pensaba el muchacho sudando la gota gorda. --Lo que es ahora sí que no adivino... Lo que me voy a sacar es que me ahorquen... --Luego, casi desesperado, dijo: --Bien me lo dijo mi mama que buen adivinador de m... sería yo.

El rey se quedó en el otro mundo.--¡Muchacho! ¿Cómo has adivinado? --Y él respondió: --¡Muy fácil! Si así me las dieran todas...

Inmediatamente se comenzaron los preparativos para la boda. La princesa estaba que cogía el cielo con las manos. La pobre no tenía nadita de ganas de casarse con aquel gandumbas. Llamó al zapatero para que le tomara las medidas a su futuro esposo de unos zapatos de charol, pero le aconsejó se los dejara lo más apretados que pudiera. Lo mismo al sastre con el vestido y mandó a comprar un cuello bien alto. Cuando llegó el día del matrimonio, el tonto fue a vestirse de señor, pero todo fue ponerse aquellas botas de charol y comenzar a hacer muecas. Le pusieron tirantes, el cuello que casi no le dejaba respirar y las mangas de la leva le quedaban tan angostas que se veía obligado a tener los brazos tan encogidos que parecia un chapulín. Pero lo que no se aguantó fue que le pusieran guantes. Cuando lo vieron fue sacándose la leva y arrancándose el cuello y la corbata y tirando todo por la ventana. Los zapatos de charol fueron a dar a un tejado. --¡Adió! ¡Caray! --gritó al verse libre de todas aquellas tonteras. --¿Yo por qué voy a andar a disgusto? La princesa que estaba escondida detrás de una cortina, ya no podía de tanto reir. El muchacho se fue a buscar al rey y le dijo:

--Mucho me gusta su hija, pero más me gusta andar a gusto. Me comprometí a casarme con ella si me vestía de señor, pero yo no sé cómo hacen para andar con los pies bien chimaos, con el pescuezo metido entre esta baina, bien echados para atrás, que les tiene que doler la caja del cuerpo... Prefiero volverme donde mi mama: allí ando yo como me da mi gana; y si me quedo aquí tendré que pasar mi vida como un Niño Dios en retoque. Entonces el rey le dio dos mulas cargadas de oro y el tonto se volvió a su casa, donde lo recibieron muy contentos.y COLORIN COLORADO....

jueves, 2 de julio de 2009

Cuento.. como para mi!!!


EL SOLDADO Y LA MAGA CUENTA CUENTOS

¡Que bien que se está aquí! ¿verdad?, dijo la Maga Cuenta Cuentos tendida en una verde colina. Shiiiii, se está genial..., dijo en un suspiro de plenitud, estirándose todo y con una gran sonrisa.¿Sabes qué? -Le preguntó la Maga- Podríamos contar un cuento ahora mismo...Si, si, si...- la interrumpió el Soldado- Podríamos contar mis batallas con los caracóles del mar, o mis guerras con los mosquitos del Sáhara, o mis carreras con los canguros de Australia...Pero -empezó a decir la Maga Cuenta-Cuentos- A mi no me gustan las guerras, mis cuentos son fantásticos..¿Y... si de todas formas lo intentamos? -le preguntó amorosamente para convencerla- Bueno yo empiezo, mira:

Una noche, en el desierto del Sáhara hacía un calor de mil escarabajos, había un pequeño Soldado durmiento bajo una palmera. Se despertó porque escuchaba que desde lo lejos venía volando un mosquito. El Soldado se levantó rápidamente, desenvainó su espada y..., empezaba a contar el Soldado, cuando la Maga Cuenta-Cuentos se sienta para continuar el cuento: Lo que el Soldado escuchaba no era solamente el mosquito. También venía volando una alfombra, con una señora encima, tocada de un gran sombrero lleno de estrellas, que en la oscuridad brillaban como si fueran las del cielo. No era ni más ni menos que La Maga Cuenta-Cuentos. Al llegar a la palmera ve un gerrero con su espada desenvainada, y le dice: Hola guerrero, no querrás matarme a mi, ¿verdad? ¡¡¡OH!!!, una Maga en su alfombra voladora...-dijo sorprendido el Soldado bajando embobado su espada-. Señora Maga... ¿cómo habría yo de matar a tan noble ser? Menos mal -contestó la Maga apeándose de su alfombra- ¡Qué calor hace esta noche aquí! Si me disculpas voy a quitarme el sombrero un momento...Yo que usted no lo haría Señora Maga... -dijo casi en secreto el Soldado- Justamente antes que usted llegara, venía un mosquito sahariano, a todo volar y son bastante peligrosos, yo estoy aquí para ganarles la guerra. Mira, no hay nada que temer. Yo tengo un tul blanco muy especial, que me lo regaló una nube del Polo Sur y que nos protegerá de cualquier mosquito. Observa: saco de dentro de mi sombrero un precioso tul blanco. Lo estiro en el aire y dejo que caiga sobre nuestras cabezas. Yo por las dudas tendré mi espada lista por cualquier cosa, dijo el valiente Soldado.Te digo que no hace falta -le contesta con paciencia la Maga- . Soldado, tienes que creerme, mira, ahí llega, ¡hasta se ha quedado enganchado en el tul! Vaya, es la primera vez que un mosquito pierde una batalla tan fácilmente, o una guerra, ¿Está muerto?, le preguntó el Soldado. No, está soñando que hace la mejor picadura de su vida, satisfecho y feliz se marchará. Pero el tul le regala una gran porción de alimento de mosquito, así que nunca más picará a nadie, explicaba la Maga. Cuando el mosquito se marchó, el tul se guardó solo, como aspirado, en el sombrero.Ahora que no hay más mosquito, ¿quieres viajar en la alfombra mágica? Me encantará, le contestó el Soldado con grandes ojos. ¿A dónde quieres ir?, le preguntó la Maga Cuenta Cuentos. Si vamos a Australia, le puedo mostrar algo que se va a divertir mucho, le decía el Soldado. Está bien, pero no me tienes que decir más USTED, de tu o Maga me gusta más, ¿si? De acuerdo Maga.

Bueno, mira a tu derecha, ahí tienes un cinturón de seguridad, tienes que ponértelo -empezó a darle instrucciones-, y delante tuyo tienes las gafas espaciales, póntelas también. Ahora cerraré la burbuja transparente porque vamos a ir a gran velocidad, no tienes miedo ni vértigo, ¿verdad? Si quieres puedo ir muy despacio. Nooo, yo nunca tengo miedo, dijo el Soldado valiente. Salieron rápido volando cerca de las estrellas. La Maga saludaba por el camino a algunas estrellas amigas que conocía, y el Soldado no dejaba de mirar todo a su alrededor. Cuando se hizo de día, abajo de ellos había una isla muy grande llamada Australia. El Soldado señaló sonrientemente hacia dónde quería ir. Aterrizaron suavemente en un campo lleno de canguros. El Soldado se liberó del cinturon y las gafas, y saltó a tierra firme. Ahora Maga, me toca a mi: Elige el canguro que más te guste. La Maga entornó los ojos y señaló sonrientemente el canguro que más le gustaba. El Soldado se aproximó al canguro, le dijo un secreto en la oreja y junto con otro -que se parecía muchísimo al que señaló la Maga- se acercó a ella diciéndole: Ahora Maga, vamos a hacer una carrera muy divertida, pero tu no tienes que hacer ninguna trampa utilizando tus poderes mágicos. La carrera conciste en llegar hasta la meta final, sin caerse. Si te caes, hay que lograr subir nuevamente al canguro y ¡ala... hasta la meta! ¿Qué te parece? ¡Qué divertido! Pero ¿de verdad no puedo usar ningun truquito?, preguntó a ver si cambiaba de idea. No, no, me tienes que dar tu palabra de Maga que no lo harás.

Te doy mi palabra de Maga que no haré ninguna trampa, ni mágica ni no mágica. Dicho esto, los dos tenían que acariciar a los canguros para que los conocieran, y también tenían que decirles sus nombres, salvo la Maga, que no debía delatarse como Maga, sólo podía decir M-ga. El Soldado le propuso a la Maga que cuando su pañuelo cayera al suelo sería la partida. Así que cuando llegó a la tierra, los canguros emprendieron a saltos su carrera hasta el final. La Maga no tenía experiencia en esto, y tampoco podía usar sus artes mágicos de modo que se caía muchas veces. Afortunadamente sabía correr bastante bien, pero con todo lo que corrió, lo que se cayó, llegó mucho después que el otro corredor y bastante agotada también. El Soldado la consoló diciéndole que la primera vez que el lo había hecho también le pasó lo que a ella. Como la Maga quería aprender, estuvieron corriéndo muchas carreras hasta que finalmente lo logró. Oye, Soldado que divertido, me gusta mucho saber cangurear, gracias a ti hoy lo sé. El Soldado se sonrojó porque no esperaba un agradecimento de la Maga. ¿Has visto Maga que sí podemos contar cuentos?, le dijo el Soldado sentado al lado de la Maga. Si, es muy divertido también, pero ahora me tengo que ir porque tengo una clase de carrera de canguros con obstáculos.¡Uy Maga! ¿Tanto has aprendido ya?, ¿puedo yo tomar clases contigo?, le preguntaba el Soldado.Es que las clases son en la Escuela de Magas, Soldado... allí solo pueden entrar bueno... ya sabes, Maguitas como yo... Pero cuando lo aprenda te enseño, ¿si? Si, ¿me lo prometes? ¡Palabra de Maga! Y colorin colorado...

Cuento mágico...


EL MAGO ALÉRGICO. Pedro Pablo Sacristan

Había una vez un mago simpático y alegre al que encantaba hacer felices a todos con su magia. Era también un mago un poco especial, porque tenía alergia a un montón de alimentos, y tenía que tener muchísimo cuidado con lo que se llevaba a la boca. Constantemente le invitaban a fiestas y celebraciones, y él aceptaba encantado, porque siempre tenía nuevos trucos y juegos que probar.

Al principio, todos eran considerados con las alergias del mago, y ponían especial cuidado en preparar cosas que pudieran comer todos. Pero según fue pasando el tiempo se fueron cansando de tener que preparar siempre comidas especiales, y empezaron a no tener en cuenta al buen mago a la hora de preparar las comidas y las tartas. Entonces, después de haber disfrutado de su magia, le dejaban apartado sin poder seguir la fiesta. A veces ni siquiera le avisaban de lo que tenía la comida, y en más de una ocasión se le puso la lengua negra, la cara roja como un diablo y el cuerpo lleno de picores.

Enfadado con tan poca consideración como mostraban, torció las puntas de su varita y lanzó un hechizo enfurruñado que castigó a cada uno con una alergia especial. Unos comenzaron a ser alérgicos a los pájaros o las ranas, otros a la fruta o los asados, otros al agua de lluvia.. y así, cada uno tenía que tener mil cuidados con todo lo que hacía. Y cuando varias personas se reunían a comer o celebrar alguna fiesta, siempre acababan visitando al médico para curar las alergias de alguno de ellos.

Era tan fastidioso acabar todas las fiestas de aquella manera, que poco a poco todos fueron poniendo cuidado en aprender qué era lo que producía alergia a cada uno, y preparaban todo cuidadosamente para que quienes se reunieran en cada ocasión pudieran pasar un buen rato a salvo. Las visitas al médico fueron bajando, y en menos de un año, la vida en aquel pueblo volvió a la total normalidad, llena de fiestas y celebraciones, simpre animadas por el divertido mago, que ahora sí podía seguirlas de principio a fin. Nadie hubiera dicho que en aquel pueblo todos y cada uno eran fuertemente alérgicos a algo.

Algún tiempo después, el mago enderezó las puntas de su varita y deshizo el hechizo, pero nadie llegó a darse cuenta. Habían aprendido a ser tan considerados que sus vidas eran perfectamente normales, y podían disfrutar de la compañia de todos con sólo adaptarse un poco y poner algo de cuidado. Y colorin colorado....


LA POCÍMA Y EL VIENTO Pedro Pablo Sacristan

Es noche cerrada en el bosque. El viento sacude las hojas de los árboles, como queriendo extraer su esencia para llevarla lejos, y unirla a su gran colección de sonidos, tomados cada uno de un lugar distinto. Hoy el viento viene cargado de enfados, de rabias, de lloros, de insultos, de amenazas. "Nada de provecho", piensa el brujo, justo antes de que el viento traiga a sus dominios una risa; es una risa simple, con ganas de existir, y el brujo, rápido, la atrapa sin dudar.

"Ya está", dice satisfecho. Su mayor secreto, su conjuro más potente, su pócima más valiosa, está por fin completa. Como siempre, ayudará a quien la reciba a superar mil adversidades, dando al viejo aún más fama en la comarca, si es que se puede ser más famoso. Y como siempre, también, se preguntarán qué oscuras artes habrá utilizado para tan poderosa poción. Pero el mago no revelará su secreto ¿cómo decir que son sólo 3 sonrisas y buen humor bien tierno, y que con eso basta para hacer frente a todos los males? nadie le creería, así que no perderá el tiempo con explicaciones, y volverá a viajar al bosque, de noche, a esa zona junto al roble, donde el viento trae de cuando en cuando alguna sonrisa fresca. Y colrin Colorado....