martes, 27 de agosto de 2013

CUENTO ANFIBIO

LA RANITA QUE QUERÍA ENAMORARSE. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos en rima.


Una ranita muy bella quería enamorarse
Pero el amor no llegaba, comenzaba a preocuparse.
Los días pasaban lentos, no era como en los  cuentos.

El príncipe no llegaba, y la ranita esperaba.

La mamá muy preocupada a su hijita preguntaba:

“Siendo rana como eres ¿Por qué un príncipe quieres?”

“Para ser los dos felices Y comer muchas perdices”


Hasta que un día por fin, lo conoció en el jardín.

¡Hermosa equivocación cometió su corazón!

¡No era un príncipe encantado!
Sólo un sapo enamorado.

Pera ya nada importaba porque estaba enamorada.

Aprendió que el corazón poco sabe de razón

Príncipe, sapo o perdiz lo importante es ser feliz.


Y  Colorín  Colorado

domingo, 18 de agosto de 2013

ILUSIONES Y GLOBOS. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos espirituales. Cuentos para reflexionar.


El hada pequeña se sentó en el césped e intentó acomodar su hermoso par de alitas en el tronco del árbol.

Tenía mucho que pensar porque había decido pensar sobre sus ilusiones, y sus ilusiones eran muchas y muy diferentes. Pensó entonces, mientras ya había encontrado una posición cómoda, en todo aquello que soñaba ser y hacer, en todas aquellas grandes y pequeñas cosas que le provocaban ilusión. ¡Eran tantas! ¿Estaría mal eso? ¿Sería acaso un error hacerse ilusiones por tantas cosas diferentes?

La pequeña no lo sabía… o sí…, pero no estaba segura de que eso fuera lo correcto. Siempre había pensado que la capacidad para ilusionarse era un don, una especie de regalo con el cual algunos nacen y otros no. Ella había nacido con ese don, porque si algo tenía, era justamente eso: ilusiones.Sin embargo, cuando sus sueños no se concretaban o su esfuerzo por lograrlos parecía no importar mucho o no existir siquiera, el hadita pensaba que ese don era una especie de peso con el que cargaban sus alas. Sentada bajo la sombra del árbol, comenzó a repasar sus pequeñas y grandes ilusiones:


- Un día de sol (esa era sencilla porque día más, día menos, el sol siempre sale). - Ser la mejor hada sobre la Tierra (difícil, por cierto ¿Con qué varita se mide quién es mejor que otro?). - No bajar jamás los brazos –las alitas tampoco– sean cuales fueren las adversidades (más difícil aún. Hasta las pequeñas hadas, de vez en cuando, se cansan de luchar).

- Sonreír siempre y que su sonrisa fuese una guía y un consuelo para otros (poco real, sin dudas, no siempre hay motivos para sonreír). - Ser feliz (nada original… e ¿imposible también?). La lista seguía y seguía.

El hadita decidió que debía hacer una seria revisión de sus ilusiones porque sentía que cada día, un poquito más, aquellas que no se cumplían le provocaban más tristeza. –¿Estaré más vieja? –se preguntó y al instante se dio cuenta de que la pregunta era tonta. No sólo porque las hadas no envejecen, sino porque ser viejo no debería tener que ver con la tristeza. Movió su cabecita de un lado al otro como para sacudir esas ideas poco felices y desparramó polvo de haditas en el verde césped. Y como por arte de magia, o mejor dicho, como por magia de hadita, cada pequeña partícula de polvo esparcida se convirtió en un globo.

De pronto, muchos globos, tantos como las ilusiones que la pequeña tenía, rodearon al hadita. –¿Y esto? –se preguntó sorprendida. ¿Qué querrá decir? Sin dudas los globos algo tenían que ver con sus pensamientos   o, mejor aún, con sus ilusiones. Comenzó entonces a inflar todos y cada uno de los coloridos globos. Sin darse cuenta, con cada uno sucedía algo similar a lo que sucedía con sus sueños o aspiraciones. Algunos quedaban pequeños y flojos, otros explotaban; unos estaban tirantes, otros rebosantes.


Unos se escapaban de sus manos, otros eran pinchados por los picos de pájaros entrometidos. Algunos se desinflaban y otros se mantenían firmes y plenos. Había globos que subían bien alto, pero antes de perderse en el cielo, bajaban sin remedio y quedaban en el césped como dormidos. A otros les costaba subir y lo hacían muy despacito, pero llegaban bien alto y allí quedaban. Era evidente que los globos se parecían mucho a las ilusiones y viendo lo que ocurría con cada uno, se dio cuenta de algo.

Cada vez que tomaba un globo en sus manos, cada vez que le daba todo el aire posible, ponía el mismo amor, se tratase de un globo rosa, verde o amarillo. A cada uno le ponía toda su fuerza, todas sus ganas, todo lo que era y sentía, pero no siempre el resultado era el mismo.

El destino que cada globo tenia no sólo dependía del aire que le hubiese insuflado dentro. La altura que alcanzasen, el tiempo que estuviesen en el cielo dependían también de las corrientes de aire, de los obstáculos que los globos encontrasen en su camino, de las inclemencias del tiempo, entre otras tantas cosas. Se preguntó entonces si valía la pena colocar tanto de sí en cada ilusión, teniendo en cuenta que el poder concretarlas no dependía sólo de ella. Por un momento se turbó y no supo cuál era la respuesta a esa pregunta.

Se miró y miró a su alrededor y se vio llena de colores, llena de sueños y de posibilidades. Se imaginó sin globos, sin ilusiones que cumplir y no le gustó esa imagen. ¿No sería muy mezquino de su parte ilusionarse sólo con las cosas posibles de alcanzar? Sin dudas lo sería, como sería inútil también porque nadie sabe a ciencia cierta qué sueño se hará realidad. Se puso de pie y recogió los globos que aún quedaban en el césped. Volvió a mover la cabeza de un lado hacia el otro. Esta vez, el polvo de hadas quedó adherido a su cuerpo y a sus alitas.

No podía ni quería desprenderse del mágico polvillo, brillante y luminoso. Como tampoco podía ni quería desprenderse de sus sueños. Era quien era también por esos sueños. Descubrió que cada una de sus ilusiones, cumplida o no, pequeña o grande, importante o nimia, eran parte de su ser. Y jamás volvió a sentir que ese don era una carga. Aun cuando las cosas no salieran como lo esperaba, aun cuando sus sueños no se concretasen, sabía que ilusionarse es siempre un regalo.

Y paradójicamente, aunque sus alas estaban llenas del polvillo mágico brillante y luminoso, nunca, jamás las sintió tan livianas.



Y  Colorín  Colorado 

domingo, 11 de agosto de 2013

Cuento Ensoñador

EL ARCO IRIS Y MARINA. María Teresa Di Dio, escritora argentina.


Marina mira televisión, están pasando unos dibujos animados que le gusta mirar.

De pronto, se acerca a la ventana, un arco iris ha llegado muy cerca, como invitándola a subir. Sale deprisa ¡no tiene escalera! pero le resulta fácil trepar.
Cuando llega arriba, salta de nube en nube, son tan blanditas que parecen de algodón. Se encuentra con unas ovejas, que saltito a saltito van contando uno, dos, tres, uno, dos, tres, uno, dos, tres. Llega a donde están unos niños, jugando con un fuentón haciendo pompas de jabón ¡hagamos espuma!

Detrás de una nube, aparece una estrella y la saluda a ella, la luna se ríe porque las burbujas le hacen cosquillas. Marina y los amigos corren, saltan y se cansan. De pronto, pisa el jabón y da un resbalón, comienza a descender cada vez con mayor rapidez, los techos de las casas están ya más cerca. “Me voy a lastimar si no puedo frenar…”

Pero despierta, se ha dormido mirando los dibujos…Qué pena, tantos amigos nuevos y era solamente un sueño…

Y  Colorín  Colorado… 

domingo, 4 de agosto de 2013

EL  HIJO  DEL  SOL.  Tomado  de  la  red.


Una vieja leyenda cuenta la historia de un hombre y una mujer que vivían en una islita al oeste del Canadá. Se encontraban muy solos, pues no tenían hijos y en la isla no vivía nadie más.

Una tarde que el cielo adquirió un color semejante al de las plumas de la gaviota, la joven esposa se sentó a la orilla del mar y miró hacia el horizonte. "Si tuviéramos hijos, podrían jugar conmigo en la arena y no me sentiría tan sola", pensó.

Ocurrió que un Martín pescador, con sus pequeñuelos, zambullía su pico en el río que desembocaba en aquel lugar. -¡Oh, Martín pescador! -exclamó la joven-, desearía tener hijos como tú. Con gran asombro oyó que el Martín pescador le respondía. -¡Mira las caracolas! ¡Mira en el interior de las caracolas! A la tarde siguiente su marido salió a pescar y la joven volvió a sentarse en la playa, fijó su mirada en el mar y vio que una gaviota se mecía sobre las olas junto a sus pequeños. -¡Oh, gaviota! -susurró la joven-, quisiera tener hijos como tú. La gaviota le respondió: -¡Mira las caracolas! ¡Mira en el interior de las caracolas!
De repente, oyó un llanto tras sí. Provenía de una gran caracola depositada en la arena. La mujer la recogió, miró en su interior y allí vio a un niño muy pequeño que lloraba desconsoladamente.

Llevó al bebé a su casa y lo cuidó hasta que se convirtió en un muchachito fuerte y sano. Un día, el niño dijo a la joven: -Necesito un arco hecho con el brazalete de cobre que llevas en el brazo. La mujer sonrió y, para complacerle, le hizo un pequeño arco y dos flechas. Al día siguiente, el niño salió a cazar con sus flechas y su arco. Y así continuaría haciendo todos los días. Cazaba gansos, patos y toda clase de aves de mar.

Al crecer, el rostro del muchacho fue adquiriendo un tono dorado, más brillante aún que el resplandor de su pequeño arco. Y cuando se sentaba en la playa, mirando hacia el mar, todo se serenaba y unas extrañas luces resplandecían en la superficie del agua.

Un día, una gran tormenta se abatió sobre el mar y el agua estaba tan agitada que el pescador no pudo salir con su barca. La tormenta duró varios días y se quedaron sin pescado para comer.  Entonces el niño dijo: -Aventúrate en el mar y déjame ir en la barca contigo, padre; quiero conquistar el Espíritu de la tormenta.
El hombre no quería embarcar con el mar tan agitado, pero el muchacho insistió tanto que al final aceptó. Juntos se enfrentaron a la fuerte marejada. No tuvieron que remar mucho para encontrar al Espíritu de la tormenta que soplaba desde el suroeste, allí donde habitan los grandes vientos.

El Espíritu de la tormenta soplaba y soplaba como un monstruo salvaje y zarandeaba la pequeña embarcación de un lado para otro. Pero su furia huracanada no lograba hacerla volcar. El niño la dirigía en medio de las olas y pronto a su alrededor el mar se calmó. Entonces el Espíritu de la tormenta llamó a su amiga la Niebla marina, para que bajara a esconder el agua; sabía que si la niebla se extendía, el hombre y el niño estarían perdidos.

Cuando el hombre vio que la niebla se adueñaba del mar se quedó aterrado; era su enemiga más temida. Pero el niño dijo: -No te asustes. La niebla no te hará daño mientras yo esté contigo. Y así fue, porque cuando vio al niño sonriente, sentado en la proa de la barquita, desapareció tan pronto como había venido. Convencido de su impotencia, el Espíritu de la tormenta se marchó enfadado, y el mar recobró su calma. Mientras volvían a casa, el niño enseñó a su padre una canción mágica, y la cantaron a los peces. Estos, al oírla, nadaron hacia las redes. En unos momentos llenaron la barca de pescado.

-Dime cuál es el secreto de tu poder -dijo el padre. -Aún no puedo decírtelo -contestó el niño. Al día siguiente, el muchacho salió con su arco y sus flechas de cobre y cazó muchos pájaros. Cuando llegó a casa, los desplumó y los puso a secar. Luego se vistió con las plumas de un avefría, se elevó en el aire y voló por encima del mar. El océano tenía un color grisáceo, semejante al de sus alas.
Después de volar en torno a la isla, se quitó las plumas de avefría, se vistió con las plumas azules, que seleccionó de algunos arrendajos, y de nuevo se elevó por los aires. Debajo de él, el mar se volvió inmediatamente del mismo azul que sus alas. Al terminar su segundo viaje alrededor de la isla, se vistió con las plumas de los petirrojos, de un bello color oro rojizo. Mientras volaba muy alto sobre el mar, las olas reflejaban el color del fuego. Brillantes resplandores de luz aparecían sobre el océano y el cielo al oeste se teñía de un rojo dorado.


Cuando volvió a la playa, el muchacho dijo a su madre: -Soy el hijo del Sol. Ahora debo irme y abandonar esta isla para siempre. Pero me apareceré a menudo ante vosotros, al oeste del cielo cuando el sol cae sobre el horizonte. Cuando el cielo y el mar del atardecer tengan el color dorado de mi rostro, sabréis que al día siguiente el tiempo será bueno y no habrá viento ni tormenta. Y aunque ahora tenga que dejarte, te voy a otorgar un poder. Lleva puesto este .. vestido mágico y si me necesitas para algo, me lo haces saber con sólo mandarme pequeñas señales blancas que podré ver desde mi casa del oeste.

El muchacho dio el vestido mágico a su madre y voló hacia el oeste, dejando al pescador y a su mujer muy entristecidos. Desde aquel día, cuando la mujer se sienta en la arena y afloja su vestido mágico, el viento se pone a soplar y el mar se agita. Cuanto más lo afloja, más crece la tormenta. Pero en otoño, cuando la niebla se extiende por el mar y el cielo se cubre de nubes, ella recuerda la promesa del niño. Arranca las finas plumitas blancas de los pechos de los pájaros y las arroja al viento. Transformadas en copos de nieve, vuelan hacia el oeste para llevar un mensaje al muchacho que le recuerda: "¡Hijo del Sol, el mundo está gris y solitario! ¡Déjanos ver tu rostro dorado!

Entonces, antes del anochecer, aparece él y cielo y mar se cubren de una luz dorada. Y la gente en la Tierra sabe que no habrá viento al día siguiente y que el tiempo será bueno. Tal como lo prometió el hijo del Sol un día a su madre.

Y  Colorín  Colorado....


jueves, 25 de julio de 2013

CUENTO ISLEÑO

LA ISLA ENCANTADA.  Cuentos  Garabato.

Había una vez, cerca de las costas de Reino Unido, una casa, muy, pero muy antigua donde vivían dos niños, Juan y María.

Era día de limpieza, y tocaba ordenar el sótano. Antes de hacerlo María dijo:-¡No terminaremos nunca!. Este sótano es muy antiguo y no se sabe lo que podrías encontrar aquí. Juan le respondió: -No te preocupes. Lo vamos a solucionar, y aunque este muy sucio, ¡vamos a terminar! -Bueno, dijo María. Y empezaron a limpiar. Mientras María estaba limpiando uno de los muebles viejos Juan dijo: -Ven María, mira lo que encontré. Y María fue a ver qué pasaba. -Mira María, he encontrado un pergamino que, por lo que se ve, es muy antiguo, dijo Juan. Este pergamino estaba escrito en un lenguaje raro, que no era conocido en la Tierra. El pergamino decía así: "...a avell euq ocigam ejasap un otreibucsed la adeuq aniloc al de acrec soña lim adac" Los niños pasaban el texto a todas las lenguas pero no descifraban nada, lo único que les quedaba era voltear el texto desde le final hasta el principio.

Juan y María llegaron a la conclusión de que el pergamino decía: "Cada mil años cerca de la colina queda al descubierto un pasaje mágico que lleva a..." Los niños no sabían a dónde llevaba ese camino y consultaron en la biblioteca unos libros de leyendas para tener más información. Los niños no pudieron saber a dónde iría a terminar el camino, pero descubrieron que la última vez que se abrió el camino fue hace mil años y el camino se abriría dentro de un mes exactamente.

Un mes era suficiente para prepararse. Los niños se habían quedado con ganas de saber a donde llevaba este pasaje. Ya estaban en la colina. Y según lo que decían los libros, ya se tendría que haber abierto el camino, pero... el camino no se abría. -¡Estos libros deben decir mentiras!, dijo Juan. Los niños decidieron irse a casa. Cuando se alejaban empezó a sonar algo así como un temblor, era el dichoso camino que por fin se estaba abriendo, los niños, sin pensarlo, corrieron hacia él.
En el camino se encontraron con un murciélago que no los dejaba pasar. El murciélago estaba por morder a María pero Juan los alejó con una antorcha que estaba en las paredes. Ya más adelante se encontraron con una parte donde se dividía el camino en tres partes. Los niños no sabían por dónde ir. Y cuando avanzaron aparecieron unos espejos que confundían el camino y parecía que le camino se dividía en seis.

María eligió el camino de la izquierda. - ¿Llegamos? -dijo Juan-. Juan y María habían llegado a una parte del camino tapada por una nube. Los jóvenes dieron un paso y pisaron tierra firme. Cuando vieron el paisaje vieron una isla fría, oscura y destruida completamente. -¿Que habrá pasado? -Dijo María- Y una voz le respondió: "Mi pueblo ha sido hechizado por un fantasma malvado y envidioso que vive en un castillo que se encuentra en una montaña y tiene un murciélago de aliado. Ha convertido a todos mis amigos en piedra y la única forma de romper el hechizo es destruyendo al fantasma con una luz que fue encerrada en una cueva por el malvado fantasma"

Juan después dijo: -No creo que sea muy difícil derrotar al fantasma y además vale la pena derrotarlo después de tan largo viaje. -Tienes razón. Vamos a derrotar al malvado fantasma y a salvar a la isla, exclamó María. -Muchísimas gracias, respondió el unicornio esa voz y apareció entonces un hermoso unicornio convertido en piedra. Después los niños se fueron a buscar la luz para derrotar al fantasma. El unicornio les había dicho que la cueva se encontraba en el extremo Este de la isla.

Juan y María habían llegado a la cueva. María trató de entrar pero un campo de fuerza protegía la cueva y la niña quedó muy dañada. Juan volvió con el unicornio y le preguntó como podía atravesar ese campo de fuerza. El unicornio le dijo que la única manera de entrar era si estabas tranquilo y no pensabas en nada. Siguiendo las instrucciones del unicornio Juan se fue a la cueva. Juan trató de entrar y sin pensar en nada logró entrar a la cueva y encontró la Sagrada Luz. Cuando salió de la cueva Juan iluminaba todo a su paso y también logró restablecer las fuerzas de María.

Los niños se dirigieron al palacio donde se encontraba el malvado fantasma. Él, desde el interior del castillo presentía que Sagrada Luz se acercaba y trató de huir. Los niños lograron encontrarlo y, apenas vio la luz, el fantasma se desintegró por completo y todos los habitantes de la isla convertidos en piedra volvieron a la vida.

El unicornio les agradeció a los niños lo que hicieron y como regalo les dio un mapa donde encontrarían un tesoro que habían enterrado los antiguos habitantes de la isla. Los niños se fueron a buscar el tesoro y, cuando lo encontraron y abrieron el cofre una luz brilló y los niños aparecieron es sus camas. ¿Habrá sido un sueño? Los niños no estaban seguros pero igual tenían el cofre con el tesoro en su casa. Los niños nunca contaron nada de esto a nadie. ¿Quién les creería?


Y  Colorín  Colorado…

miércoles, 3 de julio de 2013

CUENTO RISUEÑO

CARITA DE LUNA, LA NIÑA QUE NO SABÍA REIR.  Juan Valdés



Carita de Luna tuvo que pasar muchas pruebas con el médico de la risa. Durante más de media hora la hicieron cosquillas con plumas de pato; después vio imágenes grabadas de gente que se caía de forma tonta sin hacerse daño; escuchó cantar a señores bajitos con sombrero mexicano, tuvo oportunidad de hacer pompas de jabón gigantes completamente gratis, aunque impensablemente nada de eso funcionó.

Cuando llegó la hora de cobrar el doctor Amadeo les pidió tropecientos mil euros. Y claro, lo hizo como siempre riéndose como una hiena de la sabana africana, el sitio donde duermen los leones y se mueren las ranas. A los padres de Carita de Luna no les hizo ninguna gracia ni la cantidad, ni por supuesto que el médico se riera de esa forma muy cerquita de su cara, aunque le pagaron de todas formas.

–“Haremos lo que haga falta por ver sonreír a nuestra hija”- aseguró su madre hinchando los mofletes y moviendo la nariz de lado a lado.

Y fue entonces cuando se dirigieron a visitar al payaso Raimundo, un hombre muy extravagante que ponía contento a todo el mundo. Nadie sabía por qué pero nunca se había puesto enfermo, y tenía la nariz redonda y roja de nacimiento. Vivía en una caravana a las afueras del barrio, porque como era payaso tenía que actuar cada día en un sitio distinto, y tener una casa con ruedas le ayudaba bastante a llegar puntual a sus citas con los clientes.


Sus vecinos le decían que no era muy inteligente, porque podría haberse hecho rico con el dinero que tendría que haber pedido por sus actuaciones. Pero Raimundo nunca les hacía caso, y es que él era feliz con las sonrisas que provocaba en su público. Sólo alguna vez pedía a los padres que le dieran globos verdes, amarillos y rojos, tela con muchos lunares para hacerse pantalones nuevos de vez en cuando, y también sombreros de paja porque los coleccionaba. Debía de tener por lo menos trece.

Allí estaban Carita de Luna y sus padres, con el payaso Raimundo dentro de la caravana. Desde fuera parecía más pequeña, y sobre todo se sorprendieron del espacio que había cuando vieron en su interior dos sofás, tres sillones, una cama de matrimonio para personas gordas, una palmera datilera, la cocina, una biblioteca con más de 100 libros, y un campo de fútbol. De hecho, justo en el momento en que entraron ellos estaban saliendo unos niños que habían terminado un partido. Estaban acalorados, porque se había roto el aire acondicionado de la caravana.

–“Buenas tardes. Por favor dejen salir antes de entrar”, -pidieron todos los niños futbolistas a la vez antes de marcharse del lugar.


Tras los saludos mutuos de despedida empezó la actuación del payaso, que ciertamente cumplió con las expectativas de los espectadores. Se mojó la cara con agua que salía de una flor de mentira, hizo trucos de cartas, montó en bicicleta de una sola rueda, paseó en elefante durante un buen rato, se convirtió en hombre-bala y salió despedido desde dentro de un cañón y fue a parar desde el salón hasta el retrete; cantó canciones, recitó poemas y sainetes…

Sin embargo ¡Ay!, nada de eso funcionó tampoco con la niña que no sabía sonreír. Un poco tristones, fríos y blanditos se quedaron los tres, como se queda un churro después de diez minutos sin que nadie se lo coma. Para levantar el ánimo, decidieron que lo mejor era ir a la feria que habían montado en la plaza del pueblo. A Carita de Luna le compraron almendras garrapiñadas, que se pegaban a las muelas más que la tierra de la playa en verano, y decidió darse un paseo entre las atracciones para olvidarse un ratito de su falta de risitas. De repente se encontró con una mujer muy mayor, que vestía de negro desde la cabeza a los pies. Parecía un cuervo o una cucaracha, y como ya era casi de noche únicamente se le veían unos ojillos pequeños, mustios y llorosos de rata.

–“¿Por favor, pequeña, me das un mordisquito de tus almendras? Tienen muy buena pinta”-, le preguntó dejando casi sin respiración a la niña.


-“Soy viuda y pobre, pero aún me quedan cinco dientes de cobre”. Sin pensárselo ni dos, ni ocho, ni treinta y ocho veces, Carita de Luna decidió que lo mejor era darle todo lo que la quedaba, al fin y al cabo ella tenía de todo, solamente le faltaba sonreír, y por lo que parecía a esa viejecita no le habían dado nada, ni siquiera un abrazo, desde hacía mucho tiempo.

–“Tome señora, le doy lo que tengo. Pero no se olvide después de limpiarse los dientes, sean de cobre o de hierro”. Advirtió a la mujer anticuada recordando las recomendaciones de su dentista. La abuelita le sonrió agradecida y, tras extender su mano para coger las almendras garrapiñadas, le contó una cosa que le asombró durante tres segundos. A partir del cuarto, se metió las manos en los bolsillos.
-“La solución a tu problema está en la luna, querida niña. Cada noche, antes de acostarte, mírala atentamente. Ella te mostrará cómo sonreír”, le sugirió y antes de que pudiera contar hasta uno, la vio doblar una esquina.


-“¿Pero cómo es posible que me diga esas cosas, si no me la han presentado ni sabe qué es lo que me pasa?”- se preguntó lógicamente extrañada Carita de Luna. Mientras pensaba en todo lo que le había pasado en tan poco tiempo, vio pasar un perro blanco con manchas amarillas y borró sus pensamientos anteriores para perseguir al pobre perrillo porque pretendía tirarle de la cola.

Al final entre una cosa y otra, entre otra cosa y una, se les hizo muy tarde después de su visita a la feria, así que Carita de Luna y sus padres no regresaron a su casa hasta pasadas menos cuarto, o quizá menos diez, no está muy claro. La cuestión es que después de darse un baño, ponerse el pijama y cepillarse los dientes, la niña se acostó. Cuando apagó la luz y miró por la ventana, vio cómo lucía imponente y absolutamente redonda la luna en medio de la noche. Parecía la bola de vainilla que le ponen en los cucuruchos, de tan redonda, pero claro bastante más rechoncha y blanca. La acompañaban unas cuantas estrellas, sin embargo al lado de la luna parecían diminutas hormiguitas fulgurantes al lado de una gigantesca esfera de nieve que en vez de estar en una montaña, se aguantaba en equilibrio en medio del universo.
La pequeña se acordó entonces de lo que le había anunciado la viejecita, y se quedó mirando fijamente a la hermana pequeña del sol. Después de 25 segundos, Carita de Luna estaba resoplando y durmiendo. Estaba muuuuuy cansada después de un día tan agotador. Y la verdad es que ver ese pedrusco lunar no le había hecho reír en absoluto, tan redonda como un queso redondo…

Y fueron pasando los días, las horas y los minutos, y cada vez Carita de Luna se acostaba dirigiendo su mirada hacia el astro de la noche. Éste después de unas jornadas empezó a cambiar y, la verdad, en lugar de verse tan circular, comenzaba a tener otro aspecto. Nunca se había fijado en eso hasta entonces, que resultaba bello y misterioso…

Mudó su redondez poco a poco, hasta que una noche se transformó de improviso en una maravillosa sonrisa de luz, un gesto simpático que miraba de costado, y que reflejaba la invitación de la luna a la niña para que riera por fin. La chiquilla entendió en ese momento su mensaje. Y se rió tanto que despertó a todo el vecindario, y aunque mucha gente se asustó y llamaron a la policía y los bomberos, cuando éstos llegaron y vieron a la niña se pusieron a reír también contagiados por la nueva, pasmosa y risueña enfermedad que tenía. Así que bailaron, cantaron y rieron hasta que el sol llegó y les llamó la atención. No porque no le gustara que se rieran, si no porque ya era hora de que se fueran a dormir. Y así fue, pequeñas caracolas, como Carita de Luna aprendió a sonreír.


A partir de ahora lo que tenéis que recordar es que, como le sucede a la luna, siempre somos los mismos aunque pase el tiempo y nos mostremos hacia los demás unas veces de forma diferente, con aspecto peculiar, o nos miren a nosotros de manera distinta. Sin embargo lo más importante, lo que nunca tenemos que cambiar por muchos días, horas y meses que pasen; por muchas lunas y soles que transcurran, es nuestra sonrisa. Reír es lo que nos hace únicos, lo que nos hace más felices.

Y  Colorín Colorado

jueves, 20 de junio de 2013

CUENTO DOCENTE

LAS ESTRELLAS DEL MAR.  CUENTO  SUFI 

Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar; una enorme playa virgen donde tenía una casita donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro. Era un hombre inteligente y culto y con sensibilidad acerca de las cosas importantes de la vida.

Una mañana mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar.


El hombre le preguntó al joven que estaba haciendo. Este le contestó; "recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán".

Dijo entonces el escritor." Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas".

El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó " para ésta... sí tiene sentido".


El escritor se marchó un tanto desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir y en la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas. A la mañana siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas.

Y Colorín Colorado…